lunes, 23 de enero de 2017

Marionetas del destino

Me senté a tomar la cerveza y la inercia de los días, en los momentos de calma, me volvió a dirigir a mis reflexiones de entonces. Esta vez los pensamientos me llevaban a reflexionar sobre el destino y sus bifurcaciones caprichosas… o no tanto.

Un amigo suele decir que “el destino son otros que conspiran a nuestras espaldas”.

Yo lo veo así:

Imaginaos que nos hemos muerto, una vez más; una de cientos, miles o Dios sabe.

En las vidas pasadas fuimos esclavos construyendo las pirámides de Egipto, amigos que paseaban por las tardes con Lao Tse, compañeros de meditación de buda, verdugos hace 2.000 años en el monte Calvario, putas en los lupanares romanos, compañeros de Colón en alguna carabela, o nativos americanos antes de su llegada, etc. No importa. Lo que importa es que en cada una de esas vidas hemos aprendido cosas que luego no recordamos en la vida siguiente; no recordamos, pero hemos aprendido y sabremos para siempre.

Entonces estamos en ese lugar en donde reposan las almas no encarnadas, y nos reunimos con nuestra gente, es decir, los que nos van a acompañar en la próxima aventura. Junto con ellos elaboramos un pequeño listado de 7 cosas que aún nos quedan por afrontar, superar, o errar invariablemente hasta hacerlas nuestras y sentirlas. Con ese listado, escribimos en trazos gordos el guión que nos va a llevar a vivir lo que necesitamos vivir para que pase lo que tiene que pasar.

Cada vez que la vida nos lleve por donde no nos toca, uno de esos angelitos que nos acompaña, nos cuida, protege y enseña, nos mostrará el camino correcto, si estamos atentos y despiertos para verlo, o nos obligará a parar (a veces de formas que puede que tardemos tres vidas más en perdonar, y entender).

De esta forma, si aprendemos la lección, no se repetirán “oportunidades” para hacerlo; y si siempre tropezamos con la misma piedra, volverá insistentemente a presentársenos ese obstáculo, hasta superarlo.

Así, más o menos, lo veo yo.

Por eso, sentado en la silla, con el vaso de cerveza ya vacío en la mesa, bajo la sombrilla roja, se me ocurrió hacer una foto. Puse el vaso en el agujero del medio de la mesa, el que se utiliza para sujetar la sombrilla, pero que en este caso estaba libre. Agarré con la mano derecha el móvil, con el dedo tocando, pero sin pulsar, el botón de la cámara. La mano izquierda, que es donde tenía una pulsera y el reloj, la puse abierta, unos centímetros por encima del vaso que estaba tapando el agujero de la mesa. Por encima estaba la sombrilla roja. Accioné el botón.

En la foto, sobre un fondo rojo y un marco con círculos concéntricos, se ve una mano abierta, como la de alguien que sostiene los hilos de un títere.

Entonces pensé que somos MARIONETAS DEL DESTINO, teniendo en cuenta la frase de mi amigo, que dice que el destino son otros que conspiran a nuestras espaldas. Y añado por mi cuenta, que esos otros son los angelitos que nos acompañan, y nos quieren.