martes, 14 de noviembre de 2017

Levántate y anda

   Quiero compartir con vosotros un maravilloso texto de mi querido Facundo Cabral. Al final he puesto un enlace a la narración completa de voz del propio autor. Hoy no tengo nada más para decir, así que me sentaré tranquilo, y en silencio volveré a escuchar al maestro.


   «Levántate y anda, deja la cama donde te duermes con la multitud y sal a caminar por ti mismo, es decir, por lo único verdadero, es decir, por la vida, entonces despierto bendecirás a todos con tu alegría. Deja la parasitaria tribuna y entra a la cancha a jugar tu partido, deja de complicarte y complicar. Detente y comprobarás que el sentido de la vida está en ella misma.
 
   Puedes llamar a cada cosa como quieras, pero todas las cosas, principalmente las que ni vemos, ni siquiera sospechamos, conforman este luminoso misterio que llamamos vida. Muchas son las cosas pero una la realidad, ¡ábrete!, ¡anímate!, aprende de todo pero ante todo de ti mismo, concéntrate en esto y te iluminarás y esa serena alegría te llevará de estadio en estadio, siempre en ascenso espiritual, intelectual y material, cantando, bailando y amando.
 
   La alegría te hace sabio, no las preguntas. ¿Desde cuándo la obra tiene derecho de preguntarle al creador? Sólo hace falta que te des cuenta de que eres parte del universo, entonces serás para ti y para los demás una constante inspiración. Libre de todo lo que vivas, entonces tu vivir será un arte y en lo más profundo de ti esta la raíz de tanta belleza, sólo a partir de ti cada acto puede ser una totalidad, por eso no pidas más, vive más, ese es el secreto de la riqueza, por eso no debes seguir a nadie como un huérfano, sino seguirte como un hombre, entonces comprenderás que para vivir mejor hay que ser mejor.
 
   Vacíate constantemente, atento al momento, entonces las novedades serán constantes, es decir, te enriquecerás constantemente, entonces, tu espíritu volará. Vacíate de pasado y te llenarás de presente, siempre rico cuando lo vives sin pre-conceptos. En el pasado te encierras con lo muerto, es una muralla que te separa de lo vivo.
 
   Vacíate de pasado y volverás a ser un niño, es decir, un ser abierto a todo, receptivo, y por lo tanto en un constante juego, y el  niño está liviano porque está libre de recuerdos  y experiencias, porque no sabe nada, por eso goza todo, por eso todo lo excita, lo asombra, como el viejo no puede moverse porque sabe demasiado, porque recuerda demasiado, porque sus experiencias lo encadenan a pre-conceptos que lo privan de las novedades, entonces no hay presente, por lo tanto no hay vida, porque la vida está en el ahora mismo.
 
   Las viejas voces de tu interior no te dejan oír las voces nuevas que te llegan del exterior en el presente, que es todo lo que hay. Sólo cuando hay silencio interior se pueden oír las voces del exterior. Sólo en la quietud se puede sentir al eterno movimiento que nos rodea. Sólo en la quietud comprobarás que la hierba, es decir, la vida, crece constantemente y tú eres parte de esa evolución aunque no hagas nada, y sólo tienes que entregarte para tener conciencia de este hacer sin hacedor, entonces te refrescará la espontaneidad.
 
   El ego es el pasado, por eso es viejo y hace que todo te sea pesado. El ego es la memoria de lo que ya no es, por eso te priva de la espontaneidad, es decir, de la audacia, es decir, de un niño. El ego te hace sentir la ilusión suicida de que eres algo aparte, es decir, te ciega, te empobrece, te enfría, y en ese estado sufres a la soledad en lugar de gozarla, y en cuanto más sepas estarás más paralizado, no vivirás, sólo responderás desde tu conocimiento, es decir, mecánicamente y responderás sólo al que tienes enfrente, no a la vida, y sólo por la razón, no por la claridad.
 
   Puedes llamar a cada cosa como quieras, pero todas las cosas, principalmente las que ni vemos, ni siquiera sospechamos, conforman este luminoso misterio que llamamos vida.»

sábado, 11 de noviembre de 2017

Ahora viene lo mejor

Página 60 - capítulo MOMENTOS PEREGRINOS:


     La mañana del primer día con las botas colgadas, que en mi caso fue de forma real, porque las dejé en un muro al lado de la catedral, comenzó desayunando con Marisa en una terraza al sol.


     Estábamos charlando animadamente, y de forma algo melancólica, sobre las rutinas que nos esperaban de allí a unos breves días. Levanté un momento la cabeza de la taza de café, y en una furgoneta de reparto que acababa de aparcar allí, frente a mis ojos, vi escrito: “Ahora viene lo mejor”. Ya no estábamos en el camino, pero todo me seguían pareciendo señales puestas por un guionista retorcido, que estaba escribiendo a la vez que yo, la película de mi vida. En aquel momento cerré el círculo. Algo comenzó con la frase del 2º día de camino en el páramo: “Atento a lo que no se ve”. Ahora estaba atento, y alguien me estaba diciendo que iba a venir lo mejor. Creo que por fin había aprendido lo que quería decir el zorro del principito con lo de “lo esencial es invisible a los ojos, solo se ve bien con el corazón”.

     Tenía demasiada información almacenada de los últimos días, y poco tiempo de calma para reflexionar sobre ello; por eso decidí guar­dar bien pegado al archivo del corazón cada una de las frases que lle­vaba intrínsecamente adosado un importante conocimiento de mí mismo. Cuando tuviera tiempo en el largo viaje de vuelta en bus del día siguiente, intentaría asimilar algo para poder tomar una decisión. Pero eso lo dejaría aparcado por más de 24 horas, porque todavía quedaba mucho que disfrutar antes de volver a casa… Y a la vida real. ¿Pero, qué es real?

     Nos levantamos de allí. Yo estaba todo emocionado por la frase que acababa de leer, y fuimos de camino al albergue que había reser­vado Sofía para pasar la última noche todos juntos. Era una senda pea­tonal por medio de un parque, en el que se veía al fondo la catedral. Mi sorpresa y alegría fue mayúscula al encontrarnos de frente a Sofía, que venía en dirección contraria, desde el albergue. Aprovechamos las vistas desde allí para hacernos unas fotos, y como no me gusta nada posar, le dije a Marisa que le diese al botón de disparar mientras le contaba a Sofía lo de la furgoneta.


     –Sofía, verás: acabamos de estar desayunando allí –señalé con el dedo a la terraza–, y justo enfrente de mí ha aparcado una furgoneta, ¿y sabes qué ponía? ¡“Ahora viene lo mejor”!
     –Claro –dijo ella sin pensarlo un segundo–. ¡Y he venido yo!
    
