viernes, 14 de julio de 2017

La llave del laberinto: SINOPSIS

O dicho de otra manera:

¿Qué me puedo encontrar si compro el libro, o me lo regalan, y decido leerlo?

Son 324 páginas y 114.117 palabras escritas con toda mi dedicación y compromiso, porque lo último que quisiera es que nadie que se gaste 18€ en comprarlo sienta que ha tirado 18€. Lo que quiero es que la gente lo lea y no se aburra al hacerlo.

Yo estoy muy contento con el proceso de escribirlo, y aún más con el resultado. Y es que empecé a escribir con miedo y sin saber si sería capaz de terminarlo. No quería fracasar en lo que con más ganas e ilusión he hecho en toda mi vida, y es que sentía la imperiosa necesidad de escribir esas páginas.

No me enrollo más y os pongo los textos que hay en la contraportada y en las solapas interiores.


   Lo cierto es que para ese entonces estaba empezando a estar cansado de sentirme siguiendo flechas y señales, cansado de estar atento a lo que no se ve para poder escuchar a mi corazón e intuición, y cansado de tomar decisiones de forma impulsiva, porque siempre era evidente y claro lo que tocaba hacer.

   Tenía ganas de terminar el juego del laberinto.

   Sí, estaba perdido en el laberinto. No, no tenía miedo. Simplemente estaba un poco cansado. Agotado. Exhausto. Quería llegar a donde fuera que tenía que llegar, darme media vuelta y volver a mi casa.



En la contraportada hablo de todo un poco:

   Ese soy yo. Hijo de Lucía y Alberto, que una vez se encontraron y tiempo después me conocieron, el 6 de abril de 1982. No me acuerdo, pero dicen que fue un día cualquiera de primavera. Fui un niño tímido y feliz que hizo cosas de niños. Después me gustó pedalear con mi abuelo un verano, y ahí empezó un sueño que duró varios años. Terminé de estudiar, encontré un trabajo, compré un coche, y más tarde también una casa. Era una persona normal que tenía “todo lo que se necesita para ser feliz”. Pero me sentía como un pájaro en una jaula con la puerta abierta, sin valor para salir.

   La vida, por sorpresa, dio un giro por mí, y pude volar. Se me ocurrió ir al camino de Santiago para encontrar un nuevo rumbo. Peregriné cinco veces hasta entender que la meta es el camino, y que no hay que tener prisa, porque al único lugar que tenemos que llegar es a nosotros mismos.

   Para eso tenía que estar atento a lo que no se ve. Ahí empezó un sendero en el que las señales del destino me iban indicando por donde seguir. Me encontré entonces en medio de un laberinto sin principio ni fin. Hasta que hallé la llave que daba a todo un nuevo sentido.


Y termino con un deseo especial:

Cuando sea niño quiero ser farero.

Quiero ser un faro con luz
para la gente que me rodea, aprecio y quiero.

Y así, en tiempos de tempestad
en las vidas de esas personas,
en las noches oscuras del alma,
cuando el barquito en el que navegan vaya a la deriva,
puedan ver la luz de mi faro,
que les avisará de dónde está la costa y el peligro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario