viernes, 8 de septiembre de 2017

Escribir un libro, editarlo y venderlo

   Ahora que estoy en la tercera etapa del proceso puedo contar cómo funciona esto de escribir un libro, editarlo y venderlo. Para escribir solo se necesitan dos cosas: tener algo que contar, y contarlo. En cuanto a los porqués de darle a la tecla, solo se me ocurre un motivo, y es el de sentir la imperiosa necesidad de hacerlo; escribir por no poder evitarlo.


   Yo decidí que iba a ser escritor a los 18 años, y entonces empecé con una historia que llegó a un callejón sin salida, por lo que quedó el manuscrito arrinconado en un cajón. Seguí firme con la idea durante 3 navidades seguidas en las que presenté mis cuentos a un concurso, sin éxito. Seguí fracasando al iniciar una nueva historia, y es que en 10 años, ¡solo fui capaz de completar 10 páginas!
   Entonces mi vida dio un giro y me fui 30 días a caminar desde Roncesvalles a Finisterre. Por primera vez en la vida, a los 30 años, tenía una historia que merecía ser contada, y a la vuelta de aquella aventura me enfrenté a la página en blanco tímidamente. Tardé poco en tener 40 páginas, y la tarea de escribir me seguía gustando, pero había algo que no me dejaba seguir. Tal vez no era el momento, y el alumno aún no estaba preparado para encontrar al maestro.
   Todo cambió cuando a los 33 hice un nuevo camino, el 5º, y esta vez la aventura siguió al llegar a casa, porque mi punto de vista se había aclarado sin que yo lo hubiera pretendido. Entonces seguí viviendo la vida que era consciente sería la que no podría evitar escribir. Cuando las aguas volvieron a su cauce me senté tranquilo, y organicé mis ideas en un folio en blanco. Tenía claro qué aquello que viví necesitaba escribirlo, porque quería que cuando fuera un viejo de 80 años, con la memoria marchita, ese yo mío del futuro lejano, pueda leerlo, y así saber que fue real, y le pasó a él.
   Me puse a ello con devoción, persistencia e ilusión. Meses después llegué al fin, y supe que esa era la historia que le regalaría al viejo del espejo del futuro.

   Ya había cumplido el objetivo. Pero al darme cuenta que lo escrito no era otra cosa que la narración de la búsqueda inconsciente de mi propia llave del laberinto, para lo que simplemente me dejé llevar siguiendo las señales del destino; esas que solo se ven cuando estamos atentos a lo que no se ve con los ojos, es decir, cuando aprendemos a escuchar a nuestro propio corazón, fue entonces cuando pensé que sería bueno que otros lo pudieran leer, soñando que les sirva para encontrar su propia llave.
   Por eso me puse en contacto con una editorial de auto edición, para que cada punto y cada coma quedase en el lugar que yo quería, y para que la imagen de la portada y el título fueran los que alguien decidió por mí. Es como si mi participación en toda la historia haya sido la de mero receptor de señales, y transmisor de ideas, nada más. Es una sensación extraña de hacer lo que otros que no ves te van dictando, sin tener muy claro hacia adonde te están llevando, ni para qué. A mi no me importó, porque estaba disfrutando con aquel retorcido juego del laberinto, aunque cada día estaba un poquito más cansado, como dice Fito en una canción.
   Con la editorial todo fue bien, y la maqueta quedó como quería que quedara, y la portada con el corazón con alas y una ranura para la llave, es como si estuviera esperando en el catálogo de imágenes para mi historia. Entonces tocó pagar e imprimir la primera edición. Llegaron las cajas desde la imprenta a mi casa y empecé a repartir los ejemplares entre los primeros interesados, y amigos y parientes. Esto fue muy bien porque fueron más de 100 ejemplares echados a volar en pocos días.
   Después ha llegado la parte ingrata y más complicada del proceso, que no es otra que la de vendedor de libros a puerta fría. Y es que las librerías tienen una puerta de mármol a la sombra para los escritores principiantes y sin nombre, como yo. Me gustaría decirles a esos libreros que he invertido mi alma entera y parte del corazón en esas 300 páginas, y que todo el que lo lea sentirá que han sido 18€ pagados con gusto; pero eso son solo palabras.
   En eso estamos, y menos mal que lo único que di fue todo.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Esquizofrenia de la prisa: Mi experiencia Vipassana 2/2

   Como decía en la 1ª parte, llevaba 7 largos días encerrado en un centro para la meditación, y estaba empezando a pensar que el reto que tenía por delante era el de irme de donde no estoy a gusto. Había sido testigo de pequeños detalles, casi insignificantes, que hacían que estar allí ya empezara a dejar de tener sentido, y por eso me acerqué al ‘manager‘ (palabra para designar al voluntario que intermedia entre el maestro y los alumnos), para decirle:
   -Hola Pepe. Quería decirte que he decidido irme de aquí, porque ya me es suficiente y no encuentro motivo para seguir -y era así de simple, y nada más.
   -Lo siento mucho -contestó con franqueza-. Eso lo tienes que hablar con el maestro, que espero de verdad que te convenza para quedarte hasta el final -sonrió cómplice.
   El maestro:

   La frase anterior es la única que dije desde el voto de silencio del primer día. No estaba seguro si después de una semana sería capaz de hablar, pero comprobé felizmente que los pensamientos seguían pudiendo articularse en palabras con fluidez y precisión. El mánager me emplazó a dirigirme al maestro en el turno del final de la jornada, que estaba dedicado para preguntar dudas al gurú.
   Con este hombre tuve ya una experiencia previa. Yo no me quedé nunca a preguntar dudas al final del día, tampoco pedí audiencia al honorable señor para ninguna otra cosa en los turnos de 5 minutos que se terminaban con una campanilla que tocaba el mánager. Y fue así porque me metí en ese curso de forma voluntaria, con ilusión y curiosidad, y en esos 7 días no había tenido nada que preguntar, ni nada que escuchar: fui a estar solo con mis pensamientos y mis circunstancias, y me era grata mi propia compañía y soledad.
   El caso es que la postura de meditar me era costosa de mantener los primeros días, y con 14 horas por delante cada jornada, viendo que otros se apoyaban a veces en la pared del fondo de la sala grande, yo hice lo propio. Ese mismo día el mánager me comunicó que el maestro quería hablar conmigo. Le esperé pacientemente en la puerta de la sala, hasta que le vi llegar por el otro lado, y charlamos un par de minutos, en los que me ofreció su ayuda en lo que pudiera, y me preguntó si todo iba bien.
   -Sí, todo bien; lo único que a veces me canso en la postura y por eso voy al final para apoyarme un rato en la pared y descansar y estar más cómodo.
   -Puedes seguir haciéndolo a partir de ahora, con mi permiso -dictaminó.
   Y esto me recordó el capítulo del rey de El Principito.
   Después de aquello, que sería el día 3, vino lo del ataque de ansiedad del chaval que no podía soportar las horas interminables de soledad. Este hombre tenía una expresión de enorme tristeza cada vez que le veía deambular por las zonas del jardín. Sí, sé que no debíamos mirarnos a los ojos, y lo respeté siempre, pero a veces observaba a todos y cada uno de los compañeros que andaban por allí, y sin hablar con ellos ya sabía con quién me llevaría bien, quién me parecía simpático, engreído, gilipollas, interesante y divertido. A veces me gustaba hacer una prueba sencilla, que consistía en sentarme al lado de otro compañero en los bancos que estaban repartidos por la calle. Podía pasar dos cosas, y siempre acertaba lo que pasaría: el otro aguantaba unos segundos de cortesía y se iba al sentirse incómodo, o se quedaba tranquilamente y en paz a mi lado. Algún día os contaré por qué creo que pasa esto, y tiene que ver “con lo que no se ve con los ojos”. Pero ahora estamos a otra cosa.
   Así pues tras completar una semana decidí que la prueba que me ofrecía la vida era la de irme a tiempo de donde no quiero estar. El primer día nos invitaron a rellenar una encuesta en la que se nos preguntaba el motivo de ir allí. Mi respuesta fue escueta y sencilla: dije que tenía curiosidad, y que quería aprender cosas nuevas, y que me sentía en paz y feliz, y estaba en la mejor etapa de mi vida. Todo era verdad, y lo repetí de viva voz cuando tuve que hacerlo.
   Antes de eso llegó el audio del final de la jornada, en el que tuve que escuchar varias veces “dar dinero, dar dinero, dar dinero” (el audio está en el artículo 1º, y la parte que comento se escucha sobre el minuto 50). Eso me convenció definitivamente para irme, aunque por supuesto que daría el dinero que consideraba justo por el mantenimiento de mi persona en aquel lugar, y un extra para que algún día pudieran poner unas literas un poquito mejores. No necesitaba que un audio me recordase que aunque aquello fuera gratis, era adecuado hacer un donativo. De hecho me han hablado de personas que donaron todas sus pertenencias a ‘la causa’ porque el retiro de 10 días y aprender la técnica y todo lo que recibieron de bueno tras encontrar la senda de la felicidad para sus vidas, les cambió para siempre y se sentían eternamente agradecidos. Yo no dudo de las bondades de la meditación Vipassana, ni mucho menos; solo que yo me quería ir de allí, y creí que iba a ser más fácil.
   Tras el audio empezó el turno de preguntas y dudas al maestro. Era la primera vez que estaba allí, y me sorprendió la fragilidad que mostraban los alumnos que hacían preguntas. Sus vidas estaban en un punto muerto sin dirección, se les veía tristes, con la autoestima terriblemente debilitada, y estaban allí preguntando a un tipo que se sentaba medio metro por encima de ellos. Y es que para preguntar había que ir enfrente del maestro a sentarse en el suelo, con el cuello torcido para arriba. Al final del todo, cuando ya la gente se estaba empezando a levantar, el mánager me conminó a acercarme y decir lo que tenía que decir.
   -Creía que iba a ser a solas -le dije cuando pasé por su lado para sentarme enfrente del maestro.
   La escena era patética, porque yo estaba sentado en el suelo, el maestro esperando a que dijera mi duda o pregunta, a ambos lados los voluntarios que no se habían ido de allí, tal vez porque el hecho de que alguien se quería ir era lo más interesante que iba a pasar en esos 10 días, y aún quedaban algunos alumnos que habían visto que todavía no terminaba el turno de ruegos y preguntas. Lo que dije fue:
   -Quería decirte -al maestro mirando fijamente a sus ojos-, que me quiero ir, porque creo que mis días aquí ya han terminado y no tiene sentido continuar -simple, fácil y cierto.
   -¿Ha pasado algo? -me dijo él- ¿Qué es lo que va mal?
   -No hay ningún problema, solo que considero que este es el momento adecuado para dejarlo -seguí-. Vine aquí hace una semana, tranquilo y en paz conmigo mismo -los lacayos a ambos lados se rieron como hienas al oír esto; y definirlo de esta forma denota que no me gustó en absoluto, por profundamente irrespetuoso, como cuando los niños en el colegio se ríen del gordito que no es capaz de saltar el potro de gimnasia-, y me iré de la misma forma, mañana antes de que empiece la primera hora de meditación, para no molestar a nadie.
   -Está claro que no estás en paz, porque si no te quedarías aquí -quiso hacer de gurú frente a un pobre niño indefenso-, y es que tienes aversión por las horas de meditación.
   -Sí, es posible… pero igualmente, quiero irme mañana a las 8 -no estaba para falacias.
   En ese momento el maestro dejó de mirarme a los ojos, y se le borró del gesto la cara de complicidad que hasta entonces tenía. Me emplazó a las 8 de la mañana de la mañana siguiente.

   La noche fue eterna; la primera que no pude dormir a pierna suelta como todas las anteriores. Oía al de la litera de al lado roncando como si fuera el croar de un sapo: rarísimo y muy molesto, y hasta ese día no me había enterado. Después vi una luz de linterna en la calle, y un compañero amigo haciendo la maleta en la calle en medio de la noche, y al tipo de la litera de debajo mío que salía a hablar con él. Empecé a pensar cualquier posibilidad extraña menos la real.
   A la mañana me levanté tarde, porque hasta las 8 no tenía la reunión con el jefe del garito, que era el mismo que custodiaba mis pertenencias, y el que se había leído la información personal que cada uno voluntariamente había dejado por escrito, y me crucé con el hombre que estaba por la noche fuera de sí en la calle.
   -Me voy -me dijo a la cara, rompiendo el voto de silencio.
   -Yo también -le dije, y le señalé la calle para invitarle a salir para no molestar a los demás.
   Nos fuimos a la esquina más apartada del recinto, y el mánager se quedó a una distancia suficiente como para intentar escucharnos, con los brazos cruzados en gesto de reprobación. Hablamos de nuestro malestar por el maestro y compartimos los pequeños detalles que no nos habían gustado de él, y nos pusimos de acuerdo en que era hora de irse tras hablar a las 8 con el jefe. Primero entré yo, y después iba el otro, que estaba muy enfadado e indignado, y no se iba a sentar en el suelo, humillado. A mi eso me daba igual, porque sabía que la batalla sicológica, si la hubo en algún momento, la tenía ganada desde la tarde anterior cuando el tipo de blanco apartó la mirada al insistir que me quería ir.
   Me senté en el suelo y escuché:
   -Esto es vergonzoso, una falta de respeto -empezó a decirme mirándome a los ojos, con los suyos en llamas-: habéis estado hablando en alto, estorbando la meditación y la paz de los demás compañeros, y eso no se puede aceptar.
   -No era consciente de que se nos oía, y lo siento -le dije sinceramente.
   -¡No lo sientes de verdad! -me dijo desde arriba, gritando y enfadado.
   -Sí lo siento, de verdad -¿por qué lo dudaba?: yo no era como él-, e insisto en que me quiero ir AHORA MISMO, para lo que necesito mi DNI y la llave del coche.
   -¡Tú no te vas! ¡Te echo yo! -me dijo el pobre hombre que iba de maestro budista zen, que en realidad no había aprendido nada de lo que escuchaba en los audios que se encargaba de poner a los alumnos: play, stop, pausa, play, stop... Y desde el alto de su ego superinflado y dañado, con tono de arrogancia, nada apropiado en un 'gurú', repitió iracundo:

¡TE ECHO YO!

Esquizofrenia de la prisa: Mi experiencia Vipassana 1/2

   Para escribir este artículo, he vuelto a buscar el séptimo de los 10 audios (1 por cada día) del curso de meditación Vipassana; lo pongo al final del texto por si alguien siente curiosidad. No puedo decir que me haya gustado escuchar esa voz otra vez. No puedo decir que para mí fuera una semana que mereciese la pena; me fui a la mañana del octavo día… y os quiero contar cómo fueron esas interminables jornadas de introspección.


   El día giraba entorno a una sala cuadrada parecida a la de la imagen, pero con menos luz y algo mayor. A ella entrabamos los hombres desde una puerta que venía de la calle. Las mujeres entraban por otra puerta que venía de un patio cuadrado por el que solamente pasé una vez antes de encerrarme voluntariamente en aquel lugar. El maestro entraba por otra tercera puerta, que nunca crucé en ninguna dirección, y se sentaba enfrente de todos en un altillo. Las mujeres a la izquierda del maestro vestido de blanco, y los hombres a su izquierda, en distribución milimétrica, y entre ambos bandos, separándonos, un pasillo de un metro de ancho, al final del cuál se podía ver al maestro controlando todo lo que pasaba a su alrededor, desde las alturas.
   Cuando entré tuve que dejar mis pertenencias (en mi caso la llave del coche y el DNI) bajo la custodia del centro. El resto de cosas las dejé en mi coche, aparcado allí cerca. Después del registro llegó la charla inicial, en la que se nos explicó que no podíamos mirarnos a la cara ni mantener ningún tipo de contacto físico con nadie. Los hombres estaríamos en un lado del centro, y las mujeres en otro. Los hombres dormíamos en un cuarto de literas, y se nos exhortó a mantener el decoro en el baño, sin hacer alardes de virilidad que pudieran descentrar de su estado de clandestinidad mental a los otros meditadores.
   Estas circunstancias hacían que cada uno de nosotros estuviera enjaulado mentalmente en sus pensamientos, y eso puede ser duro para quien no se soporta, o no sabe estar a solas consigo mismo. Por eso al 5º día o así, un chaval que se sentaba en las meditaciones dos filas por delante de mí, empezó a tener ataques de ansiedad que no era capaz de controlar. Tuve una desagradable sensación de impotencia sabiendo que lo que aquel chaval necesitaba era un buen abrazo; pero no nos dejaron acercarnos a él, y le apartaron automáticamente de la rutina del grupo, hasta que alguien fue a buscar al pobre hombre para llevárselo de allí. Me dio pena.
   El horario era estricto, siempre marcado por un gong que se oía primero del lado de las mujeres, al otro lado del recinto, lejos de nosotros, contestado por otro gong de nuestro lado. Solo nos veíamos todos en las meditaciones de grupo, pero teníamos que evitar mirarnos, para no salirnos de nuestro retiro personal del mundo. Sonaba por primera vez a las 4 de la mañana, gong! gong! gong! y me levantaba cada día con menos ganas, para vestirme y prepararme para la primera hora y media de meditación en la sala grande y oscura a esas horas de la noche. La única voz que se escuchaba era la del maestro Goenka, que es un hombre que ya se murió hace unos años, y que en todos los retiros Vipassana habla desde el más allá, a través de un CD que accionaba nuestro querido maestro vestido de blanco que se sentaba en un altillo, y se dedicaba durante todas las horas de meditación a darle al play ahora, al stop después.
   Por fin llegaba el desayuno de las 6:30, que para mí era el mejor momento del día, ya que tomaba pan con tomate y aceite, y cereales con yogur, y hasta un vasito de Colacao frío. Adelgacé 5 kg en 7 días, aunque en ningún momento pasé hambre. En la alimentación no hubo ningún deleite, que creo es parte del método de abstracción: privarse de cualquier placer mundano durante todo el proceso.
   Os pongo aquí el horario, que me resulta “entrañable”:
4:00 a.m.Llamada
4:30-6:30 a.m.Meditación en la sala o en la habitación
6:30-8:00 a.m.Desayuno y descanso
8:00-9:00 a.m.Meditación en grupo en la sala
9:00-11:00 a.m.Meditación en la sala o en la habitación según las instrucciones del profesor
11:00-12:00 a.m.Comida
12 a.m.-1:00 p.m.Descanso y entrevistas con el profesor
1:00-2:30 p.m.Meditación en la sala o en la habitación
2:30-3:30 p.m.Meditación en grupo en la sala
3:30-5:00 p.m.Meditación en la sala o en la habitación según las instrucciones del profesor
5:00-6:00 p.m.Merienda y descanso
6:00-7:00 p.m.Meditación en grupo en la sala
7:00-8:15 p.m.Charla del maestro en la sala
8:15-9:00 p.m.Meditación en grupo en la sala
9:00-9:30 p.m.Preguntas en la Sala
9:30 p.m.Acostarse. Se apagan las luces

   Aunque el mayor esfuerzo del día era estar sentado en posición de meditar, solo encontraba fuerzas más allá, para dar un paseo por el recinto vallado y con un cercado alto que no permitía ver el horizonte, que ya tenía un circuito marcado por las pisadas infinitas de los internos de cada curso. A mi me gustaba hacer el recorrido a la izquierda: salía del desayuno, me calzaba las zapatillas y estaba 30 minutos seguidos andando a un ritmo normal haciendo más grandes los surcos en la tierra. 1 vuelta, 2 vueltas, 3 vueltas… Mirando al suelo cuando me cruzaba con algún otro, para evitar distraerlo y distraerme. Al final de esos 30 minutos me sentía agotado, y me tumbaba sobre un tronco de pino caído a mirar el cielo hasta el gong de las 8:00, que nos avisaba de la meditación en grupo, a la que se unían los voluntarios: normalmente antiguos meditadores que querían vivir la experiencia desde el otro lado, o simplemente querían contribuir ayudando altruistamente.
   Bueno, pues así 7 días, que terminaban con la charla en audio como la que pongo abajo. Ese era, a la par del desayuno, en el que tampoco podíamos mirarnos ni tocarnos, ni mucho menos decir palabra alguna, el 2º mejor momento del día, porque se escuchaba la voz enlatada de un tipo explicando lo que debíamos hacer en las meditaciones, y nos asesoraba en las dudas que inevitablemente teníamos. Aunque, si bien es cierto que estar sentado, escuchando al cuerpo, dejando pasar los sentimientos, siempre con ecuanimidad (palabra clave), no resulta del todo complicado cuando no tenemos nada importante en lo que pensar, como era mi caso; día tras día me hacía sentir más solo y triste, porque el mundo que había a mi salida era maravilloso. Entiendo que a quien le espera fuera una vida de mierda, le resulte un retiro provechoso que le de valor, fuerzas y perspectiva para enfrentarlo. Yo solo tenía curiosidad por aprender cosas nuevas, y se sació muy pronto al comprobar que todos los días eran exactamente iguales.
   Me acabo de dar cuenta de que el texto se está alargando ya en exceso, y por eso voy a añadirle al título un 1/2, porque lo que con más detalle quiero explicar es por qué me fui de allí y cómo sucedió. La decisión la tomé la tarde del 7º día, pero quise esperar a escuchar el audio que sigue a estas palabras para estar completamente seguro, creyendo que quizás me convencería a seguir. Pasó justo lo contrario…
   Audio del séptimo día:

lunes, 28 de agosto de 2017

Esquizofrenia de la prisa: Desconectar de todo

   Llevaba como 10 días caminando cuando llegué a Burgos. Salí solo y desde Roncesvalles, y tenía un mes por delante para intentar llegar a Santiago de Compostela. Frente a la catedral abrí un periódico por primera vez en esos días. Televisión no había visto, ni escuchado la radio. Era el 2012, y cuando aquello mi teléfono móvil simplemente servía para enviar sms y hacer llamadas. Mandé uno a mi madre: “Todo bien”… esperé su respuesta: “Aquí también”, y apagué para otros 2 o 3 días aquel aparato maligno. Lo guardé en el fondo de la mochila de peregrino.
   Miré el periódico y vi letras y foto. Supe de la muerte de un entrenador de fútbol que me era simpático, a pesar de que me aburre soberanamente ese juego. Me di cuenta que pasaba las hojas sin mirarlas, así que me detuve en el crucigrama del final. Pedí un bolígrafo a la camarera, di una nueva calada al purito, y tomé un trago largo de cerveza. Yunque de platero, “tas”.
   Aquel día me di cuenta de que la actualidad no estaba en los medios de intoxicación masiva. Todos los días nacen elefantes, y eso es bonito, pero no sale en las noticias; o cuando un niño autista dice su primera palabra, tampoco interesa. Entonces decidí, por simple hartazgo, desactualizarme. Y ya van más de 5 años.
   Al volver a casa al termino del mes, feliz y dichoso por contar mi hazaña de 30 días caminando 1.000km, 1 millón de pasos!!!… me di cuenta de que aunque para mi la vida había tomado una nueva dirección, en la que lo importante dejó de ser lo que era; y ni siquiera fue lo que sería; para así darme cuenta de que lo que de verdad importa es lo que es; porque lo que es es lo único que tenemos, y eso es este preciso momento. Nada más.
   Entonces me di cuenta de que aunque para mi aquel mes había sido como cruzar un mágico túnel desde los cielos grises con relámpagos y tormentas, hasta el otro lado de un cielo azul y el sol resplandeciente, lleno de olores de flores en primavera; entonces me di cuenta de que todo seguía exactamente como lo dejé: Mi familia seguía dedicada a lo mismo, en el trabajo seguían con la misma rutina, mis amigos hacían lo mismo que antes de irme… Pero como me dijo uno de ellos: “Colega, te veo diferente… eres otro; has cambiado”.

   Ahora os dejo con las sabias palabras de Facundo Cabral sobre este tema de los medios:

   
   Y sigo con una cosa que hice hace justo 1 año, en agosto del 2016:
   Me fui a un retiro de 10 días de una cosa budista de meditación que se llama Vipassana. En este este artículo os voy a hacer un resumen de la propia página de la organización de España, y otro día hablaré de lo bueno, que fue mucho, y lo malo, que también hubo.
   Copio y pego:

¿Qué es Vipassana?

   «Vipassana, que significa ver las cosas tal como realmente son, es una de las técnicas más antiguas de meditación de la India. Fue redescubierta por Gotama el Buda hace más de 2.500 años y fue enseñada por él como un remedio universal para males universales, es decir, como un arte: El arte de vivir. Esta técnica no sectaria tiene por objetivos la total erradicación de las impurezas mentales, y la resultante felicidad suprema de la completa liberación. La curación, no meramente la curación de las enfermedades, sino la curación esencial del sufrimiento humano, es su propósito.
   Vipassana es un sendero de auto-transformación mediante la auto-observación. Se concentra en la profunda interconexión entre mente y cuerpo, la cual puede ser experimentada de manera directa, por medio de la atención disciplinada dirigida a las sensaciones físicas que forman la vida del cuerpo, y que continuamente se interconectan con la vida de la mente y la condicionan. Es este viaje de autoexploración a las raíces comunes de cuerpo y mente, basado en la observación, lo que disuelve la impureza mental, produciendo una mente equilibrada, llena de amor y compasión.
   Las leyes científicas que operan en nuestras sensaciones, sentimientos, pensamientos y juicios llegan a hacerse evidentes. Mediante la experiencia directa, se comprende la naturaleza de cómo uno crece o decrece, de cómo uno produce sufrimiento o se libera de él. La vida se va caracterizando por una intensificación de la conciencia, por la ausencia de engaño, por el auto-control y la paz.»
  
   Y finalmente, y como introducción, comparto con vosotros la experiencia de Daniela (yo ya contaré la mía otro día):

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Qué es lo contrario del AMOR?

Solo hay dos sentimientos primordiales, y el resto son emociones que derivan de ellos. Estos sentimientos, al igual que la luz y la oscuridad, se oponen. Lo contrario del AMOR es el MIEDO.
Pero, ¿qué es el miedo?

Yo no soy ninguna eminencia en estos asuntos. Ni siquiera sabría por donde empezar cualquier investigación si es que tuviera que hacer ahora mismo una tesis sobre el tema. Pero eso no importa, porque de lo que sí puedo hablar es de lo que he vivido, reflexionado, errado, e incluso, imaginado.
El miedo es un sentimiento históricamente utilizado como herramienta de control de masas. Por miedo se dejaron de hacer muchas cosas, y algunas otras se hicieron por el mismo motivo. ¿Si no tuvieras miedo qué harías? ¿Por qué tenemos miedo?
Las cosas se explican mejor con ejemplos, y por eso pondré algunos…
Cuando hablé en otro artículo de Las Autoridades, decía que: «esas fuentes de las que bebemos sin darnos cuenta y sin sed, es a lo que llamo las autoridades; y es lo que hace que seamos como somos de cara a los demás. Porque lo que realmente somos es otra cosa…»
Y el miedo es lo que está detrás del control que ejercen las autoridades sobre nosotros.
Ejemplo sencillo: de pequeños queremos tener amigos con los que jugar, pero no nos gusta el fútbol, pero es lo que hacen nuestros compañeros de clase; y también se pelean entre ellos y tiran del pelo a las chicas. No nos gusta el fútbol, ni pelearnos, pero queremos integrarnos en ese pequeño rebaño de niños que hacen que nos sintamos protegidos siendo uno más… Y nos ponemos de portero.