     Me hizo mucha gracia su comentario, y sobre todo su forma tan es­pontánea de exclamarlo. Tenía el brazo extendido y apoyado en el hombro de Sofía, y estábamos mirándonos de frente a los ojos, con la catedral al fondo, y ella me dijo otra cosa que me llenó los ojos de lagrimillas dulces:
    
     –Vasco, tienes el don de hacer que la gente que está contigo, se dé cuenta de que cada momento es único.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Matar de hambre mi EGO

   Imaginaos un árbol. Uno viejo y grande. Uno que ha vivido más de 4.000 años y sigue ahí: quieto, tranquilo, majestuoso y frágil. Un árbol no hace daño a nadie, simplemente crece y evoluciona buscando la luz.


   La vida tiene muchas ramas, que nos llevan a otras más peque­ñitas, y se bifurcan hasta llegar al final de cada una de ellas. Las ramas tienen hojas y frutos, y en primavera esporas que surcan mecidas por el viento muchos kilómetros hasta parar en el lugar exacto en dónde ha de nacer un nuevo arbolito. Los árboles son bonitos: en primavera despiertan del letargo y la savia recorre por sus entrañas para florecer de nuevo, y en otoño se visten de colores para preparar su vuelta a la tierra, alimentándola. Los árboles son muy sabios. Me gustan los árboles, y me gusta la vida.
   Pero lo que quiero contaros en este artículo no es la historia de un árbol; lo que quiero es reflexionar del EGO humano, es decir, de eso que nos hace únicos e individuales, y por tanto nos permite caer en las contradicciones de la comparación… Por eso lo del árbol, porque UN ÁRBOL NO SE COMPARA, solo ES.
   Como introducción al tema os pongo el extracto de un texto:
Paré a descansar y comer frutos secos salados en una silla de plástico verde que estaba en el borde de la estrecha senda entre matorrales y encinas viejas por la que caminaba pisando barro recién regado en el que no se apreciaban pisadas cercanas de gentes que me fueran pre­cediendo en la ruta. Una vez más, estaba solo en medio de ningún si­tio, pero al menos sabía de dónde venía y a donde quería ir. Eso era más que suficiente para sentirme motivado con el reto. Al sentarme en la silla me di cuenta de que había un pequeño altar montado en el hueco del árbol que daba sombra al asiento. Era una pequeña figurita de un santo, al que me encomendé para que me ayudase a salvarme de lo que me autodestruía.
Me tomé a partir de entonces  la firme promesa de reflexionar sobre ello: lo que me contamina destruyéndome y autodestruyéndome. Empecé a distinguir ese pequeño matiz entre lo que está dentro de mí, y lo que me viene de afuera. Llegué a la conclusión de que el alcohol, el tabaco o las malas amistades eran cosas destructivas que necesitaría erradicar de mi vida futura de ascetismo anacoreta. Pero empecé a darle aún más importancia a lo que desde dentro, con más fuerza aún que lo externo, podía perturbar mi paz; como por ejemplo los pensamientos pesimistas, la frustración, el rencor o la ira que siempre intentaba apaciguar. Por eso vi de forma nítida la necesidad de matar de hambre mi ego.
Matar de hambre mi EGO: esto es algo interno inherente a cualquiera que tenga alma, que me permite vivir la vida como ser individual, por tanto es algo necesario y de lo que no puedo deshacerme. Pero decidí que podría esforzarme por dejar de alimentarlo. Tenía todavía mucho por recorrer trabajando sobre ello, y estaba dispuesto a enfrentarme al espejo que me mostraba lo que menos me gustaba de mí mismo. Llegué a la certeza de que iba a ser una tarea infinita y complicada que me apasionaba tener por delante.

Ahora pensemos un poco más utilizando para ello EL MITO DEL MINOTAURO, explicado de forma poco ortodoxa y bastante personal en este otro trocito de narración:
El laberinto del Minotauro, reflexioné entre copas de vino: el mito dice que era un toro blanco que sedujo a la mujer del rey Minos, y nació un bebé con cabeza de toro. Lo escondieron en un laberinto hecho por Dédalo, y una vez al año le ofrecían como ofrenda 7 doncellas y 7 muchachos. Al tercer año fue voluntario al laberinto el héroe Teseo, que compinchado con Ariadna, ató un hilo a la puerta para saber volver de regreso. A puñetazos Teseo mató al fiero Minotauro, que el único error que cometió fue haber sido engendrado por un toro.
Ahora vamos a darle una vuelta de tuerca metafísica al asunto: imaginaos que la propia personalidad, nuestro ser, nuestra mente, nuestro cerebro racional es el laberinto en el que estamos encerrados. En esa morada que tan bien conoce el EGO, o sea el Minotauro, se pierden cada vez que entran las 7 doncellas y los 7 muchachos. Vamos a pensar que esos 7 hombres y mujeres representan los pecados capitales. El ego se alimenta por tanto de la lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y orgullo. Pero está la parte negra en la blanca y la blanca en la negra, o lo masculino y lo femenino entrelazado, porque entran 7 muchachas y 7 varones. Yin y yang. Luz y oscuridad. Es decir, las fuerzas opuestas en perfecto equilibrio. Teseo representa nuestra propia lucha consciente contra el ego. En esta historia no hay ni buenos ni malos, porque todos son parte de nosotros mismos. Ariadna representa al AMOR, al ángel que nos cuida. Éste, a través de un hilo nos indica el camino de vuelta, como las flechas amarillas*.
Sigo pensando que hubiera sido mejor matar de hambre al Minotauro. Matar de hambre mi ego… ¡Qué complicado resulta!

“Si quieres despertar a toda la humanidad,
entonces debes despertar la totalidad de tu propio ser.
Si deseas eliminar el sufrimiento en el mundo,
entonces acepta todo lo que es oscuro y negativo en ti mismo.
Porque en verdad el regalo más grande para compartir es:
tu propia transformación.”

*Las flechas amarillas son las indicaciones de dirección en el camino de Santiago.

Fuente de los textos: “La llave del laberinto”.

martes, 31 de octubre de 2017

La realidad

   La realidad es como un dado, del que nuestros sentidos solo alcanzan a ver una cara. Las otras 5 no se ven con los ojos.
   Lo que me pregunto ahora mismo, es si mi dado es diferente del tuyo.


viernes, 27 de octubre de 2017

La milenaria técnica del ayuno

   Hoy es mi décimo día de ayuno. Estrictamente no es un ayuno, porque tomo un brebaje hecho de sirope de arce y palma, con un limón exprimido y una pizca de cayena molida. Es la tercera vez que lo hago, y siempre me ha venido muy bien.



