jueves, 4 de mayo de 2017

Jardín de cáctuses de la amistad

Un trocito de mi libro, que dice así:

Los últimos años, desde que me divorcié, me dio por hacer cosas que en los últimos años de casado no hacía. Cosas como salir de copas, ir al gim­nasio, al monte, en bicicleta, de vacaciones a los caminos, de trekking por Nepal, tirarme de un avión, hacer submarinismo, y muchas otras cosas. Era como el pájaro que ha vivido enjaulado y al que por sorpresa le abren la puerta y echa a volar. Esta frenética actividad social hizo que fuera conociendo cada vez más gente y más gente y más gente con aficiones comunes a las mías. El problema era que en el divorcio me había quedado solo: por­que me volví a casa de mis padres; porque las amistades en el pueblo donde viví con mi mujer me obligaban a hacer planes que me depri­mían; y porque ya no me quedaban las pocas amistades que tenía a los 20 años. Si digo que esto de conocer gente nueva tras haber tenido que empezar de cero por primera vez en mi vida es un problema, es porque me imposibilitaba a decir que NO a los planes que me iban saliendo. Recuerdo el calendario de los últi­mos años lleno de colores con cada uno de los planes confirmados, y el día a día que me consumía. Ese miedo a decir que no, hizo que cada vez tuviera más y más “amigos” con los que quedar.


Bajábamos muy tranquilos, y por eso tuvimos tiempo de charlar de metafísica espiritual de andar por casa sobre quitarse el lastre de los amigos que restan. Porque eso es lo que hice cuando me di cuenta de que tenía demasiados compromisos semana a semana, que me impedían hacer lo que realmente quería hacer; como por ejemplo: salir del trabajo un viernes frío de invierno, e ir a casa a comer y echar la siesta en pijama y calcetines por encima de los pantalones, y no quitármelos hasta el lunes a las 7 de la mañana para ducharme y vol­ver al trabajo que encadenaba mis sueños.

¿Y cómo te quitas de encima los “amigos” que te impiden ser tú mismo? Esto es una pescadilla que se muerde la cola: porque si no eres tú mismo no eres capaz de quitarte de encima lo que no te conviene; y si no te quitas de encima todo eso, no eres capaz de llegar a poder ser tú mismo. Por eso lo que yo hice en aquel momento, fue dejar pasar el Tiempo guardando la Distancia necesaria, que permite ver las cosas con perspectiva, o dicho de forma más simple: dejar de regar. Porque para mí, las amistades y la gente que me rodea, son un jardín de flores de todo tipo. Pero para explicarlo basta decir que unas amista­des son como cáctuses y otras como orquídeas o rosas del principito: esta era una rosa protestona, que se quejaba del frío y del viento, a la que había que hacer compañía y llevar de paseo; en definitiva: que había que “regar” de forma constante. Y lo que yo decidí una vez, y cada vez que me daba cuenta de que las amistades y el fluir de los compromisos y obligaciones no me deja­ban hacer lo que quería hacer, y por tanto, no me dejaban ser libre; fue dejar de regar.


La forma más cómoda para dejar de regar es no ponerse en contacto con nadie. Vamos a suponer que tenemos 50 personas con las que periódicamente hacemos planes. De esas 50 per­sonas, si un día decidimos no volver a dar el paso de contactarlos, no sé cuantos, pero tal vez 10, jamás de los jamases volverán a acordarse, o si se acuerdan, nunca de los nunca jamás volverán a dar el paso de preguntarte si estás vivo. Si de esos 10 echamos de menos a alguno, no tenemos más que llamarle, porque el orgullo nunca hizo feliz a nadie.

El siguiente paso para dejar de regar el jardín de las amistades, es decir que no a planes que no nos apetecen. Hay mucha gente que está en nuestro entorno cuando obtiene algo a cambio. Hay gente que necesita tu amistad porque eres más bajo, o más feo, o corres más despacio, o tienes un sueldo peor. Ese tipo de gente sale de tu vida cuando no les vales para compararse contigo y ganar, o simplemente no compites contra ellos. Hay otros que necesitan contar sus quejas a alguien, y te dicen que no soportan a sus parejas, y que están hartos de nosequé y nosecuantos. A este tipo de gente siempre les digo lo mismo: “No vuelvas a contarme un problema por segunda vez, si no has hecho nada para solucionarlo”.


En definitiva, cuando dejas de regar por un tiempo tu jardín de las amistades, te das cuenta que las orquídeas y las rosas, y todas esas florecillas delicadas que hay que cuidar constantemente, han muerto. Y es un alivio, porque las rosas siempre creen que son lo más importante, el centro del universo, el ombligo del mundo, y cuando se dan cuenta de que pasas de ellas, porque te aburren e in­cordian, se enfadan y desaparecen, o simplemente, no se vuelven a acordar de ti nunca más, porque ni siquiera te echan de menos.

Tras un tiempo sin regar las amistades, los que no se mueren, son los cáctuses. Y por eso me gusta mi jardín de cáctuses de las amistades. [Ya sé que el plural de “cactus” es “cactus”, pero me gusta cómo suena la palabra “cáctuses”]. Estos son amigos que están ahí, aunque pase un tiempo y no sepas de ellos, pero están.