martes, 25 de julio de 2017

En palabras de los lectores

La llave del laberinto - Primeras críticas de los lectores.


Creo que uno nunca está totalmente preparado para las críticas. He recibido la primera, y me ha sacudido como un huracán.

Abro comillas:
«¿Qué pasa cuando uno ha logrado todo lo que dicen que hace falta tener y aun así se siente vacío? El momento ese en que las preguntas que no te dan descanso día y noche son: ¿Qué ha salido mal? ¿En qué punto me he perdido? ¿Qué hago?
Muchos de nosotros ya hemos estado allí: perdidos, cansados, desconcertados, colapsados. Buscando una salida sin saber cómo, con el deseo profundo de sentir paz, de ser simplemente feliz.
Ya había escuchado que muchos hacen el Camino de Santiago para encontrarse a sí mismos, pero no me imaginaba que era posible ir de la mano con alguien, escuchando sus pensamientos, acompañando los detalles de sus conflictos internos y evolución personal.
Es así que uno se siente leyendo “La llave del laberinto”: yendo de la mano con el protagonista; acompañando el ir y venir de personas y situaciones que traen enseñanzas, retos, desequilibrio, frustraciones, consuelo, sorpresas, alegrías y señales… este baile de perfecta sincronicidad que es la vida misma.
Al pasar las páginas, el autor resulta a veces molesto, por la crudeza y atrevimiento con que nos habla, con el alma demasiado desnuda para este mundo regido por el “¿qué van a pensar los demás?”. En otros momentos resulta entrañable, por la misma razón. Es que sus formas muchas veces dan voz a ese grito que tenemos oprimido en el pecho que reclama una existencia más espontánea, que podamos ser nosotros mismos, imperfectos, y que aun así nos acepten, y que nos quieran.
Yo diría que este libro es una invitación. Una invitación a recomenzar; a mirarnos al espejo sin máscaras, para ver justo lo que NO nos gusta en nosotros y necesita ser superado; y con amor, para que seamos capaces de no juzgar duramente lo que encontremos ahí dentro. Una invitación a replantearnos la vida, a creer que ella nos habla a través de señales, y a tener valor para seguirlas. Una inspiración a transformarnos en una mejor versión de nosotros mismos, en un proceso constante que nos lleva, inevitablemente, a conocer la felicidad.
¿Cuál es el precio de ser auténtico dónde se fomenta que seamos artificialmente iguales? En un sistema que nos condiciona a ser esclavos del ego hace falta mucho valor para decir ¡Basta! y ponerse a derrumbar murallas… y sin ellas nos quedamos totalmente vulnerables, pero podemos, por fin, reconectar con nuestra esencia y recuperar la ilusión que tuvimos un día.
Yo pienso que merece la pena el riesgo. Quiero perderme para poder evolucionar.
¿Quién se apunta?»

viernes, 14 de julio de 2017

Cómo comprar "La llave del laberinto"

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LA LLAVE DEL LABERINTO

324 páginas y 114.117 palabras.
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Listado de librerías asociadas en sudamérica:

ARGENTINA
  • Ozonum
  • Temática
  • Boutique Del Libro
  • Librería Paidos
COLOMBIA
MÉXICO
  • LibrosBooks
  • Libreria Dijuris
  • Libreria Profética
  • Comercializadora Didáctica de Querétaro
  • Llibreria Dòria Llibres 
  • Librería Virgo, (Tuxpan)
  • Librería Virgo, (Poza Rica)
  • Librería Virgo, (Matriz)

La llave del laberinto: SINOPSIS

O dicho de otra manera:

¿Qué me puedo encontrar si compro el libro, o me lo regalan, y decido leerlo?

Son 324 páginas y 114.117 palabras escritas con toda mi dedicación y compromiso, porque lo último que quisiera es que nadie que se gaste 18€ en comprarlo sienta que ha tirado 18€. Lo que quiero es que la gente lo lea y no se aburra al hacerlo.

Yo estoy muy contento con el proceso de escribirlo, y aún más con el resultado. Y es que empecé a escribir con miedo y sin saber si sería capaz de terminarlo. No quería fracasar en lo que con más ganas e ilusión he hecho en toda mi vida, y es que sentía la imperiosa necesidad de escribir esas páginas.

No me enrollo más y os pongo los textos que hay en la contraportada y en las solapas interiores.


   Lo cierto es que para ese entonces estaba empezando a estar cansado de sentirme siguiendo flechas y señales, cansado de estar atento a lo que no se ve para poder escuchar a mi corazón e intuición, y cansado de tomar decisiones de forma impulsiva, porque siempre era evidente y claro lo que tocaba hacer.

   Tenía ganas de terminar el juego del laberinto.

   Sí, estaba perdido en el laberinto. No, no tenía miedo. Simplemente estaba un poco cansado. Agotado. Exhausto. Quería llegar a donde fuera que tenía que llegar, darme media vuelta y volver a mi casa.



