domingo, 18 de febrero de 2018

La saga de la transformación

   Una mariposa monarca volando por un jardín florido en busca de su néctar escucha un llanto débil viniendo de abajo, de una hoja verde. La mariposa desciende por la curiosidad de ver qué le pasa al dueño del lamento, y ve un pequeño ser sobre la hoja, que aparte de cobijo le sirve de alimento.


¿Qué pasa muchacho? ¿Por qué lloras?, pregunta. La oruga, casi en un susurro, contesta: Acabo de darme cuenta que mi vida se reduce a eso: comer, comer, comer. No puedo salir de aquí, no sé qué hay más allá de ese arbusto, no veo nada más allá de lo que tengo delante. No soy nada. Salí de un huevo y me convertí en esto que solo gatea y se arrastra. Y no tengo nadie con quien hablar. La mariposa se ríe de la pequeña oruga, y muy calmadamente dice: No te compadezcas tanto, pequeña, en la vida todo tiene su propio tiempo. Hay tiempo de nacer, crecer y morir. Incluso después de morir varias veces sentiremos que siempre hay cosas nuevas que aprender. Estamos en constante evolución y cambio. ¡Hasta el sentido de la vida cambiará! Tú que ahora sufres tanto, pronto cambiarás de forma para otra vida.

¿Y cómo lo sabes? No quiero morir, prefiero quedarme así si voy a morir, dijo la oruga, que sin darse cuenta había hecho el primero de los cinco cambios de piel mientras conversaba con la mariposa. ¿Cómo lo sé?, contesta la mariposa. Viviendo todas esas etapas. No podemos detener el tiempo y los cambios que nos trae, pero podemos dejar de lamentarnos por esos cambios. El cambio es inexorable, pero la forma en la que va a pasar no. Todo depende de ti.
Tarde o temprano te convertirás en una hermosa mariposa que brillará al sol. Deja de inventarte las cosas, hermosa mariposa. ¿Cómo yo, una oruga que alimenta a los pájaros, puede si quiera volar? preguntó. Eso será en el momento adecuado, después de morir dentro de ti misma y encontrar el vacío absoluto, entonces renacerás. Pero ahora aliméntate y no te preocupes por eso. Tú ya eres lo que tienes que ser, pero has de quitarte de encima las capas de piel que cubren tu alma, para que reluzca lo que de verdad está dentro de tu ser.
Eso no es posible. Creo que has estado comiendo flores venenosas y estás teniendo algún tipo de extraña alucinación. Déjame aquí comiendo mis hojas, y no me compliques con tus cosas de muerte, transformación y no sé qué más. Déjame aquí con mi desgraciada vida.
Y así la oruga siguió caminando por el arbusto, comiendo y comiendo, quejándose y quejándose. Hasta que otra piel salió, más rugosa, que se quedó pegada en la hoja, atrapada. La oruga se puso triste, y se lamentaba de tener que arrastrar esa carga que no podía dejar atrás.
Pero una tras otra, las pieles fueron saliendo, y la oruga se iba calmando y liberando de sus quejas en silencio. La vida tenía una cierta nueva ligereza, y parecía que iba empezando a tener sentido, como le dijo una vez la mariposa monarca. La oruga ahora ya solo deseaba introducirse en sí misma, y estar tranquila; para lo que tejió un capullo con su última capa de piel. Pensó que esa sería su tumba final.
Ella no se resistió más y permitió que la muerte viniera a buscarla. El vacío total se había hecho, y después de quince largos días de vida, de esta forma es como todo terminaría. Y así se abandono. Allí permaneció, refugiada en su ataúd, por otros quince días de lluvia y sol, en su guarida final, en completo silencio y oscuridad.
Inesperadamente para ella, al amanecer de un hermoso día de sol, el capullo hasta entonces cerrado, comenzó a abrirse, permitiendo a la luz entrar. La oruga despertó de su letargo y comenzó poco a poco a estirarse, saliendo de su calabozo. Se asustó al ver sobre su sombra una sombra mayor, y mirando hacia arriba comprobó que eran dos alas amarillas con rayas negras, como las de la mariposa monarca con la que una vez habló.
Estiró sus alas, se secó y voló por primera vez, agradecida de lo buena que era la nueva vida a la que acababa de nacer, tal y como una vez le dijo una mariposa a la que no quiso escuchar. Aterrizó sobre una flor, y probó el dulce sabor del néctar; sabor que pudo apreciar por haber conocido antes el amargo sabor de las hojas que la alimentaron cuando era una oruga.
Entonces oyó un llanto doloroso que venía de más abajo…
Texto original de Rose Kareemi Ponce.

domingo, 11 de febrero de 2018

El 14 de febrero del año 270 murió un hombre llamado Valentín

   Son varias las leyendas que hablan del origen de la celebración del día de San Valentín. He elegido la que más me gusta, para compartirla con vosotros.