Recuerdo que cuando llevaba vida de casado en un pueblo, sacaba a pasear por las tardes después del trabajo, al perro. Me encantaba andar por el monte con él. Pero en invierno era ya de noche, con lo que el recorrido se limitaba al paseo con farolas hasta el parque. Allí soltaba al perro, y corría, y le tiraba palos, y corría. En esos paseos rutinarios, todos los dueños de perros teníamos el mismo horario, y solíamos coincidir a la ida o a la vuelta. Un mes después ya conocía a todos los dueños de perros por su nombre y circunstancias, y claro, cómo no, gustos y preferencias de sus mascotas. Seis meses más tarde me di cuenta de que todas las conversaciones giraban entorno a deposiciones de perros, collares anti-parásitos y tonterías que no me importaban lo más mínimo. También estaba la que se quejaba siempre de sus propias decisiones, el que nunca tenía nada nuevo que decir, y las que criticaban a las que faltaban aquel día en el paseo “perruno”.
Entonces llegó el verano, y mis paseos fueron en el sentido contrario al del rebaño, o iba más tarde o más pronto que el resto. Ya estaba cansado de lo mismo día tras día. Y el culpable era el miedo a que me dejaran de lado. Cuando dejé aquella vida me di cuenta de que el miedo a ser uno mismo, y vivir libremente, aunque a veces incómodo, solo molesta a los que viven presos de sus propios miedos. De esto hablé algo en la introducción al otro tema de ‘La llave del laberinto’.

A veces pasa que alguien se siente incómodo cuando le haces ver que la culpa de las consecuencias de sus propias acciones, la tiene él mismo. Hay quien siempre se enamora de los mismos tipos de personas. Esta gente se tropezará con la misma piedra las veces que haga falta. Todas las veces le echarán la culpa a la casualidad o al destino. Seguro que os suena la típica pareja auto-destructiva que no son capaces de cortar uno con el otro, por miedo a quedarse solos.
Una vez, hace ya unos años, un amigo me dijo: “A ver si te echas ya una novia antes de que te quedes calvo”. Me tronché de risa, porque ese tipo, de verdad pensaba que tener pelo era bueno para encontrar a la mujer de su vida antes de perder ese poderío físico masculino. Y luego, ¿qué?
Otra vez otro tipo me dijo: “Tú, con esa barriga que tienes, no esperes encontrar gran cosa en el mercado”. Esta vez también me tronché de risa, porque el tipo estaba preocupado porque su mujer le dejara tirado si engordaba. En ese caso me confesó que no sabría qué hacer con su vida, porque no quería volver a estar solo. El miedo a la soledad da para un artículo aparte... para otro día.

NOTA DE PRENSA

‘LA LLAVE DEL LABERINTO’
El camino hacia el autoconocimiento.

CÍRCULO ROJO. –El joven escritor, Arkaitz Sierra Maruri, lleva escribiendo casi toda su vida, ahora debuta, de la mano de Editorial Círculo Rojo, con ‘La llave del laberinto’, una obra que según el propio autor “era la historia que debía contar”: un relato que plasma, a través del camino de Santiago, un viaje hacia el autoconocimiento inspirado en la propia transformación del autor, la cual le hizo romper con todo y empezar de cero.

Miles de personas hacen el Camino de Santiago cada año para encontrarse a sí mismos. A través de ‘La llave del laberinto’ podemos acompañar a este autor durante su ruta, escuchando sus pensamientos y conflictos internos como si fueran los nuestros. Una obra que nos invita a volver a empezar, analizar nuestra propia realidad, sin máscaras; a ser valientes para afrontar qué es lo que nos gusta o no de nosotros mismos y de la vida que llevamos; “
solo con amor podemos ser capaces de no juzgarnos duramente”. ‘La llave del laberinto’ nos habla de cómo tenemos que estar atentos a las señales que nos ofrece la vida  durante nuestro propio camino. “Una simple frase cambió mi percepción del mundo, me la dijeron al inicio de la historia, mientras caminaba tranquilo por el Camino de Santiago. Un hombre me dijo señalándome con el dedo: "Atento a lo que no se ve con los ojos!!". Y todo cambió hacia una nueva dimensión” nos cuenta el autor.

Un libro dirigido a todo tipo de lectores, sobre todo a aquellos que estén dispuestos a “romper las cadenas que no les dejan volar”.

"Si quieres despertar a toda la humanidad, entonces debes despertar la totalidad de tu propio ser. Si deseas eliminar el sufrimiento en el mundo, entonces acepta todo lo que es oscuro y negativo en ti mismo. Porque en verdad el regalo más grande para compartir es: tu propia transformación."

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AUTOR

Hijo de Lucía y Alberto, que una vez se encontraron y tiempo después me conocieron, el 6 de abril de 1982. No me acuerdo, pero dicen que fue un día cualquiera de primavera. Fui un niño tímido y feliz que hizo cosas de niños. Después me gustó pedalear con mi abuelo un verano, y ahí empezó un sueño que duró varios años. Terminé de estudiar, encontré un trabajo, compré un coche, y más tarde también una casa. Era una persona normal que tenía “todo lo que se necesita para ser feliz”. Pero me sentía como un pájaro en una jaula con la puerta abierta, sin valor para salir. La vida, por sorpresa, dio un giro por mí, y pude volar. Se me ocurrió ir al camino de Santiago para encontrar un nuevo rumbo. Peregriné cinco veces hasta entender que la meta es el camino, y que no hay que tener prisa, porque al único lugar que tenemos que llegar es a nosotros mismos. Para eso tenía que estar atento a lo que no se ve. Ahí empezó un sendero en el que las señales del destino me iban indicando por dónde seguir. Me encontré entonces en medio de un laberinto sin principio ni fin. Hasta que hallé la llave que daba a todo un nuevo sentido.