En la contraportada hablo de todo un poco:

   Ese soy yo. Hijo de Lucía y Alberto, que una vez se encontraron y tiempo después me conocieron, el 6 de abril de 1982. No me acuerdo, pero dicen que fue un día cualquiera de primavera. Fui un niño tímido y feliz que hizo cosas de niños. Después me gustó pedalear con mi abuelo un verano, y ahí empezó un sueño que duró varios años. Terminé de estudiar, encontré un trabajo, compré un coche, y más tarde también una casa. Era una persona normal que tenía “todo lo que se necesita para ser feliz”. Pero me sentía como un pájaro en una jaula con la puerta abierta, sin valor para salir.

   La vida, por sorpresa, dio un giro por mí, y pude volar. Se me ocurrió ir al camino de Santiago para encontrar un nuevo rumbo. Peregriné cinco veces hasta entender que la meta es el camino, y que no hay que tener prisa, porque al único lugar que tenemos que llegar es a nosotros mismos.

   Para eso tenía que estar atento a lo que no se ve. Ahí empezó un sendero en el que las señales del destino me iban indicando por donde seguir. Me encontré entonces en medio de un laberinto sin principio ni fin. Hasta que hallé la llave que daba a todo un nuevo sentido.


Y termino con un deseo especial:

Cuando sea niño quiero ser farero.

Quiero ser un faro con luz
para la gente que me rodea, aprecio y quiero.

Y así, en tiempos de tempestad
en las vidas de esas personas,
en las noches oscuras del alma,
cuando el barquito en el que navegan vaya a la deriva,
puedan ver la luz de mi faro,
que les avisará de dónde está la costa y el peligro.

viernes, 7 de julio de 2017

La llave del laberinto: INTRODUCCIÓN

Nueva sección con el mismo título del libro para hablar de...      

Este nuevo campo de debate interno y reflexión da para largo; pero eso no quiere decir que vaya a dejar de escribir sobre la “Esquizofrenia de la prisa”, porque me apasiona el tema y siento la imperiosa necesidad de escribir sobre ello… con calma.
La llave del laberinto es un libro que he escrito en este año de inflexión, y puente: entre trabajar sentado en una oficina delante de un ordenador y con el teléfono cerca de la mano izquierda, y un futuro incierto, con agujeros negros y algún dragón echando fuego por aquí y por allí.
Y también será el tema que utilice para hablar de otras cosas que también me tienen obsesionado, y dieron para más de 300 páginas, pero que además me gustaría ir desgranando en artículos de estos de 700 palabras... poquito a poco.
Por ejemplo, hablaré del concepto de felicidad:

En mi caso decidí dejar el trabajo de más de 10 años en la misma empresa, para así tener tiempo para mí, y aprovecharlo para escribir. Pienso que nunca es tarde para ser lo que podías haber sido, y yo desde hace mucho que quise dedicarme a escribir.
Tomé aquella decisión, asumí los riesgos, valoré lo que perdía, y me di un tiempo para escuchar al corazón, que nunca se equivoca, porque es capaz de ver lo que no se ve con los ojos, ni está atrapado por la inercia de lo que en el otro artículo llamé “Las autoridades”.
Atento a lo que no se ve con los ojos:
Con esa frase empezó todo, y todo cambió en mi forma de ver las cosas. Era como si de repente estuviera con un nuevo sentido despierto y pudiera ver señales del destino a cada paso, sobre todo en cada cruce de caminos…
Pero ahora no voy a decir mucho más para que no me toméis por loco, y porque no quiero contar detalles del libro antes de que se publique.
También pude sufrir en mis propias carnes lo que sigue (y no fue sencillo):

Un amigo suele decir que “el destino son otros que conspiran a nuestras espaldas”.

Mi forma de ver esto de la felicidad, ser libre y encontrarse a sí mismo, estar atento a las señales de lo que llamamos destino, y sus bifurcaciones caprichosas,  es algo así:
Pues bien, imaginaos que nos hemos muerto, una vez más; una de cientos, miles o Dios sabe. En las vidas pasadas fuimos esclavos construyendo las pirámides de Egipto, amigos que paseaban por las tardes con Lao Tse, compañe­ros de meditación de buda, verdugos hace 2.000 años en el monte Calvario, señoritas en los lupanares romanos, compañeros de Colón en alguna carabela, o nativos americanos antes de su llegada, etc. No im­porta. Lo que importa es que en cada una de esas vidas hemos apren­dido cosas que luego no recordamos en la vida siguiente; no recorda­mos, pero hemos aprendido y sabremos para siempre.
Entonces estamos en ese lugar en donde reposan las almas no en­carnadas, y nos reunimos con nuestra gente, es decir, los que nos van a acompañar en la próxima aventura. Junto con ellos elaboramos un pequeño listado de 7 cosas que aún nos quedan por afrontar, su­perar, o errar invariablemente hasta hacerlas nuestras y sentirlas. Con ese listado, escribimos en trazos gordos el guión que nos va a llevar a vivir lo que necesitamos vivir para que pase lo que tiene que pasar.
Cada vez que la vida nos lleve por donde no nos toca, uno de esos angelitos que nos acompaña, nos cuida, protege y enseña, nos mostrará sutilmente el camino correcto, si estamos atentos y despiertos para verlo, o nos obligará a parar (a veces de formas que puede que tarde­mos tres vidas más en perdonar, y entender). De esta forma, si aprendemos la lección, no se repetirán “oportuni­dades” para hacerlo; y si siempre tropezamos con la misma piedra, volverá insistentemente a presentársenos ese obstáculo, hasta supe­rarlo.