Corría el siglo III y el imperio romano tenía varios frentes abiertos en sus fronteras con la Galia y los pueblos godos, por eso al emperador de turno, un tal Claudio II, se le ocurrió la brillante idea de prohibir por decreto de ley los casamientos de los jóvenes en edad militar, ya que consideró que un hombre con familia, al que le puede esperar su enamorada en casa mientras lucha por el imperio, le distraería demasiado el hecho concreto, con lo que sería contraproducente para los intereses bélicos.
Pero las parejas jóvenes que no podían esperar el final de una guerra interminable para formalizar lo suyo, y tener ellas a alguien a quién esperar en casa, y ellos a una mujer que los espere y por la que valiese la pena sobrevivir al absurdo imperialista, encontraron que en una iglesia recóndita había un sacerdote que casaba a los enamorados a escondidas, y allá que iban sin hacer mucho ruido a recibir el santo sacramento del matrimonio cristiano.
Pero a Valentín el chiringuito se le vino a bajo cuando alguien se enteró.
Al emperador Claudio II no le gustó que un simple hombre de fe pusiera por delante de los interesen de la gran nación los de las parejas casaderas, y mandó arrestar y hacer preso al pobre de Valentín.
Allí estaba él, esperando la ejecución de la pena de muerte impuesta en el calabozo, cuando su carcelero tuvo la osadía de pedirle que instruyera a su hija en las artes y las ciencias, que él, como hombre de letras, podría enseñarle a la joven Julia. Esta era una muchacha guapa y de bondadoso corazón, que había nacido privada de la vista. Valentín le enseño lo que sabía de aritmética, y le leyó cuentos populares de la cultura romana, y juntos recitaron pasajes de la biblia.
«Valentín, ¿es verdad que Dios escucha mis oraciones y puede hacer milagros?», le dijo Julia un día, ya cercano al 14 de febrero, fecha en la que se ejecutaría la condena a muerte impuesta por el emperador. «Claro que sí, querida muchacha», le contestó él: «¿Qué es lo que más deseas?». Ella todas las noches rezaba y pedía a Dios poder ver los maravillosos milagros de la naturaleza, que le relataba Valentín en sus cuentos, y quería ver la luz del sol que calentaba sus mejillas en verano, y el color de la nieve que una vez calló en sus manos.
Días después, justo el anterior a la ejecución de Valentín, cuando estaban leyendo el pasaje de la Sagrada Biblia en la que Dios dice «Hágase la luz», un gran resplandor ilumino la oscura celda, y Julia, asustada, abrió los ojos y vio la cara de su maestro Valentín.
El día después, 14 de febrero de 270, el emperador Claudio III mandó ejecutar la pena de muerte, y Valentín cerró los ojos para siempre.
Al poco, Julia recibió en su casa una carta escrita por su amigo, que comenzaba así: «De tu Valentín». De ahí la costumbre de escribir cartas el día de la efeméride.
Julia fue a visitar la tumba de Valentín, y al lado de la lápida plantó un almendro, que años después floreció con hermosas flores rosas. Julia iba todos los años, cada 14 de febrero, al cementerio donde descansaba el recuerdo del santo hombre que le devolvió la vista; aunque él siempre dijo que eso era cosa de Dios. Todos los años, mientras Julia rezaba por el alma de Valentín, una mariquita se posaba en una hoja del almendro, y allí permanecía hasta que la muchacha abandonaba el lugar.
Un par de Siglos más tarde, en 496, el Papa Gelasio I instauró en el calendario el día 14 de febrero en honor de San Valentín, que desde el siglo XIV se celebra enviando postales de amor y amistad, cuyo símbolo es el almendro.

PD: Lo de la mariquita lo he añadido por mi cuenta. Ellas ya saben por qué 😉

miércoles, 7 de febrero de 2018

Cuando viniste a pedir perdón, era hacer más ruido

   La mañana del último día recibí una gran lección. Pero antes os tengo que contar lo que pasó por la noche: Marisa, Santi y yo nos entretuvimos al llegar a menos de 5 minu­tos del albergue a charlar con un viejo conocido mío. Es un tipo pecu­liar que en verano vive en el camino, en el hotel de estrellas infinitas. Estuvimos charlando un rato largo, sobre la vida, el camino y el amor. Yo quería decir miles de cosas que se me ocurrían a medida que fluía la charla, pero este pequeño gran hombre no paraba de hablar, con su voz ronca y gastada. En ese momento contuve las ganas de contar todo lo que quería contar, y que a mí me parecía tan importante, porque para mí lo era. Os voy a contar un “secreto”: todos tenemos esta impre­sión de que las cosas que nos pasan son las más importantes del mundo. Aunque lo cierto es que lo que nos pasa a cada uno de noso­tros, tengamos depresión, hayamos subido haciendo el pino el Eve­rest, corrido una maratón, tener un doctorado cum laude en metafí­sica, un Ferrari rosa en el garaje, o lo que sea; ¡no le importa a casi nadie!… Como mucho a nuestras madres, con suerte, y si nos quieren tanto como la mía a mí.

   Creo que en ese momento me di cuenta de que había aprendido a escuchar de verdad. La charla fue entretenida, y este tipo me regaló una hoja de maría hecha de alambre, que le pedí para dársela a un amigo, y me hizo sin dejar de contarnos cosas. Desde la manta en la que estábamos sentados, y que hacía las veces de alcoba, se veía un monumento eri­gido en homenaje a los peregrinos y que inauguraron en 1982 aprovechando una visita del Papa Juan Pablo II a Compostela. El monumento es un gran bloque de hormigón, con gra­bados de pasajes del Papa en Santiago, y encima hay dos figuras re­dondeadas que se supone son los perfiles de dos peregrinos, que están sujetando una cruz con la concha característica del camino. Este hombre señaló en dirección a la escultura, y nos hizo ver que desde allí las figuras de los peregrinos parecían los números 666. El número del diablo encima del Papa. En ese instante me llamó la aten­ción la apreciación, pero con el tiempo he podido observar muchos símbolos similares, y a medida que me he ido interesando por apren­der a interpretarlos han dejado de ser tan malignamente místicos.


   Terminada la charla por la cercanía de las diez de la noche y por tanto el cierre del albergue, nos levantamos de la manta y vimos a Txema, Jose y otros compañeros, que alarmados, nos metían prisa para ir a cenar; ¡pero no sé vivir con prisa! El hospitalero nos atendió y nos enseñó las dos habitaciones con­tiguas en donde había literas disponibles. Santi se puso un poco ner­vioso, porque quería que estuviéramos los 9 compañeros juntos, y teníamos hueco para 2 en la habitación de 8 que copaban nuestros amigos, y otro colchón disponible en la habitación de al lado. Además de eso, el responsable del albergue nos advirtió del cierre del mismo, 10 minutos más tarde.

   –Santi, no te preocupes –le dije–: Confía en mí y déjate llevar.
   –¡Pero nos van a cerrar y la gente se ha ido ya a cenar!
   –Santi, tranquilo –le agarré del hombro–. Tengo plan A, B y C.

   Nos duchamos tranquilos y salimos por la puerta trasera, lejos de la vista del responsable, y puse una piedra que estaba al lado para que la puerta quedara abierta. Este era el plan A. También me preocupé de dejar la ventana de nuestra habitación abierta, porque al tratarse de una sola planta, era muy fácil entrar por allí. Este era el plan B. Además, seguramente la ventana de la cocina estaría abierta a nuestra vuelta, o la propia puerta principal. El trabajo del hospitalero, que en el caso de Galicia son funcionarios, y te encuentras de todo, es decir­nos las normas e irse a sus casas a dormir calentitos con la familia. Aquel día era fiesta, porque todos íbamos a conseguir llegar a nuestro destino; y estábamos felices. Nos unimos a nuestro grupo en un bar y cenamos unos chuleto­nes de carne y bebimos buen vino. Jose ya estaba más tranquilo, por­que parece que había entrado en crisis con el horario del albergue.

   –Rous, toma –le entregué la hoja de maría hecha de alambre que me había hecho el tipo con el que estuvimos de charleta. Me di cuenta de que era la 3ª vez que me regalaba a mi o a alguien que iba conmigo un detalle similar, y que nunca le había pagado a cambio; sabía bien que no aceptaría mi dinero: porque los regalos no se pa­gan.
   –¿Por qué me das esto? –contestó ella.
   –Es un encargo: quiero que me lo devuelvas con un cordón bo­nito a juego.

   No sé por qué hice aquello. No lo pensé. A veces hago cosas sin pensarlas; bueno: la mayoría de las veces. Pondría la mano en el fuego por cualquiera de las personas que estaban aquel día en aquella mesa. Me habían enseñado mucho. Me sentía muy querido por todos ellos. Después de cenar tomamos una copa en la puerta del restau­rante. Después de esta copa, fuimos al bar que había sondeado de camino a la cena, y pe­dimos otra ronda. Después de esa ronda pedimos otra, y pusimos música en la tele: ¡nos montamos un karaoke muy divertido! Termi­namos todos felices y borrachos, a las tantas de la noche. Cuando volvimos caminando hacia el albergue, pasamos por donde el tipo que dormía en la manta y sus ami­gos, e hicimos demasiado ruido y nos lo recriminó. Yo intenté apaci­guar los ánimos de los míos, pero era imposible; y me acerqué al otro lado de la valla que delimitaba las dependencias de los que intentaban dormir, pero JC me dijo con aspavientos que me fuera. Me supo mal.

   Como resumen de aquella noche: todos conseguimos dormir en algún sitio, y a la habitación de 8 literas para nueve personas, resultó que le sobraron 3 de ellas… Fue una gran noche, ¡sí señor!

   Por la mañana nos despertaron pronto, y mi horrible dolor de ca­beza y yo, fuimos caminando lentamente hasta el puesto de bebidas y cosas varias al lado de donde acampaba JC. Le encontré allí mismo, y le invité a un café con leche.

   –Hola, siento lo de anoche –comencé las disculpas.
   –Bueno… –dijo él.
   –Anoche no conseguí calmar a la gente cuando pasamos por donde dormí­ais vosotros.
   –Ya, y cuando viniste a pedir perdón, era hacer más ruido. No era el momento –dijo sin mirarme a los ojos, como enfadado.
   –Lo sé, por eso he venido ahora.
   –Está bien –sentenció.

   Después de eso, recordando la charla de la tarde anterior con él, no sé qué tema llevó a cuál y cuál otro al siguiente, pero el caso es que le comenté que estaba escribiendo un libro sobre mi primer camino de 32 días, que en aquel entonces era el que tenía comenzado y atas­cado; porque me cambió la vida.

   –No vas a poder hacerlo hasta que dejes de lado lo que te con­tamina –esta vez me miró a los ojos.

   La frase resonó durante muchas, muchas, muchas semanas en mis oídos. Y era verdad, porque no fui capaz de empezar a escribir hasta haber dejado las cosas que me estaban contaminando, es decir: autodestruyendo.




   Sobre este tema también escribí unas palabras de reflexión, que comparto en el siguiente enlace: «No podrás escribir hasta que dejes lo que te contamina»

martes, 6 de febrero de 2018

Jardín de cáctuses de la amistad

   Un trocito de mi libro, que dice así:

   Los últimos años, desde que me divorcié, me dio por hacer cosas que en los últimos años de casado no hacía. Cosas como salir de copas, ir al gim­nasio, al monte, en bicicleta, de vacaciones a los caminos, de trekking por Nepal, tirarme de un avión, hacer submarinismo, y muchas otras cosas. Era como el pájaro que ha vivido enjaulado y al que por sorpresa le abren la puerta y echa a volar. Esta frenética actividad social hizo que fuera conociendo cada vez más gente y más gente y más gente con aficiones comunes a las mías. El problema era que en el divorcio me había quedado solo: por­que me volví a casa de mis padres; porque las amistades en el pueblo donde viví con mi mujer me obligaban a hacer planes que me depri­mían; y porque ya no me quedaban las pocas amistades que tenía a los 20 años. Si digo que esto de conocer gente nueva tras haber tenido que empezar de cero por primera vez en mi vida es un problema, es porque me imposibilitaba a decir que NO a los planes que me iban saliendo. Recuerdo el calendario de los últi­mos años lleno de colores con cada uno de los planes confirmados, y el día a día que me consumía. Ese miedo a decir que no, hizo que cada vez tuviera más y más “amigos” con los que quedar.