SINOPSIS

Lo cierto es que para ese entonces estaba empezando a estar cansado de sentirme siguiendo flechas y señales, cansado de estar atento a lo que no se ve para poder escuchar a mi corazón e intuición, y cansado de tomar decisiones de forma impulsiva, porque siempre era evidente y claro lo que tocaba hacer. Tenía ganas de terminar el juego del laberinto. Sí, estaba perdido en el laberinto. No, no tenía miedo. Simplemente estaba un poco cansado. Agotado. Exhausto. Quería llegar a donde fuera que tenía que llegar, darme media vuelta y volver a mi casa.

Ahora, ya desde el hogar, sigo teniendo un sueño por cumplir, y es que cuando sea niño quiero ser farero. Quiero ser un faro con luz para la gente que me rodea, aprecio y quiero. Y así, en tiempos de tempestad en las vidas de esas personas, en las noches oscuras del alma, cuando el barquito en el que navegan vaya a la deriva, puedan ver la luz de mi faro, que les avisará de dónde está la costa y el peligro.

martes, 25 de julio de 2017

En palabras de los lectores

La llave del laberinto - Primeras críticas de los lectores.


Creo que uno nunca está totalmente preparado para las críticas. He recibido la primera, y me ha sacudido como un huracán.

Abro comillas:
«¿Qué pasa cuando uno ha logrado todo lo que dicen que hace falta tener y aun así se siente vacío? El momento ese en que las preguntas que no te dan descanso día y noche son: ¿Qué ha salido mal? ¿En qué punto me he perdido? ¿Qué hago?
Muchos de nosotros ya hemos estado allí: perdidos, cansados, desconcertados, colapsados. Buscando una salida sin saber cómo, con el deseo profundo de sentir paz, de ser simplemente feliz.
Ya había escuchado que muchos hacen el Camino de Santiago para encontrarse a sí mismos, pero no me imaginaba que era posible ir de la mano con alguien, escuchando sus pensamientos, acompañando los detalles de sus conflictos internos y evolución personal.
Es así que uno se siente leyendo “La llave del laberinto”: yendo de la mano con el protagonista; acompañando el ir y venir de personas y situaciones que traen enseñanzas, retos, desequilibrio, frustraciones, consuelo, sorpresas, alegrías y señales… este baile de perfecta sincronicidad que es la vida misma.
Al pasar las páginas, el autor resulta a veces molesto, por la crudeza y atrevimiento con que nos habla, con el alma demasiado desnuda para este mundo regido por el “¿qué van a pensar los demás?”. En otros momentos resulta entrañable, por la misma razón. Es que sus formas muchas veces dan voz a ese grito que tenemos oprimido en el pecho que reclama una existencia más espontánea, que podamos ser nosotros mismos, imperfectos, y que aun así nos acepten, y que nos quieran.
Yo diría que este libro es una invitación. Una invitación a recomenzar; a mirarnos al espejo sin máscaras, para ver justo lo que NO nos gusta en nosotros y necesita ser superado; y con amor, para que seamos capaces de no juzgar duramente lo que encontremos ahí dentro. Una invitación a replantearnos la vida, a creer que ella nos habla a través de señales, y a tener valor para seguirlas. Una inspiración a transformarnos en una mejor versión de nosotros mismos, en un proceso constante que nos lleva, inevitablemente, a conocer la felicidad.
¿Cuál es el precio de ser auténtico dónde se fomenta que seamos artificialmente iguales? En un sistema que nos condiciona a ser esclavos del ego hace falta mucho valor para decir ¡Basta! y ponerse a derrumbar murallas… y sin ellas nos quedamos totalmente vulnerables, pero podemos, por fin, reconectar con nuestra esencia y recuperar la ilusión que tuvimos un día.
Yo pienso que merece la pena el riesgo. Quiero perderme para poder evolucionar.
¿Quién se apunta?»

viernes, 14 de julio de 2017

Cómo comprar "La llave del laberinto"

Ya a la venta por PayPal en el botón de abajo. 1ª edición firmada y dedicada.


También a través de la Editorial Círculo Rojo


Esta editorial tiene un acuerdo con librerías de Argentina, México y Colombia en las que se podrá adquirir el libro (detalle más abajo).


LA LLAVE DEL LABERINTO

324 páginas y 114.117 palabras.
18,72€ (4% incluido)


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  • Librería Virgo, (Tuxpan)
  • Librería Virgo, (Poza Rica)
  • Librería Virgo, (Matriz)

La llave del laberinto: SINOPSIS

O dicho de otra manera:

¿Qué me puedo encontrar si compro el libro, o me lo regalan, y decido leerlo?

Son 324 páginas y 114.117 palabras escritas con toda mi dedicación y compromiso, porque lo último que quisiera es que nadie que se gaste 18€ en comprarlo sienta que ha tirado 18€. Lo que quiero es que la gente lo lea y no se aburra al hacerlo.

Yo estoy muy contento con el proceso de escribirlo, y aún más con el resultado. Y es que empecé a escribir con miedo y sin saber si sería capaz de terminarlo. No quería fracasar en lo que con más ganas e ilusión he hecho en toda mi vida, y es que sentía la imperiosa necesidad de escribir esas páginas.

No me enrollo más y os pongo los textos que hay en la contraportada y en las solapas interiores.


   Lo cierto es que para ese entonces estaba empezando a estar cansado de sentirme siguiendo flechas y señales, cansado de estar atento a lo que no se ve para poder escuchar a mi corazón e intuición, y cansado de tomar decisiones de forma impulsiva, porque siempre era evidente y claro lo que tocaba hacer.

   Tenía ganas de terminar el juego del laberinto.

   Sí, estaba perdido en el laberinto. No, no tenía miedo. Simplemente estaba un poco cansado. Agotado. Exhausto. Quería llegar a donde fuera que tenía que llegar, darme media vuelta y volver a mi casa.



