lunes, 28 de agosto de 2017

Esquizofrenia de la prisa: Desconectar de todo

   Llevaba como 10 días caminando cuando llegué a Burgos. Salí solo y desde Roncesvalles, y tenía un mes por delante para intentar llegar a Santiago de Compostela. Frente a la catedral abrí un periódico por primera vez en esos días. Televisión no había visto, ni escuchado la radio. Era el 2012, y cuando aquello mi teléfono móvil simplemente servía para enviar sms y hacer llamadas. Mandé uno a mi madre: “Todo bien”… esperé su respuesta: “Aquí también”, y apagué para otros 2 o 3 días aquel aparato maligno. Lo guardé en el fondo de la mochila de peregrino.
   Miré el periódico y vi letras y foto. Supe de la muerte de un entrenador de fútbol que me era simpático, a pesar de que me aburre soberanamente ese juego. Me di cuenta que pasaba las hojas sin mirarlas, así que me detuve en el crucigrama del final. Pedí un bolígrafo a la camarera, di una nueva calada al purito, y tomé un trago largo de cerveza. Yunque de platero, “tas”.
   Aquel día me di cuenta de que la actualidad no estaba en los medios de intoxicación masiva. Todos los días nacen elefantes, y eso es bonito, pero no sale en las noticias; o cuando un niño autista dice su primera palabra, tampoco interesa. Entonces decidí, por simple hartazgo, desactualizarme. Y ya van más de 5 años.
   Al volver a casa al termino del mes, feliz y dichoso por contar mi hazaña de 30 días caminando 1.000km, 1 millón de pasos!!!… me di cuenta de que aunque para mi la vida había tomado una nueva dirección, en la que lo importante dejó de ser lo que era; y ni siquiera fue lo que sería; para así darme cuenta de que lo que de verdad importa es lo que es; porque lo que es es lo único que tenemos, y eso es este preciso momento. Nada más.
   Entonces me di cuenta de que aunque para mi aquel mes había sido como cruzar un mágico túnel desde los cielos grises con relámpagos y tormentas, hasta el otro lado de un cielo azul y el sol resplandeciente, lleno de olores de flores en primavera; entonces me di cuenta de que todo seguía exactamente como lo dejé: Mi familia seguía dedicada a lo mismo, en el trabajo seguían con la misma rutina, mis amigos hacían lo mismo que antes de irme… Pero como me dijo uno de ellos: “Colega, te veo diferente… eres otro; has cambiado”.

   Ahora os dejo con las sabias palabras de Facundo Cabral sobre este tema de los medios:

   
   Y sigo con una cosa que hice hace justo 1 año, en agosto del 2016:
   Me fui a un retiro de 10 días de una cosa budista de meditación que se llama Vipassana. En este este artículo os voy a hacer un resumen de la propia página de la organización de España, y otro día hablaré de lo bueno, que fue mucho, y lo malo, que también hubo.
   Copio y pego:

¿Qué es Vipassana?

   «Vipassana, que significa ver las cosas tal como realmente son, es una de las técnicas más antiguas de meditación de la India. Fue redescubierta por Gotama el Buda hace más de 2.500 años y fue enseñada por él como un remedio universal para males universales, es decir, como un arte: El arte de vivir. Esta técnica no sectaria tiene por objetivos la total erradicación de las impurezas mentales, y la resultante felicidad suprema de la completa liberación. La curación, no meramente la curación de las enfermedades, sino la curación esencial del sufrimiento humano, es su propósito.
   Vipassana es un sendero de auto-transformación mediante la auto-observación. Se concentra en la profunda interconexión entre mente y cuerpo, la cual puede ser experimentada de manera directa, por medio de la atención disciplinada dirigida a las sensaciones físicas que forman la vida del cuerpo, y que continuamente se interconectan con la vida de la mente y la condicionan. Es este viaje de autoexploración a las raíces comunes de cuerpo y mente, basado en la observación, lo que disuelve la impureza mental, produciendo una mente equilibrada, llena de amor y compasión.
   Las leyes científicas que operan en nuestras sensaciones, sentimientos, pensamientos y juicios llegan a hacerse evidentes. Mediante la experiencia directa, se comprende la naturaleza de cómo uno crece o decrece, de cómo uno produce sufrimiento o se libera de él. La vida se va caracterizando por una intensificación de la conciencia, por la ausencia de engaño, por el auto-control y la paz.»
  
   Y finalmente, y como introducción, comparto con vosotros la experiencia de Daniela (yo ya contaré la mía otro día):

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Qué es lo contrario del AMOR?

Solo hay dos sentimientos primordiales, y el resto son emociones que derivan de ellos. Estos sentimientos, al igual que la luz y la oscuridad, se oponen. Lo contrario del AMOR es el MIEDO.
Pero, ¿qué es el miedo?

Yo no soy ninguna eminencia en estos asuntos. Ni siquiera sabría por donde empezar cualquier investigación si es que tuviera que hacer ahora mismo una tesis sobre el tema. Pero eso no importa, porque de lo que sí puedo hablar es de lo que he vivido, reflexionado, errado, e incluso, imaginado.
El miedo es un sentimiento históricamente utilizado como herramienta de control de masas. Por miedo se dejaron de hacer muchas cosas, y algunas otras se hicieron por el mismo motivo. ¿Si no tuvieras miedo qué harías? ¿Por qué tenemos miedo?
Las cosas se explican mejor con ejemplos, y por eso pondré algunos…
Cuando hablé en otro artículo de Las Autoridades, decía que: «esas fuentes de las que bebemos sin darnos cuenta y sin sed, es a lo que llamo las autoridades; y es lo que hace que seamos como somos de cara a los demás. Porque lo que realmente somos es otra cosa…»
Y el miedo es lo que está detrás del control que ejercen las autoridades sobre nosotros.
Ejemplo sencillo: de pequeños queremos tener amigos con los que jugar, pero no nos gusta el fútbol, pero es lo que hacen nuestros compañeros de clase; y también se pelean entre ellos y tiran del pelo a las chicas. No nos gusta el fútbol, ni pelearnos, pero queremos integrarnos en ese pequeño rebaño de niños que hacen que nos sintamos protegidos siendo uno más… Y nos ponemos de portero.

Recuerdo que cuando llevaba vida de casado en un pueblo, sacaba a pasear por las tardes después del trabajo, al perro. Me encantaba andar por el monte con él. Pero en invierno era ya de noche, con lo que el recorrido se limitaba al paseo con farolas hasta el parque. Allí soltaba al perro, y corría, y le tiraba palos, y corría. En esos paseos rutinarios, todos los dueños de perros teníamos el mismo horario, y solíamos coincidir a la ida o a la vuelta. Un mes después ya conocía a todos los dueños de perros por su nombre y circunstancias, y claro, cómo no, gustos y preferencias de sus mascotas. Seis meses más tarde me di cuenta de que todas las conversaciones giraban entorno a deposiciones de perros, collares anti-parásitos y tonterías que no me importaban lo más mínimo. También estaba la que se quejaba siempre de sus propias decisiones, el que nunca tenía nada nuevo que decir, y las que criticaban a las que faltaban aquel día en el paseo “perruno”.
Entonces llegó el verano, y mis paseos fueron en el sentido contrario al del rebaño, o iba más tarde o más pronto que el resto. Ya estaba cansado de lo mismo día tras día. Y el culpable era el miedo a que me dejaran de lado. Cuando dejé aquella vida me di cuenta de que el miedo a ser uno mismo, y vivir libremente, aunque a veces incómodo, solo molesta a los que viven presos de sus propios miedos. De esto hablé algo en la introducción al otro tema de ‘La llave del laberinto’.

A veces pasa que alguien se siente incómodo cuando le haces ver que la culpa de las consecuencias de sus propias acciones, la tiene él mismo. Hay quien siempre se enamora de los mismos tipos de personas. Esta gente se tropezará con la misma piedra las veces que haga falta. Todas las veces le echarán la culpa a la casualidad o al destino. Seguro que os suena la típica pareja auto-destructiva que no son capaces de cortar uno con el otro, por miedo a quedarse solos.
Una vez, hace ya unos años, un amigo me dijo: “A ver si te echas ya una novia antes de que te quedes calvo”. Me tronché de risa, porque ese tipo, de verdad pensaba que tener pelo era bueno para encontrar a la mujer de su vida antes de perder ese poderío físico masculino. Y luego, ¿qué?
Otra vez otro tipo me dijo: “Tú, con esa barriga que tienes, no esperes encontrar gran cosa en el mercado”. Esta vez también me tronché de risa, porque el tipo estaba preocupado porque su mujer le dejara tirado si engordaba. En ese caso me confesó que no sabría qué hacer con su vida, porque no quería volver a estar solo. El miedo a la soledad da para un artículo aparte... para otro día.

NOTA DE PRENSA

‘LA LLAVE DEL LABERINTO’
El camino hacia el autoconocimiento.

CÍRCULO ROJO. –El joven escritor, Arkaitz Sierra Maruri, lleva escribiendo casi toda su vida, ahora debuta, de la mano de Editorial Círculo Rojo, con ‘La llave del laberinto’, una obra que según el propio autor “era la historia que debía contar”: un relato que plasma, a través del camino de Santiago, un viaje hacia el autoconocimiento inspirado en la propia transformación del autor, la cual le hizo romper con todo y empezar de cero.

Miles de personas hacen el Camino de Santiago cada año para encontrarse a sí mismos. A través de ‘La llave del laberinto’ podemos acompañar a este autor durante su ruta, escuchando sus pensamientos y conflictos internos como si fueran los nuestros. Una obra que nos invita a volver a empezar, analizar nuestra propia realidad, sin máscaras; a ser valientes para afrontar qué es lo que nos gusta o no de nosotros mismos y de la vida que llevamos; “
solo con amor podemos ser capaces de no juzgarnos duramente”. ‘La llave del laberinto’ nos habla de cómo tenemos que estar atentos a las señales que nos ofrece la vida  durante nuestro propio camino. “Una simple frase cambió mi percepción del mundo, me la dijeron al inicio de la historia, mientras caminaba tranquilo por el Camino de Santiago. Un hombre me dijo señalándome con el dedo: "Atento a lo que no se ve con los ojos!!". Y todo cambió hacia una nueva dimensión” nos cuenta el autor.

Un libro dirigido a todo tipo de lectores, sobre todo a aquellos que estén dispuestos a “romper las cadenas que no les dejan volar”.

"Si quieres despertar a toda la humanidad, entonces debes despertar la totalidad de tu propio ser. Si deseas eliminar el sufrimiento en el mundo, entonces acepta todo lo que es oscuro y negativo en ti mismo. Porque en verdad el regalo más grande para compartir es: tu propia transformación."

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AUTOR

Hijo de Lucía y Alberto, que una vez se encontraron y tiempo después me conocieron, el 6 de abril de 1982. No me acuerdo, pero dicen que fue un día cualquiera de primavera. Fui un niño tímido y feliz que hizo cosas de niños. Después me gustó pedalear con mi abuelo un verano, y ahí empezó un sueño que duró varios años. Terminé de estudiar, encontré un trabajo, compré un coche, y más tarde también una casa. Era una persona normal que tenía “todo lo que se necesita para ser feliz”. Pero me sentía como un pájaro en una jaula con la puerta abierta, sin valor para salir. La vida, por sorpresa, dio un giro por mí, y pude volar. Se me ocurrió ir al camino de Santiago para encontrar un nuevo rumbo. Peregriné cinco veces hasta entender que la meta es el camino, y que no hay que tener prisa, porque al único lugar que tenemos que llegar es a nosotros mismos. Para eso tenía que estar atento a lo que no se ve. Ahí empezó un sendero en el que las señales del destino me iban indicando por dónde seguir. Me encontré entonces en medio de un laberinto sin principio ni fin. Hasta que hallé la llave que daba a todo un nuevo sentido.


SINOPSIS

Lo cierto es que para ese entonces estaba empezando a estar cansado de sentirme siguiendo flechas y señales, cansado de estar atento a lo que no se ve para poder escuchar a mi corazón e intuición, y cansado de tomar decisiones de forma impulsiva, porque siempre era evidente y claro lo que tocaba hacer. Tenía ganas de terminar el juego del laberinto. Sí, estaba perdido en el laberinto. No, no tenía miedo. Simplemente estaba un poco cansado. Agotado. Exhausto. Quería llegar a donde fuera que tenía que llegar, darme media vuelta y volver a mi casa.

Ahora, ya desde el hogar, sigo teniendo un sueño por cumplir, y es que cuando sea niño quiero ser farero. Quiero ser un faro con luz para la gente que me rodea, aprecio y quiero. Y así, en tiempos de tempestad en las vidas de esas personas, en las noches oscuras del alma, cuando el barquito en el que navegan vaya a la deriva, puedan ver la luz de mi faro, que les avisará de dónde está la costa y el peligro.