Creo que vivir también es ser minero de uno mismo, y que para eso estamos aquí y ahora.
O como decía Bukowski:
Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos”.
Y también estamos aquí para dar amor.

domingo, 2 de julio de 2017

Esquizofrenia de la prisa: La mochila

La vida es un viaje que conviene hacer ligeros de equipaje. A veces nos empeñamos en cargar pesos propios, heredados, impuestos y hasta cosas de otros. Da igual hasta dónde quieras llegar o desde cuán lejos vengas; siempre será más fácil llevar una mochila con el peso justo y necesario.


Dicen que caminar con envidia es como subir una montaña con piedras en la mochila. Creo que pasa lo mismo con otros sentimientos auto-destructivos, como los rencores, odios, venganzas; y también con la frustración de los embustes, ofensas y en general golpes mal encajados.

La mochila es el contenedor donde se guarda todo eso.
Imagina que vas a hacer un viaje mochilero. Compras con toda la ilusión del mundo una mochila adecuada a tu espalda: ergonómica, impermeable, y todo eso que se suele tener tan en cuenta. ¡Tienes la mochila perfecta para el viaje que vas a hacer! Y entonces la llenas de cosas por si acaso, como si te fueras de viaje al fin del mundo y no hubiera tiendas ni para comprar un triste corta-uñas.
En la vida pasa lo mismo: tenemos esta carcasa llamada cuerpo, que es perfecta para subir las montañas y cruzar los ríos que nos toque sortear. Está permitido caerse, pero no lo está quedarse en el suelo. Para algunos la vida es una condena, para otros un milagro. Tenemos este cuerpo, un alma y la mente que nos permite ser conscientes de lo que nos rodea; pero a veces la mochila con todo lo que cargamos nos impide caminar.
Creo que es un gran reto que merece la pena el de sacar de dentro todo eso que nos condena. Sé que no es fácil, pero también sé que es indudablemente positivo. Haz las paces contigo mismo, perdónate no haber sido perfecto, quiérete más, para querer mejor. No puedes reclamar lo que no das, ni encontrar fuera el amor que no tienes dentro.
Como dijo aquel: «Dios puso una persona a tu cargo, y ese eres tú». A ti te tienes que hacer feliz, y entonces te encenderás como una bombilla, y repartirás luz.

Conozco gente que era como si estuviera haciendo una travesía transatlántica remolcando un porta-contenedores con un barquito de remos como los del estanque del parque del retiro. Pero fueron valientes para ir tirando al mar uno a uno todos los contenedores, y después se dieron cuenta de que lo que tenían que hacer era cortar la cuerda que los unía al gran barco que no los permitía avanzar.
Es muy fácil de decir, y más fácil de lo que parece hacer la limpieza necesaria, e imprescindible. Se puede empezar por DECIR NO, a lo que es que no porque nos contamina. Se debería podar el árbol de las amistades que restan, o como dice Leandro Karnal, esos «enemigos que abrazan».
Os voy a contar lo que me pasa a mi cuando voy al camino, que me gusta recorrerlo solo y tranquilo, porque es una forma muy práctica de tomarse un respiro de la rutina que atenaza los sueños, para así poder reflexionar de hacia adonde queremos continuar:
Me sirve para echar la vista atrás y hacer las paces con mis recuerdos; es como llevar en la cabeza cada cosa que me preocupa, cada cabo suelto, como si estuvieran escritos en papelitos pequeños, todos juntos y revueltos, dentro: y de forma inconsciente, simple­mente centrándose en seguir dando el siguiente paso, es como si sa­cara todos esos papelitos con problemas, dudas, preguntas, fracasos, decepciones, decisiones pendientes… y cualquier cosa que se os ocu­rra que no deja ver con claridad, y que pesa en la mochila de la vida; y de repente, los tiro todos al suelo, y me quedo quieto, y el viento se lleva los que no son importantes, y me doy cuenta, de los cientos de papelitos que estaban estorbándose unos a otros dentro de mi cabeza.

Los verdaderamente importantes son esos cuatro que no se ha llevado el viento. ¡Cuatro nada más! Y lo más gracioso de todo, es que de esas  pocas cosas importan­tes que tengo que encarar, tomando decisiones, milagrosamente, las soluciones se convierten en fáciles y simples.
Y es que la vida es muy simple, pero lo complicado es ser simple.