   La fecha buena para esto dicen que es al comenzar la primavera y el otoño. Mi día a día ha consistido en desayunar un vaso de agua del grifo, con dos cucharadas soperas del sirope y un poco de cayena. El sirope tiene los nutrientes necesarios, con el aporte de la vitamina c del limón y la cayena sirve para evitar los bajones de tensión. Más tarde, cuando el cuerpo me lo volvía a pedir, me preparaba otro vaso, y así hasta irme a dormir. Ha habido días de 4 vasos y otros de solo 2, acompañados de alguna cucharadita sopera del sirope cuando no me apetecía tomar el brebaje. También he tomado una manzanilla endulzada con otro sirope que estaba por casa, y así lo gastaba, de agave; y siempre he terminado el día con una infusión laxante. Ninguna cosa extraña, ni milagrosa más.
   Tenéis más detalles en este artículo del que voy a coger un párrafoLa cura del sirope de savia.
   «Esta cura está basada en la milenaria técnica del ayuno. Un ayuno consiste tradicionalmente en no comer nada y beber agua. Si hiciéramos un ayuno convencional, que también es altamente curativo, los primeros días pasaríamos mucha hambre hasta que nuestro cuerpo comprendiera que estamos ayunando y no vamos a comer más. En ese punto perderíamos el hambre. Hoy en día hacer un ayuno convencional puede ser difícil de realizar con éxito, sin embargo existe una posibilidad intermedia: la cura del sirope de savia y zumo de limón. Esta cura nos permite disfrutar de los beneficios del ayuno sin pasar hambre ni tener que abandonar nuestras tareas diarias habituales.»
   Como siempre hay lectores escépticos y críticos contumaces (que no suelen leer más allá del titular antes de hacer sus comentarios), he buscado dos noticias de medios de comunicación serios que dicen cosas como las que paso a resumir:
   «El ayuno durante días o semanas, con solo agua o prescindiendo solo de alguna clase de alimentos, o limitando las horas del día en las que se puede comer, es una práctica casi universal entre las religiones mayoritarias. Algunas le atribuyen cualidades regeneradoras. Desde un punto de vista científico, el ayuno parece aportar longevidad y una mejor salud en estudios con animales y no requiere tantas penalidades como la restricción calóricaY parece que algunos de los beneficios más rápidos y patentes los obtienen los animales con tumores.
   Cuando alguien deja de comer uno o más días, su metabolismo cambia de marcha ante el estrés. La proliferación celular se ralentiza, se activa el proceso de autofagia en la que el organismo elimina células viejas o defectuosas y, en general, comienza a alimentarse de sus propias reservas de energía. Por el momento, se ignora cómo y por qué esta práctica parece ser beneficiosa para la salud.»
   «Mucha gente desconoce que ayunar, siempre de una forma controlada o bajo supervisión médica, puede ser beneficioso para la salud. Cada vez hay más estudios y experiencias clínicas que corroboran los aspectos positivos que tiene no tomar alimentos sólidos con fines terapéuticos, y más aún si ese ayuno va acompañado de ejercicio físico. Es un procedimiento poco conocido aún, aunque hay países como Alemania, Francia, Suiza o Austria, en los que los médicos llegan a prescribir el ayuno como método de curación en lugar de los medicamentos.
   Los beneficios de un ayuno terapéutico bien llevado y controlado no se limitan exclusivamente al ámbito de la salud. Se trata de un procedimiento simple y barato, que podría ahorrar mucho dinero público en camas de hospital y en tratamientos médicos más o menos costosos. El doctor Pablo Saz asegura que “se gasta mucho dinero en algunas de las enfermedades que se resolverían con el ayuno de manera económica. Michalsen, uno de los mayores investigadores del ayuno, dice que si las enfermedades que él resuelve con el ayuno las curase un solo medicamento, sería multimillonario. Porque tendría una publicidad asombrosa y unas ganancias enormes. El problema es que el ayuno no es una patente de la industria farmacéutica”.»

miércoles, 25 de octubre de 2017

La única gran pregunta: ¿De qué está hecha la realidad?

   Imaginaos una cena de filósofos griegos de alrededor del 500 antes de Cristo, sentados entorno de una gran mesa repleta de comida y vino, dialogando sobre la vida, la existencia, los dioses, el universo y todas esas cosas de las que hablaban los hombres dueños de esclavos, dinero y tiempo, cuando no había ni televisión, ni fútbol, y de algo había que hablar.