En la contraportada hablo de todo un poco:

   Ese soy yo. Hijo de Lucía y Alberto, que una vez se encontraron y tiempo después me conocieron, el 6 de abril de 1982. No me acuerdo, pero dicen que fue un día cualquiera de primavera. Fui un niño tímido y feliz que hizo cosas de niños. Después me gustó pedalear con mi abuelo un verano, y ahí empezó un sueño que duró varios años. Terminé de estudiar, encontré un trabajo, compré un coche, y más tarde también una casa. Era una persona normal que tenía “todo lo que se necesita para ser feliz”. Pero me sentía como un pájaro en una jaula con la puerta abierta, sin valor para salir.

   La vida, por sorpresa, dio un giro por mí, y pude volar. Se me ocurrió ir al camino de Santiago para encontrar un nuevo rumbo. Peregriné cinco veces hasta entender que la meta es el camino, y que no hay que tener prisa, porque al único lugar que tenemos que llegar es a nosotros mismos.

   Para eso tenía que estar atento a lo que no se ve. Ahí empezó un sendero en el que las señales del destino me iban indicando por donde seguir. Me encontré entonces en medio de un laberinto sin principio ni fin. Hasta que hallé la llave que daba a todo un nuevo sentido.


Y termino con un deseo especial:

Cuando sea niño quiero ser farero.

Quiero ser un faro con luz
para la gente que me rodea, aprecio y quiero.

Y así, en tiempos de tempestad
en las vidas de esas personas,
en las noches oscuras del alma,
cuando el barquito en el que navegan vaya a la deriva,
puedan ver la luz de mi faro,
que les avisará de dónde está la costa y el peligro.

viernes, 7 de julio de 2017

La llave del laberinto: INTRODUCCIÓN

Nueva sección con el mismo título del libro para hablar de...      

Este nuevo campo de debate interno y reflexión da para largo; pero eso no quiere decir que vaya a dejar de escribir sobre la “Esquizofrenia de la prisa”, porque me apasiona el tema y siento la imperiosa necesidad de escribir sobre ello… con calma.
La llave del laberinto es un libro que he escrito en este año de inflexión, y puente: entre trabajar sentado en una oficina delante de un ordenador y con el teléfono cerca de la mano izquierda, y un futuro incierto, con agujeros negros y algún dragón echando fuego por aquí y por allí.
Y también será el tema que utilice para hablar de otras cosas que también me tienen obsesionado, y dieron para más de 300 páginas, pero que además me gustaría ir desgranando en artículos de estos de 700 palabras... poquito a poco.
Por ejemplo, hablaré del concepto de felicidad:

En mi caso decidí dejar el trabajo de más de 10 años en la misma empresa, para así tener tiempo para mí, y aprovecharlo para escribir. Pienso que nunca es tarde para ser lo que podías haber sido, y yo desde hace mucho que quise dedicarme a escribir.
Tomé aquella decisión, asumí los riesgos, valoré lo que perdía, y me di un tiempo para escuchar al corazón, que nunca se equivoca, porque es capaz de ver lo que no se ve con los ojos, ni está atrapado por la inercia de lo que en el otro artículo llamé “Las autoridades”.
Atento a lo que no se ve con los ojos:
Con esa frase empezó todo, y todo cambió en mi forma de ver las cosas. Era como si de repente estuviera con un nuevo sentido despierto y pudiera ver señales del destino a cada paso, sobre todo en cada cruce de caminos…
Pero ahora no voy a decir mucho más para que no me toméis por loco, y porque no quiero contar detalles del libro antes de que se publique.
También pude sufrir en mis propias carnes lo que sigue (y no fue sencillo):

Un amigo suele decir que “el destino son otros que conspiran a nuestras espaldas”.

Mi forma de ver esto de la felicidad, ser libre y encontrarse a sí mismo, estar atento a las señales de lo que llamamos destino, y sus bifurcaciones caprichosas,  es algo así:
Pues bien, imaginaos que nos hemos muerto, una vez más; una de cientos, miles o Dios sabe. En las vidas pasadas fuimos esclavos construyendo las pirámides de Egipto, amigos que paseaban por las tardes con Lao Tse, compañe­ros de meditación de buda, verdugos hace 2.000 años en el monte Calvario, señoritas en los lupanares romanos, compañeros de Colón en alguna carabela, o nativos americanos antes de su llegada, etc. No im­porta. Lo que importa es que en cada una de esas vidas hemos apren­dido cosas que luego no recordamos en la vida siguiente; no recorda­mos, pero hemos aprendido y sabremos para siempre.
Entonces estamos en ese lugar en donde reposan las almas no en­carnadas, y nos reunimos con nuestra gente, es decir, los que nos van a acompañar en la próxima aventura. Junto con ellos elaboramos un pequeño listado de 7 cosas que aún nos quedan por afrontar, su­perar, o errar invariablemente hasta hacerlas nuestras y sentirlas. Con ese listado, escribimos en trazos gordos el guión que nos va a llevar a vivir lo que necesitamos vivir para que pase lo que tiene que pasar.
Cada vez que la vida nos lleve por donde no nos toca, uno de esos angelitos que nos acompaña, nos cuida, protege y enseña, nos mostrará sutilmente el camino correcto, si estamos atentos y despiertos para verlo, o nos obligará a parar (a veces de formas que puede que tarde­mos tres vidas más en perdonar, y entender). De esta forma, si aprendemos la lección, no se repetirán “oportuni­dades” para hacerlo; y si siempre tropezamos con la misma piedra, volverá insistentemente a presentársenos ese obstáculo, hasta supe­rarlo.

Creo que vivir también es ser minero de uno mismo, y que para eso estamos aquí y ahora.
O como decía Bukowski:
Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos”.
Y también estamos aquí para dar amor.