   Bajábamos muy tranquilos, y por eso tuvimos tiempo de charlar de metafísica espiritual de andar por casa sobre quitarse el lastre de los amigos que restan. Porque eso es lo que hice cuando me di cuenta de que tenía demasiados compromisos semana a semana, que me impedían hacer lo que realmente quería hacer; como por ejemplo: salir del trabajo un viernes frío de invierno, e ir a casa a comer y echar la siesta en pijama y calcetines por encima de los pantalones, y no quitármelos hasta el lunes a las 7 de la mañana para ducharme y vol­ver al trabajo que encadenaba mis sueños.

   ¿Y cómo te quitas de encima los “amigos” que te impiden ser tú mismo? Esto es una pescadilla que se muerde la cola: porque si no eres tú mismo no eres capaz de quitarte de encima lo que no te conviene; y si no te quitas de encima todo eso, no eres capaz de llegar a poder ser tú mismo. Por eso lo que yo hice en aquel momento, fue dejar pasar el Tiempo guardando la Distancia necesaria, que permite ver las cosas con perspectiva, o dicho de forma más simple: dejar de regar. Porque para mí, las amistades y la gente que me rodea, son un jardín de flores de todo tipo. Pero para explicarlo basta decir que unas amista­des son como cáctuses y otras como orquídeas o rosas del principito: esta era una rosa protestona, que se quejaba del frío y del viento, a la que había que hacer compañía y llevar de paseo; en definitiva: que había que “regar” de forma constante. Y lo que yo decidí una vez, y cada vez que me daba cuenta de que las amistades y el fluir de los compromisos y obligaciones no me deja­ban hacer lo que quería hacer, y por tanto, no me dejaban ser libre; fue dejar de regar.


   La forma más cómoda para dejar de regar es no ponerse en contacto con nadie. Vamos a suponer que tenemos 50 personas con las que periódicamente hacemos planes. De esas 50 per­sonas, si un día decidimos no volver a dar el paso de contactarlos, no sé cuantos, pero tal vez 10, jamás de los jamases volverán a acordarse, o si se acuerdan, nunca de los nunca jamás volverán a dar el paso de preguntarte si estás vivo. Si de esos 10 echamos de menos a alguno, no tenemos más que llamarle, porque el orgullo nunca hizo feliz a nadie.

   El siguiente paso para dejar de regar el jardín de las amistades, es decir que no a planes que no nos apetecen. Hay mucha gente que está en nuestro entorno cuando obtiene algo a cambio. Hay gente que necesita tu amistad porque eres más bajo, o más feo, o corres más despacio, o tienes un sueldo peor. Ese tipo de gente sale de tu vida cuando no les vales para compararse contigo y ganar, o simplemente no compites contra ellos. Hay otros que necesitan contar sus quejas a alguien, y te dicen que no soportan a sus parejas, y que están hartos de nosequé y nosecuantos. A este tipo de gente siempre les digo lo mismo: “No vuelvas a contarme un problema por segunda vez, si no has hecho nada para solucionarlo”.


   En definitiva, cuando dejas de regar por un tiempo tu jardín de las amistades, te das cuenta que las orquídeas y las rosas, y todas esas florecillas delicadas que hay que cuidar constantemente, han muerto. Y es un alivio, porque las rosas siempre creen que son lo más importante, el centro del universo, el ombligo del mundo, y cuando se dan cuenta de que pasas de ellas, porque te aburren e in­cordian, se enfadan y desaparecen, o simplemente, no se vuelven a acordar de ti nunca más, porque ni siquiera te echan de menos.

   Tras un tiempo sin regar las amistades, los que no se mueren, son los cáctuses. Y por eso me gusta mi jardín de cáctuses de las amistades. 
[Ya sé que el plural de “cactus” es “cactus”, pero me gusta cómo suena la palabra “cáctuses”]. Estos son amigos que están ahí, aunque pase un tiempo y no sepas de ellos, pero están.