   Cuando todos se hartaron de comer, Sócrates se puso en pie tambaleante y dijo:
   -Queridos camaradas y sin embargo amigos: quiero hacer un brindis -todos levantaron las copas llenas de vino esperando el motivo-, ¡porque nuestras mujeres nunca se queden viudas!
   -¡Por Baco! -jalearon todos al unísono.
   -Camarera, una jarra más por favor. -Le dijo Tales a la muchacha que pasaba por allí con una bandeja de dulces, y quedándose un momento absorto en sus pensamiento, le preguntó-: ¿Para ti, bella señorita, cuál es LA ÚNICA GRAN PREGUNTA?
   -¿La única gran pregunta, señor? -pensó un segundo mirando hacia arriba y cerrando el ojo izquierdo-. Ya tengo una: ¿De qué está hecha la realidad?
   Algún filósofo se atragantó, a otro le entró la tos, alguno que cabeceaba abrió los ojos, y después de pensar un poco, Jenófanes se animó a iniciar el debate con lo primero que se le pasó por la cabeza:
   -Si los caballos tuvieran manos y supieran dibujar, pintarían a los dioses como caballos -sentenció.
   -Deja a los dioses con sus asuntos -le exclamó Tales-, y responde a la muchacha -buscó con la mirada, pero ella ya se había ido-... ¡La realidad está hecha de agua!
   -No digas tonterías -le rebatió Anáximenes-: Incluso el agua está hecha de aire.
   -¿Aire? -Dudó Sócrates.
   -No sé si es aire o agua, pero tengo claro que hay una materia fundamental de la que todo nace y a la que todo ha de volver -dijo Anaximandro auto afirmándose con gestos positivos con la cabeza.
   -¡Los miletos no tenéis ni idea! -gritó Pitágoras enérgico-. No importa de qué esté hecha la realidad, lo importante es encontrar la proporción de todas las cosas, y para eso debemos apoyarnos en los números.
   -¿Tú qué opinas, venerable Sócrates? -preguntó la muchacha mientras volvía a llenar la copa del pequeño hombre de nariz respingona.
   -Yo solo sé, que no sé nada -contestó sumergiendo su nariz en la copa.
   -Pero entenderás que no es posible beber dos veces de la misma copa, como tampoco es posible sumergirse dos veces en el mismo río, ¿no? -propuso Heráclito, enredando aún más la conversación sobre la única gran pregunta.
   -Perdone que discrepe, maestro, pero ¡no es posible sumergirse en el mismo río ni siquiera una vez! -dijo Crátilo con efusión, y las mejillas sonrosadas.
   -Pongámonos serios, camaradas: solo se puede confiar en la razón para encontrar la verdad -clamó solemne Parménides.
   -Sabéis ese que va una vez por el campo Aquiles, y le apuesta a una tortuga 3 barriles de vino a que gana en una carrera, dejándole ventaja y todo... -desvarío un poco Zenón-. Entonces va la tortuga y le dice: "es imposible que llegues antes que yo a mi línea de salida, porque ya no estaré allí".
   -Creo que nos hemos desviado un poco -puso orden Empédocles, poniéndose en pie-. La realidad está hecha de 4 elementos: agua, aire, tierra y fuego.
   -Eso está muy bien, pero si yo bebo vino, soy vino, porque todo está hecho de pequeñas infinitas cositas -balbuceó Anaxágoras mirando la copa vacía.
   -Tiene que haber cosas diminutas que ya no puedan seguir "cortándose" -propuso Demócrito, y todos se callaron para seguir su discurso con atención-; de lo contrario no podría existir la materia. Estos "incortables" o átomos... se mueven, chocan, forman nuevos compuestos y son indivisibles, lo cual explica las cualidades objetivas del mundo: el peso, la forma y el tamaño. Otras cualidades como el olor solo surgen cuando los átomos de un objetivo interaccionan con los átomos de la nariz humana.
   Sócrates negaba con la cabeza, y preguntó:
   -¿Y el alma inmortal dónde está?
   -Ya estás con tus molestas preguntas -contestó Demócrito-; eres un tocagüevos.
   Visto el silencio, la muchacha que estaba llenando la coma de Heródoto le animó a contar alguna anécdota de su último viaje.
   -Has venido recientemente de Egipto, ¿no es así?, valiente aventurero -dijo ella.
   -Así es, y he podido saber que ¡allí tienen otros dioses y creen en otras cosas!
   -¿Entonces cuáles son las creencias correctas? -propuso un nuevo debate Protágoras-: Si esos egipcios tienen otros dioses y creen en otras cosas, ¿cómo podemos saber quién tiene la razón?
   Después de esto todos se fueron a dormir.
 
   El tiempo, 2.500 años de historia, casi no ha aclarado nada sobre las primeras cuestiones que se plantearon aquellos sabios de Grecia. Pero es que tampoco hemos tenido tiempo para reflexionar con tanta guerra y sinsentido. De esto ya hablé algo en mi primer artículo de "Esquizofrenia de la prisa"...
   Como alguien dijo más tarde: "Sapere aude".

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Sampedro 12:22

   Dicen que las casualidades no existen; que son otros que conspiran a nuestras espaldas. Dicen que el azar es la forma que toma Dios para pasar inadvertido. Dicen que hay que tener fe. Dicen que no hay que creer en lo que no se ve. Dicen tantas cosas…
   Hoy quiero contaros una pequeña anécdota sin importancia. Trata sobre las casualidades, como la de la imagen, que es la órbita que dibuja Venus en 8 años. Bonita, ¿no?

   La historia comienza con una declaración de amor eterno, con la excusa de unas palabras de un tipo que me es simpático, y además lo considero entre esos pocos iluminados de cada época. Se trata de un vídeo de José Luis Sampedro, en el que dice que aunque se sienta ya viejo, aguantará hasta el final, porque a pesar de haber ya vivido lo que le tocaba vivir, y desear irse en paz, tenía el deber de vivir esta vida que nos han regalado, hasta el fin… al lado de su mujer.
   Pues bien, en una de nuestras conversaciones por correo electrónico, le indiqué el minuto y el segundo que quería escuchara del vídeo; que no es otro que el que he comentado. Entonces le puse el link, y 12:22. A ella le gustó, y desde entonces, como si fuera un versículo de algo sagrado, nos declaramos nuestros deseos de seguir juntos hasta el fin con el título de este artículo: “Sampedro 12:22”.
   Evidentemente es algo que no tiene ningún sentido para nadie que no seamos nosotros dos, porque el minuto y los segundos son de un vídeo cualquiera, elegido al azar entre muchas versiones de lo mismo, pero nos divierte ver cada mañana esa hora del reloj. En fin, cosas de enamorados.
   El caso es que tiempo después pasamos por Cuenca a hacer noche en un viaje. Fui yo el que unos días antes había elegido, también al azar, sin fijarme mucho y sin darle ninguna importancia, un hotel. Llegamos en coche hasta la ciudad, pasamos por la catedral, y paré en un rincón para buscar la dirección del hotel en el papel que teníamos impreso: Calle San Pedro, nº 12.
   ¡Qué casualidad!
   Una simple casualidad, nada más. Nos reímos sin darle importancia, porque cada cierto tiempo nos pasan casualidades (en las que no creo desde que tengo conciencia), que solemos interpretar como señales de nuestros queridos ángeles protectores, o como suelo decir yo, de los retorcidos guionistas de nuestros destinos.
   Entramos en el hotel, y me acerqué con el papel de la reserva a la señora de la recepción. Le dimos nuestros documentos, y tecleó el mío en su ordenador.
   -Arkaitz, ¿verdad? -si me llamara Ramón sería evidente que soy yo, pero con este nombre, que casualmente se pude traducir como Pedro, pues a veces no lo tienen claro.
   -Sí, ese soy yo -contesté.
   -Ha estado otra vez aquí, por lo que veo -miraba su pantallita.
   -Una vez estuve en Cuenca, hace muuuchos años, es verdad, ya ni me acordaba, pero ni idea que fuera en este hotel -le contesté.
   -Y ella es… -dijo el nombre de mi ex-mujer, sin fijarse que no correspondía con el nombre del dni.
   -No, no -contesté, sorprendido de la coincidencia de estar en el mismo lugar, como 8 años después.
   -Ah, perdón -se excusó, creyendo que acababa de meter la pata y estaba allí, en el mismo sitio con mi amante, o con mi mujer; o no sé qué pensaría.
   Entonces nos dio la llave, y subimos en el ascensor a la 2ª planta, aún sin fijarnos en el número de habitación, y riéndonos a carcajadas por la coincidencia. Salimos del ascensor, y me fijé en el número que tenía en la llave: la habitación número 2, de la 2ª planta.
   Estábamos en la calle San Pedro de Cuenca, en el número 12, en la habitación 2ª de la planta 2ª.
   ¿No os parece que a veces el destino es como la órbita de Venus, en la que se van dibujando círculos concéntricos, y el pasado se solapa con el presente, y se unen los puntos que quedaron suspendidos en el vacío, cerrando líneas curvas que dibujan bonitas flores de la vida?
   Me tumbé boca arriba en la cama, mirando fijamente al infinito a través del techo, intentando entender las coincidencias… Y me repetía a mí mismo: San Pedro 12:22, Sampedro 12:22, Calle San Pedro, número 12, habitación 22…
   No podía ser casualidad, porque las casualidades no existen.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Escribir un libro, editarlo y venderlo

   Ahora que estoy en la tercera etapa del proceso puedo contar cómo funciona esto de escribir un libro, editarlo y venderlo. Para escribir solo se necesitan dos cosas: tener algo que contar, y contarlo. En cuanto a los porqués de darle a la tecla, solo se me ocurre un motivo, y es el de sentir la imperiosa necesidad de hacerlo; escribir por no poder evitarlo.


