domingo, 2 de julio de 2017

Esquizofrenia de la prisa: La mochila

La vida es un viaje que conviene hacer ligeros de equipaje. A veces nos empeñamos en cargar pesos propios, heredados, impuestos y hasta cosas de otros. Da igual hasta dónde quieras llegar o desde cuán lejos vengas; siempre será más fácil llevar una mochila con el peso justo y necesario.


Dicen que caminar con envidia es como subir una montaña con piedras en la mochila. Creo que pasa lo mismo con otros sentimientos auto-destructivos, como los rencores, odios, venganzas; y también con la frustración de los embustes, ofensas y en general golpes mal encajados.

La mochila es el contenedor donde se guarda todo eso.
Imagina que vas a hacer un viaje mochilero. Compras con toda la ilusión del mundo una mochila adecuada a tu espalda: ergonómica, impermeable, y todo eso que se suele tener tan en cuenta. ¡Tienes la mochila perfecta para el viaje que vas a hacer! Y entonces la llenas de cosas por si acaso, como si te fueras de viaje al fin del mundo y no hubiera tiendas ni para comprar un triste corta-uñas.
En la vida pasa lo mismo: tenemos esta carcasa llamada cuerpo, que es perfecta para subir las montañas y cruzar los ríos que nos toque sortear. Está permitido caerse, pero no lo está quedarse en el suelo. Para algunos la vida es una condena, para otros un milagro. Tenemos este cuerpo, un alma y la mente que nos permite ser conscientes de lo que nos rodea; pero a veces la mochila con todo lo que cargamos nos impide caminar.
Creo que es un gran reto que merece la pena el de sacar de dentro todo eso que nos condena. Sé que no es fácil, pero también sé que es indudablemente positivo. Haz las paces contigo mismo, perdónate no haber sido perfecto, quiérete más, para querer mejor. No puedes reclamar lo que no das, ni encontrar fuera el amor que no tienes dentro.
Como dijo aquel: «Dios puso una persona a tu cargo, y ese eres tú». A ti te tienes que hacer feliz, y entonces te encenderás como una bombilla, y repartirás luz.

Conozco gente que era como si estuviera haciendo una travesía transatlántica remolcando un porta-contenedores con un barquito de remos como los del estanque del parque del retiro. Pero fueron valientes para ir tirando al mar uno a uno todos los contenedores, y después se dieron cuenta de que lo que tenían que hacer era cortar la cuerda que los unía al gran barco que no los permitía avanzar.
Es muy fácil de decir, y más fácil de lo que parece hacer la limpieza necesaria, e imprescindible. Se puede empezar por DECIR NO, a lo que es que no porque nos contamina. Se debería podar el árbol de las amistades que restan, o como dice Leandro Karnal, esos «enemigos que abrazan».
Os voy a contar lo que me pasa a mi cuando voy al camino, que me gusta recorrerlo solo y tranquilo, porque es una forma muy práctica de tomarse un respiro de la rutina que atenaza los sueños, para así poder reflexionar de hacia adonde queremos continuar:
Me sirve para echar la vista atrás y hacer las paces con mis recuerdos; es como llevar en la cabeza cada cosa que me preocupa, cada cabo suelto, como si estuvieran escritos en papelitos pequeños, todos juntos y revueltos, dentro: y de forma inconsciente, simple­mente centrándose en seguir dando el siguiente paso, es como si sa­cara todos esos papelitos con problemas, dudas, preguntas, fracasos, decepciones, decisiones pendientes… y cualquier cosa que se os ocu­rra que no deja ver con claridad, y que pesa en la mochila de la vida; y de repente, los tiro todos al suelo, y me quedo quieto, y el viento se lleva los que no son importantes, y me doy cuenta, de los cientos de papelitos que estaban estorbándose unos a otros dentro de mi cabeza.

Los verdaderamente importantes son esos cuatro que no se ha llevado el viento. ¡Cuatro nada más! Y lo más gracioso de todo, es que de esas  pocas cosas importan­tes que tengo que encarar, tomando decisiones, milagrosamente, las soluciones se convierten en fáciles y simples.
Y es que la vida es muy simple, pero lo complicado es ser simple.

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