   Yo decidí que iba a ser escritor a los 18 años, y entonces empecé con una historia que llegó a un callejón sin salida, por lo que quedó el manuscrito arrinconado en un cajón. Seguí firme con la idea durante 3 navidades seguidas en las que presenté mis cuentos a un concurso, sin éxito. Seguí fracasando al iniciar una nueva historia, y es que en 10 años, ¡solo fui capaz de completar 10 páginas!
   Entonces mi vida dio un giro y me fui 30 días a caminar desde Roncesvalles a Finisterre. Por primera vez en la vida, a los 30 años, tenía una historia que merecía ser contada, y a la vuelta de aquella aventura me enfrenté a la página en blanco tímidamente. Tardé poco en tener 40 páginas, y la tarea de escribir me seguía gustando, pero había algo que no me dejaba seguir. Tal vez no era el momento, y el alumno aún no estaba preparado para encontrar al maestro.
   Todo cambió cuando a los 33 hice un nuevo camino, el 5º, y esta vez la aventura siguió al llegar a casa, porque mi punto de vista se había aclarado sin que yo lo hubiera pretendido. Entonces seguí viviendo la vida que era consciente sería la que no podría evitar escribir. Cuando las aguas volvieron a su cauce me senté tranquilo, y organicé mis ideas en un folio en blanco. Tenía claro qué aquello que viví necesitaba escribirlo, porque quería que cuando fuera un viejo de 80 años, con la memoria marchita, ese yo mío del futuro lejano, pueda leerlo, y así saber que fue real, y le pasó a él.
   Me puse a ello con devoción, persistencia e ilusión. Meses después llegué al fin, y supe que esa era la historia que le regalaría al viejo del espejo del futuro.

   Ya había cumplido el objetivo. Pero al darme cuenta que lo escrito no era otra cosa que la narración de la búsqueda inconsciente de mi propia llave del laberinto, para lo que simplemente me dejé llevar siguiendo las señales del destino; esas que solo se ven cuando estamos atentos a lo que no se ve con los ojos, es decir, cuando aprendemos a escuchar a nuestro propio corazón, fue entonces cuando pensé que sería bueno que otros lo pudieran leer, soñando que les sirva para encontrar su propia llave.
   Por eso me puse en contacto con una editorial de auto edición, para que cada punto y cada coma quedase en el lugar que yo quería, y para que la imagen de la portada y el título fueran los que alguien decidió por mí. Es como si mi participación en toda la historia haya sido la de mero receptor de señales, y transmisor de ideas, nada más. Es una sensación extraña de hacer lo que otros que no ves te van dictando, sin tener muy claro hacia adonde te están llevando, ni para qué. A mi no me importó, porque estaba disfrutando con aquel retorcido juego del laberinto, aunque cada día estaba un poquito más cansado, como dice Fito en una canción.
   Con la editorial todo fue bien, y la maqueta quedó como quería que quedara, y la portada con el corazón con alas y una ranura para la llave, es como si estuviera esperando en el catálogo de imágenes para mi historia. Entonces tocó pagar e imprimir la primera edición. Llegaron las cajas desde la imprenta a mi casa y empecé a repartir los ejemplares entre los primeros interesados, y amigos y parientes. Esto fue muy bien porque fueron más de 100 ejemplares echados a volar en pocos días.
   Después ha llegado la parte ingrata y más complicada del proceso, que no es otra que la de vendedor de libros a puerta fría. Y es que las librerías tienen una puerta de mármol a la sombra para los escritores principiantes y sin nombre, como yo. Me gustaría decirles a esos libreros que he invertido mi alma entera y parte del corazón en esas 300 páginas, y que todo el que lo lea sentirá que han sido 18€ pagados con gusto; pero eso son solo palabras.
   En eso estamos, y menos mal que lo único que di fue todo.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Esquizofrenia de la prisa: Mi experiencia Vipassana 2/2

   Como decía en la 1ª parte, llevaba 7 largos días encerrado en un centro para la meditación, y estaba empezando a pensar que el reto que tenía por delante era el de irme de donde no estoy a gusto. Había sido testigo de pequeños detalles, casi insignificantes, que hacían que estar allí ya empezara a dejar de tener sentido, y por eso me acerqué al ‘manager‘ (palabra para designar al voluntario que intermedia entre el maestro y los alumnos), para decirle:
   -Hola Pepe. Quería decirte que he decidido irme de aquí, porque ya me es suficiente y no encuentro motivo para seguir -y era así de simple, y nada más.
   -Lo siento mucho -contestó con franqueza-. Eso lo tienes que hablar con el maestro, que espero de verdad que te convenza para quedarte hasta el final -sonrió cómplice.
   El maestro:

   La frase anterior es la única que dije desde el voto de silencio del primer día. No estaba seguro si después de una semana sería capaz de hablar, pero comprobé felizmente que los pensamientos seguían pudiendo articularse en palabras con fluidez y precisión. El mánager me emplazó a dirigirme al maestro en el turno del final de la jornada, que estaba dedicado para preguntar dudas al gurú.
   Con este hombre tuve ya una experiencia previa. Yo no me quedé nunca a preguntar dudas al final del día, tampoco pedí audiencia al honorable señor para ninguna otra cosa en los turnos de 5 minutos que se terminaban con una campanilla que tocaba el mánager. Y fue así porque me metí en ese curso de forma voluntaria, con ilusión y curiosidad, y en esos 7 días no había tenido nada que preguntar, ni nada que escuchar: fui a estar solo con mis pensamientos y mis circunstancias, y me era grata mi propia compañía y soledad.
   El caso es que la postura de meditar me era costosa de mantener los primeros días, y con 14 horas por delante cada jornada, viendo que otros se apoyaban a veces en la pared del fondo de la sala grande, yo hice lo propio. Ese mismo día el mánager me comunicó que el maestro quería hablar conmigo. Le esperé pacientemente en la puerta de la sala, hasta que le vi llegar por el otro lado, y charlamos un par de minutos, en los que me ofreció su ayuda en lo que pudiera, y me preguntó si todo iba bien.
   -Sí, todo bien; lo único que a veces me canso en la postura y por eso voy al final para apoyarme un rato en la pared y descansar y estar más cómodo.
   -Puedes seguir haciéndolo a partir de ahora, con mi permiso -dictaminó.
   Y esto me recordó el capítulo del rey de El Principito.
   Después de aquello, que sería el día 3, vino lo del ataque de ansiedad del chaval que no podía soportar las horas interminables de soledad. Este hombre tenía una expresión de enorme tristeza cada vez que le veía deambular por las zonas del jardín. Sí, sé que no debíamos mirarnos a los ojos, y lo respeté siempre, pero a veces observaba a todos y cada uno de los compañeros que andaban por allí, y sin hablar con ellos ya sabía con quién me llevaría bien, quién me parecía simpático, engreído, gilipollas, interesante y divertido. A veces me gustaba hacer una prueba sencilla, que consistía en sentarme al lado de otro compañero en los bancos que estaban repartidos por la calle. Podía pasar dos cosas, y siempre acertaba lo que pasaría: el otro aguantaba unos segundos de cortesía y se iba al sentirse incómodo, o se quedaba tranquilamente y en paz a mi lado. Algún día os contaré por qué creo que pasa esto, y tiene que ver “con lo que no se ve con los ojos”. Pero ahora estamos a otra cosa.
   Así pues tras completar una semana decidí que la prueba que me ofrecía la vida era la de irme a tiempo de donde no quiero estar. El primer día nos invitaron a rellenar una encuesta en la que se nos preguntaba el motivo de ir allí. Mi respuesta fue escueta y sencilla: dije que tenía curiosidad, y que quería aprender cosas nuevas, y que me sentía en paz y feliz, y estaba en la mejor etapa de mi vida. Todo era verdad, y lo repetí de viva voz cuando tuve que hacerlo.
   Antes de eso llegó el audio del final de la jornada, en el que tuve que escuchar varias veces “dar dinero, dar dinero, dar dinero” (el audio está en el artículo 1º, y la parte que comento se escucha sobre el minuto 50). Eso me convenció definitivamente para irme, aunque por supuesto que daría el dinero que consideraba justo por el mantenimiento de mi persona en aquel lugar, y un extra para que algún día pudieran poner unas literas un poquito mejores. No necesitaba que un audio me recordase que aunque aquello fuera gratis, era adecuado hacer un donativo. De hecho me han hablado de personas que donaron todas sus pertenencias a ‘la causa’ porque el retiro de 10 días y aprender la técnica y todo lo que recibieron de bueno tras encontrar la senda de la felicidad para sus vidas, les cambió para siempre y se sentían eternamente agradecidos. Yo no dudo de las bondades de la meditación Vipassana, ni mucho menos; solo que yo me quería ir de allí, y creí que iba a ser más fácil.
   Tras el audio empezó el turno de preguntas y dudas al maestro. Era la primera vez que estaba allí, y me sorprendió la fragilidad que mostraban los alumnos que hacían preguntas. Sus vidas estaban en un punto muerto sin dirección, se les veía tristes, con la autoestima terriblemente debilitada, y estaban allí preguntando a un tipo que se sentaba medio metro por encima de ellos. Y es que para preguntar había que ir enfrente del maestro a sentarse en el suelo, con el cuello torcido para arriba. Al final del todo, cuando ya la gente se estaba empezando a levantar, el mánager me conminó a acercarme y decir lo que tenía que decir.
   -Creía que iba a ser a solas -le dije cuando pasé por su lado para sentarme enfrente del maestro.
   La escena era patética, porque yo estaba sentado en el suelo, el maestro esperando a que dijera mi duda o pregunta, a ambos lados los voluntarios que no se habían ido de allí, tal vez porque el hecho de que alguien se quería ir era lo más interesante que iba a pasar en esos 10 días, y aún quedaban algunos alumnos que habían visto que todavía no terminaba el turno de ruegos y preguntas. Lo que dije fue:
   -Quería decirte -al maestro mirando fijamente a sus ojos-, que me quiero ir, porque creo que mis días aquí ya han terminado y no tiene sentido continuar -simple, fácil y cierto.
   -¿Ha pasado algo? -me dijo él- ¿Qué es lo que va mal?
   -No hay ningún problema, solo que considero que este es el momento adecuado para dejarlo -seguí-. Vine aquí hace una semana, tranquilo y en paz conmigo mismo -los lacayos a ambos lados se rieron como hienas al oír esto; y definirlo de esta forma denota que no me gustó en absoluto, por profundamente irrespetuoso, como cuando los niños en el colegio se ríen del gordito que no es capaz de saltar el potro de gimnasia-, y me iré de la misma forma, mañana antes de que empiece la primera hora de meditación, para no molestar a nadie.
   -Está claro que no estás en paz, porque si no te quedarías aquí -quiso hacer de gurú frente a un pobre niño indefenso-, y es que tienes aversión por las horas de meditación.
   -Sí, es posible… pero igualmente, quiero irme mañana a las 8 -no estaba para falacias.
   En ese momento el maestro dejó de mirarme a los ojos, y se le borró del gesto la cara de complicidad que hasta entonces tenía. Me emplazó a las 8 de la mañana de la mañana siguiente.

   La noche fue eterna; la primera que no pude dormir a pierna suelta como todas las anteriores. Oía al de la litera de al lado roncando como si fuera el croar de un sapo: rarísimo y muy molesto, y hasta ese día no me había enterado. Después vi una luz de linterna en la calle, y un compañero amigo haciendo la maleta en la calle en medio de la noche, y al tipo de la litera de debajo mío que salía a hablar con él. Empecé a pensar cualquier posibilidad extraña menos la real.
   A la mañana me levanté tarde, porque hasta las 8 no tenía la reunión con el jefe del garito, que era el mismo que custodiaba mis pertenencias, y el que se había leído la información personal que cada uno voluntariamente había dejado por escrito, y me crucé con el hombre que estaba por la noche fuera de sí en la calle.
   -Me voy -me dijo a la cara, rompiendo el voto de silencio.
   -Yo también -le dije, y le señalé la calle para invitarle a salir para no molestar a los demás.
   Nos fuimos a la esquina más apartada del recinto, y el mánager se quedó a una distancia suficiente como para intentar escucharnos, con los brazos cruzados en gesto de reprobación. Hablamos de nuestro malestar por el maestro y compartimos los pequeños detalles que no nos habían gustado de él, y nos pusimos de acuerdo en que era hora de irse tras hablar a las 8 con el jefe. Primero entré yo, y después iba el otro, que estaba muy enfadado e indignado, y no se iba a sentar en el suelo, humillado. A mi eso me daba igual, porque sabía que la batalla sicológica, si la hubo en algún momento, la tenía ganada desde la tarde anterior cuando el tipo de blanco apartó la mirada al insistir que me quería ir.
   Me senté en el suelo y escuché:
   -Esto es vergonzoso, una falta de respeto -empezó a decirme mirándome a los ojos, con los suyos en llamas-: habéis estado hablando en alto, estorbando la meditación y la paz de los demás compañeros, y eso no se puede aceptar.
   -No era consciente de que se nos oía, y lo siento -le dije sinceramente.
   -¡No lo sientes de verdad! -me dijo desde arriba, gritando y enfadado.
   -Sí lo siento, de verdad -¿por qué lo dudaba?: yo no era como él-, e insisto en que me quiero ir AHORA MISMO, para lo que necesito mi DNI y la llave del coche.
   -¡Tú no te vas! ¡Te echo yo! -me dijo el pobre hombre que iba de maestro budista zen, que en realidad no había aprendido nada de lo que escuchaba en los audios que se encargaba de poner a los alumnos: play, stop, pausa, play, stop... Y desde el alto de su ego superinflado y dañado, con tono de arrogancia, nada apropiado en un 'gurú', repitió iracundo:

¡TE ECHO YO!

Esquizofrenia de la prisa: Mi experiencia Vipassana 1/2

   Para escribir este artículo, he vuelto a buscar el séptimo de los 10 audios (1 por cada día) del curso de meditación Vipassana; lo pongo al final del texto por si alguien siente curiosidad. No puedo decir que me haya gustado escuchar esa voz otra vez. No puedo decir que para mí fuera una semana que mereciese la pena; me fui a la mañana del octavo día… y os quiero contar cómo fueron esas interminables jornadas de introspección.


   El día giraba entorno a una sala cuadrada parecida a la de la imagen, pero con menos luz y algo mayor. A ella entrabamos los hombres desde una puerta que venía de la calle. Las mujeres entraban por otra puerta que venía de un patio cuadrado por el que solamente pasé una vez antes de encerrarme voluntariamente en aquel lugar. El maestro entraba por otra tercera puerta, que nunca crucé en ninguna dirección, y se sentaba enfrente de todos en un altillo. Las mujeres a la izquierda del maestro vestido de blanco, y los hombres a su izquierda, en distribución milimétrica, y entre ambos bandos, separándonos, un pasillo de un metro de ancho, al final del cuál se podía ver al maestro controlando todo lo que pasaba a su alrededor, desde las alturas.
   Cuando entré tuve que dejar mis pertenencias (en mi caso la llave del coche y el DNI) bajo la custodia del centro. El resto de cosas las dejé en mi coche, aparcado allí cerca. Después del registro llegó la charla inicial, en la que se nos explicó que no podíamos mirarnos a la cara ni mantener ningún tipo de contacto físico con nadie. Los hombres estaríamos en un lado del centro, y las mujeres en otro. Los hombres dormíamos en un cuarto de literas, y se nos exhortó a mantener el decoro en el baño, sin hacer alardes de virilidad que pudieran descentrar de su estado de clandestinidad mental a los otros meditadores.
   Estas circunstancias hacían que cada uno de nosotros estuviera enjaulado mentalmente en sus pensamientos, y eso puede ser duro para quien no se soporta, o no sabe estar a solas consigo mismo. Por eso al 5º día o así, un chaval que se sentaba en las meditaciones dos filas por delante de mí, empezó a tener ataques de ansiedad que no era capaz de controlar. Tuve una desagradable sensación de impotencia sabiendo que lo que aquel chaval necesitaba era un buen abrazo; pero no nos dejaron acercarnos a él, y le apartaron automáticamente de la rutina del grupo, hasta que alguien fue a buscar al pobre hombre para llevárselo de allí. Me dio pena.
   El horario era estricto, siempre marcado por un gong que se oía primero del lado de las mujeres, al otro lado del recinto, lejos de nosotros, contestado por otro gong de nuestro lado. Solo nos veíamos todos en las meditaciones de grupo, pero teníamos que evitar mirarnos, para no salirnos de nuestro retiro personal del mundo. Sonaba por primera vez a las 4 de la mañana, gong! gong! gong! y me levantaba cada día con menos ganas, para vestirme y prepararme para la primera hora y media de meditación en la sala grande y oscura a esas horas de la noche. La única voz que se escuchaba era la del maestro Goenka, que es un hombre que ya se murió hace unos años, y que en todos los retiros Vipassana habla desde el más allá, a través de un CD que accionaba nuestro querido maestro vestido de blanco que se sentaba en un altillo, y se dedicaba durante todas las horas de meditación a darle al play ahora, al stop después.
   Por fin llegaba el desayuno de las 6:30, que para mí era el mejor momento del día, ya que tomaba pan con tomate y aceite, y cereales con yogur, y hasta un vasito de Colacao frío. Adelgacé 5 kg en 7 días, aunque en ningún momento pasé hambre. En la alimentación no hubo ningún deleite, que creo es parte del método de abstracción: privarse de cualquier placer mundano durante todo el proceso.
   Os pongo aquí el horario, que me resulta “entrañable”:
4:00 a.m.Llamada
4:30-6:30 a.m.Meditación en la sala o en la habitación
6:30-8:00 a.m.Desayuno y descanso
8:00-9:00 a.m.Meditación en grupo en la sala
9:00-11:00 a.m.Meditación en la sala o en la habitación según las instrucciones del profesor
11:00-12:00 a.m.Comida
12 a.m.-1:00 p.m.Descanso y entrevistas con el profesor
1:00-2:30 p.m.Meditación en la sala o en la habitación
2:30-3:30 p.m.Meditación en grupo en la sala
3:30-5:00 p.m.Meditación en la sala o en la habitación según las instrucciones del profesor
5:00-6:00 p.m.Merienda y descanso
6:00-7:00 p.m.Meditación en grupo en la sala
7:00-8:15 p.m.Charla del maestro en la sala
8:15-9:00 p.m.Meditación en grupo en la sala
9:00-9:30 p.m.Preguntas en la Sala
9:30 p.m.Acostarse. Se apagan las luces

   Aunque el mayor esfuerzo del día era estar sentado en posición de meditar, solo encontraba fuerzas más allá, para dar un paseo por el recinto vallado y con un cercado alto que no permitía ver el horizonte, que ya tenía un circuito marcado por las pisadas infinitas de los internos de cada curso. A mi me gustaba hacer el recorrido a la izquierda: salía del desayuno, me calzaba las zapatillas y estaba 30 minutos seguidos andando a un ritmo normal haciendo más grandes los surcos en la tierra. 1 vuelta, 2 vueltas, 3 vueltas… Mirando al suelo cuando me cruzaba con algún otro, para evitar distraerlo y distraerme. Al final de esos 30 minutos me sentía agotado, y me tumbaba sobre un tronco de pino caído a mirar el cielo hasta el gong de las 8:00, que nos avisaba de la meditación en grupo, a la que se unían los voluntarios: normalmente antiguos meditadores que querían vivir la experiencia desde el otro lado, o simplemente querían contribuir ayudando altruistamente.
   Bueno, pues así 7 días, que terminaban con la charla en audio como la que pongo abajo. Ese era, a la par del desayuno, en el que tampoco podíamos mirarnos ni tocarnos, ni mucho menos decir palabra alguna, el 2º mejor momento del día, porque se escuchaba la voz enlatada de un tipo explicando lo que debíamos hacer en las meditaciones, y nos asesoraba en las dudas que inevitablemente teníamos. Aunque, si bien es cierto que estar sentado, escuchando al cuerpo, dejando pasar los sentimientos, siempre con ecuanimidad (palabra clave), no resulta del todo complicado cuando no tenemos nada importante en lo que pensar, como era mi caso; día tras día me hacía sentir más solo y triste, porque el mundo que había a mi salida era maravilloso. Entiendo que a quien le espera fuera una vida de mierda, le resulte un retiro provechoso que le de valor, fuerzas y perspectiva para enfrentarlo. Yo solo tenía curiosidad por aprender cosas nuevas, y se sació muy pronto al comprobar que todos los días eran exactamente iguales.
   Me acabo de dar cuenta de que el texto se está alargando ya en exceso, y por eso voy a añadirle al título un 1/2, porque lo que con más detalle quiero explicar es por qué me fui de allí y cómo sucedió. La decisión la tomé la tarde del 7º día, pero quise esperar a escuchar el audio que sigue a estas palabras para estar completamente seguro, creyendo que quizás me convencería a seguir. Pasó justo lo contrario…
   Audio del séptimo día:

lunes, 28 de agosto de 2017

Esquizofrenia de la prisa: Desconectar de todo

   Llevaba como 10 días caminando cuando llegué a Burgos. Salí solo y desde Roncesvalles, y tenía un mes por delante para intentar llegar a Santiago de Compostela. Frente a la catedral abrí un periódico por primera vez en esos días. Televisión no había visto, ni escuchado la radio. Era el 2012, y cuando aquello mi teléfono móvil simplemente servía para enviar sms y hacer llamadas. Mandé uno a mi madre: “Todo bien”… esperé su respuesta: “Aquí también”, y apagué para otros 2 o 3 días aquel aparato maligno. Lo guardé en el fondo de la mochila de peregrino.
   Miré el periódico y vi letras y foto. Supe de la muerte de un entrenador de fútbol que me era simpático, a pesar de que me aburre soberanamente ese juego. Me di cuenta que pasaba las hojas sin mirarlas, así que me detuve en el crucigrama del final. Pedí un bolígrafo a la camarera, di una nueva calada al purito, y tomé un trago largo de cerveza. Yunque de platero, “tas”.
   Aquel día me di cuenta de que la actualidad no estaba en los medios de intoxicación masiva. Todos los días nacen elefantes, y eso es bonito, pero no sale en las noticias; o cuando un niño autista dice su primera palabra, tampoco interesa. Entonces decidí, por simple hartazgo, desactualizarme. Y ya van más de 5 años.
   Al volver a casa al termino del mes, feliz y dichoso por contar mi hazaña de 30 días caminando 1.000km, 1 millón de pasos!!!… me di cuenta de que aunque para mi la vida había tomado una nueva dirección, en la que lo importante dejó de ser lo que era; y ni siquiera fue lo que sería; para así darme cuenta de que lo que de verdad importa es lo que es; porque lo que es es lo único que tenemos, y eso es este preciso momento. Nada más.
   Entonces me di cuenta de que aunque para mi aquel mes había sido como cruzar un mágico túnel desde los cielos grises con relámpagos y tormentas, hasta el otro lado de un cielo azul y el sol resplandeciente, lleno de olores de flores en primavera; entonces me di cuenta de que todo seguía exactamente como lo dejé: Mi familia seguía dedicada a lo mismo, en el trabajo seguían con la misma rutina, mis amigos hacían lo mismo que antes de irme… Pero como me dijo uno de ellos: “Colega, te veo diferente… eres otro; has cambiado”.

   Ahora os dejo con las sabias palabras de Facundo Cabral sobre este tema de los medios:

   
   Y sigo con una cosa que hice hace justo 1 año, en agosto del 2016:
   Me fui a un retiro de 10 días de una cosa budista de meditación que se llama Vipassana. En este este artículo os voy a hacer un resumen de la propia página de la organización de España, y otro día hablaré de lo bueno, que fue mucho, y lo malo, que también hubo.
   Copio y pego:

¿Qué es Vipassana?

   «Vipassana, que significa ver las cosas tal como realmente son, es una de las técnicas más antiguas de meditación de la India. Fue redescubierta por Gotama el Buda hace más de 2.500 años y fue enseñada por él como un remedio universal para males universales, es decir, como un arte: El arte de vivir. Esta técnica no sectaria tiene por objetivos la total erradicación de las impurezas mentales, y la resultante felicidad suprema de la completa liberación. La curación, no meramente la curación de las enfermedades, sino la curación esencial del sufrimiento humano, es su propósito.
   Vipassana es un sendero de auto-transformación mediante la auto-observación. Se concentra en la profunda interconexión entre mente y cuerpo, la cual puede ser experimentada de manera directa, por medio de la atención disciplinada dirigida a las sensaciones físicas que forman la vida del cuerpo, y que continuamente se interconectan con la vida de la mente y la condicionan. Es este viaje de autoexploración a las raíces comunes de cuerpo y mente, basado en la observación, lo que disuelve la impureza mental, produciendo una mente equilibrada, llena de amor y compasión.
   Las leyes científicas que operan en nuestras sensaciones, sentimientos, pensamientos y juicios llegan a hacerse evidentes. Mediante la experiencia directa, se comprende la naturaleza de cómo uno crece o decrece, de cómo uno produce sufrimiento o se libera de él. La vida se va caracterizando por una intensificación de la conciencia, por la ausencia de engaño, por el auto-control y la paz.»
  
   Y finalmente, y como introducción, comparto con vosotros la experiencia de Daniela (yo ya contaré la mía otro día):