viernes, 8 de septiembre de 2017

Escribir un libro, editarlo y venderlo

   Ahora que estoy en la tercera etapa del proceso puedo contar cómo funciona esto de escribir un libro, editarlo y venderlo. Para escribir solo se necesitan dos cosas: tener algo que contar, y contarlo. En cuanto a los porqués de darle a la tecla, solo se me ocurre un motivo, y es el de sentir la imperiosa necesidad de hacerlo; escribir por no poder evitarlo.


   Yo decidí que iba a ser escritor a los 18 años, y entonces empecé con una historia que llegó a un callejón sin salida, por lo que quedó el manuscrito arrinconado en un cajón. Seguí firme con la idea durante 3 navidades seguidas en las que presenté mis cuentos a un concurso, sin éxito. Seguí fracasando al iniciar una nueva historia, y es que en 10 años, ¡solo fui capaz de completar 10 páginas!
   Entonces mi vida dio un giro y me fui 30 días a caminar desde Roncesvalles a Finisterre. Por primera vez en la vida, a los 30 años, tenía una historia que merecía ser contada, y a la vuelta de aquella aventura me enfrenté a la página en blanco tímidamente. Tardé poco en tener 40 páginas, y la tarea de escribir me seguía gustando, pero había algo que no me dejaba seguir. Tal vez no era el momento, y el alumno aún no estaba preparado para encontrar al maestro.
   Todo cambió cuando a los 33 hice un nuevo camino, el 5º, y esta vez la aventura siguió al llegar a casa, porque mi punto de vista se había aclarado sin que yo lo hubiera pretendido. Entonces seguí viviendo la vida que era consciente sería la que no podría evitar escribir. Cuando las aguas volvieron a su cauce me senté tranquilo, y organicé mis ideas en un folio en blanco. Tenía claro qué aquello que viví necesitaba escribirlo, porque quería que cuando fuera un viejo de 80 años, con la memoria marchita, ese yo mío del futuro lejano, pueda leerlo, y así saber que fue real, y le pasó a él.
   Me puse a ello con devoción, persistencia e ilusión. Meses después llegué al fin, y supe que esa era la historia que le regalaría al viejo del espejo del futuro.

   Ya había cumplido el objetivo. Pero al darme cuenta que lo escrito no era otra cosa que la narración de la búsqueda inconsciente de mi propia llave del laberinto, para lo que simplemente me dejé llevar siguiendo las señales del destino; esas que solo se ven cuando estamos atentos a lo que no se ve con los ojos, es decir, cuando aprendemos a escuchar a nuestro propio corazón, fue entonces cuando pensé que sería bueno que otros lo pudieran leer, soñando que les sirva para encontrar su propia llave.
   Por eso me puse en contacto con una editorial de auto edición, para que cada punto y cada coma quedase en el lugar que yo quería, y para que la imagen de la portada y el título fueran los que alguien decidió por mí. Es como si mi participación en toda la historia haya sido la de mero receptor de señales, y transmisor de ideas, nada más. Es una sensación extraña de hacer lo que otros que no ves te van dictando, sin tener muy claro hacia adonde te están llevando, ni para qué. A mi no me importó, porque estaba disfrutando con aquel retorcido juego del laberinto, aunque cada día estaba un poquito más cansado, como dice Fito en una canción.
   Con la editorial todo fue bien, y la maqueta quedó como quería que quedara, y la portada con el corazón con alas y una ranura para la llave, es como si estuviera esperando en el catálogo de imágenes para mi historia. Entonces tocó pagar e imprimir la primera edición. Llegaron las cajas desde la imprenta a mi casa y empecé a repartir los ejemplares entre los primeros interesados, y amigos y parientes. Esto fue muy bien porque fueron más de 100 ejemplares echados a volar en pocos días.
   Después ha llegado la parte ingrata y más complicada del proceso, que no es otra que la de vendedor de libros a puerta fría. Y es que las librerías tienen una puerta de mármol a la sombra para los escritores principiantes y sin nombre, como yo. Me gustaría decirles a esos libreros que he invertido mi alma entera y parte del corazón en esas 300 páginas, y que todo el que lo lea sentirá que han sido 18€ pagados con gusto; pero eso son solo palabras.
   En eso estamos, y menos mal que lo único que di fue todo.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Esquizofrenia de la prisa: Mi experiencia Vipassana 2/2

   Como decía en la 1ª parte, llevaba 7 largos días encerrado en un centro para la meditación, y estaba empezando a pensar que el reto que tenía por delante era el de irme de donde no estoy a gusto. Había sido testigo de pequeños detalles, casi insignificantes, que hacían que estar allí ya empezara a dejar de tener sentido, y por eso me acerqué al ‘manager‘ (palabra para designar al voluntario que intermedia entre el maestro y los alumnos), para decirle:
   -Hola Pepe. Quería decirte que he decidido irme de aquí, porque ya me es suficiente y no encuentro motivo para seguir -y era así de simple, y nada más.
   -Lo siento mucho -contestó con franqueza-. Eso lo tienes que hablar con el maestro, que espero de verdad que te convenza para quedarte hasta el final -sonrió cómplice.
   El maestro:

   La frase anterior es la única que dije desde el voto de silencio del primer día. No estaba seguro si después de una semana sería capaz de hablar, pero comprobé felizmente que los pensamientos seguían pudiendo articularse en palabras con fluidez y precisión. El mánager me emplazó a dirigirme al maestro en el turno del final de la jornada, que estaba dedicado para preguntar dudas al gurú.
   Con este hombre tuve ya una experiencia previa. Yo no me quedé nunca a preguntar dudas al final del día, tampoco pedí audiencia al honorable señor para ninguna otra cosa en los turnos de 5 minutos que se terminaban con una campanilla que tocaba el mánager. Y fue así porque me metí en ese curso de forma voluntaria, con ilusión y curiosidad, y en esos 7 días no había tenido nada que preguntar, ni nada que escuchar: fui a estar solo con mis pensamientos y mis circunstancias, y me era grata mi propia compañía y soledad.
   El caso es que la postura de meditar me era costosa de mantener los primeros días, y con 14 horas por delante cada jornada, viendo que otros se apoyaban a veces en la pared del fondo de la sala grande, yo hice lo propio. Ese mismo día el mánager me comunicó que el maestro quería hablar conmigo. Le esperé pacientemente en la puerta de la sala, hasta que le vi llegar por el otro lado, y charlamos un par de minutos, en los que me ofreció su ayuda en lo que pudiera, y me preguntó si todo iba bien.
   -Sí, todo bien; lo único que a veces me canso en la postura y por eso voy al final para apoyarme un rato en la pared y descansar y estar más cómodo.
   -Puedes seguir haciéndolo a partir de ahora, con mi permiso -dictaminó.
   Y esto me recordó el capítulo del rey de El Principito.
   Después de aquello, que sería el día 3, vino lo del ataque de ansiedad del chaval que no podía soportar las horas interminables de soledad. Este hombre tenía una expresión de enorme tristeza cada vez que le veía deambular por las zonas del jardín. Sí, sé que no debíamos mirarnos a los ojos, y lo respeté siempre, pero a veces observaba a todos y cada uno de los compañeros que andaban por allí, y sin hablar con ellos ya sabía con quién me llevaría bien, quién me parecía simpático, engreído, gilipollas, interesante y divertido. A veces me gustaba hacer una prueba sencilla, que consistía en sentarme al lado de otro compañero en los bancos que estaban repartidos por la calle. Podía pasar dos cosas, y siempre acertaba lo que pasaría: el otro aguantaba unos segundos de cortesía y se iba al sentirse incómodo, o se quedaba tranquilamente y en paz a mi lado. Algún día os contaré por qué creo que pasa esto, y tiene que ver “con lo que no se ve con los ojos”. Pero ahora estamos a otra cosa.
   Así pues tras completar una semana decidí que la prueba que me ofrecía la vida era la de irme a tiempo de donde no quiero estar. El primer día nos invitaron a rellenar una encuesta en la que se nos preguntaba el motivo de ir allí. Mi respuesta fue escueta y sencilla: dije que tenía curiosidad, y que quería aprender cosas nuevas, y que me sentía en paz y feliz, y estaba en la mejor etapa de mi vida. Todo era verdad, y lo repetí de viva voz cuando tuve que hacerlo.
   Antes de eso llegó el audio del final de la jornada, en el que tuve que escuchar varias veces “dar dinero, dar dinero, dar dinero” (el audio está en el artículo 1º, y la parte que comento se escucha sobre el minuto 50). Eso me convenció definitivamente para irme, aunque por supuesto que daría el dinero que consideraba justo por el mantenimiento de mi persona en aquel lugar, y un extra para que algún día pudieran poner unas literas un poquito mejores. No necesitaba que un audio me recordase que aunque aquello fuera gratis, era adecuado hacer un donativo. De hecho me han hablado de personas que donaron todas sus pertenencias a ‘la causa’ porque el retiro de 10 días y aprender la técnica y todo lo que recibieron de bueno tras encontrar la senda de la felicidad para sus vidas, les cambió para siempre y se sentían eternamente agradecidos. Yo no dudo de las bondades de la meditación Vipassana, ni mucho menos; solo que yo me quería ir de allí, y creí que iba a ser más fácil.
   Tras el audio empezó el turno de preguntas y dudas al maestro. Era la primera vez que estaba allí, y me sorprendió la fragilidad que mostraban los alumnos que hacían preguntas. Sus vidas estaban en un punto muerto sin dirección, se les veía tristes, con la autoestima terriblemente debilitada, y estaban allí preguntando a un tipo que se sentaba medio metro por encima de ellos. Y es que para preguntar había que ir enfrente del maestro a sentarse en el suelo, con el cuello torcido para arriba. Al final del todo, cuando ya la gente se estaba empezando a levantar, el mánager me conminó a acercarme y decir lo que tenía que decir.
   -Creía que iba a ser a solas -le dije cuando pasé por su lado para sentarme enfrente del maestro.
   La escena era patética, porque yo estaba sentado en el suelo, el maestro esperando a que dijera mi duda o pregunta, a ambos lados los voluntarios que no se habían ido de allí, tal vez porque el hecho de que alguien se quería ir era lo más interesante que iba a pasar en esos 10 días, y aún quedaban algunos alumnos que habían visto que todavía no terminaba el turno de ruegos y preguntas. Lo que dije fue:
   -Quería decirte -al maestro mirando fijamente a sus ojos-, que me quiero ir, porque creo que mis días aquí ya han terminado y no tiene sentido continuar -simple, fácil y cierto.
   -¿Ha pasado algo? -me dijo él- ¿Qué es lo que va mal?
   -No hay ningún problema, solo que considero que este es el momento adecuado para dejarlo -seguí-. Vine aquí hace una semana, tranquilo y en paz conmigo mismo -los lacayos a ambos lados se rieron como hienas al oír esto; y definirlo de esta forma denota que no me gustó en absoluto, por profundamente irrespetuoso, como cuando los niños en el colegio se ríen del gordito que no es capaz de saltar el potro de gimnasia-, y me iré de la misma forma, mañana antes de que empiece la primera hora de meditación, para no molestar a nadie.
   -Está claro que no estás en paz, porque si no te quedarías aquí -quiso hacer de gurú frente a un pobre niño indefenso-, y es que tienes aversión por las horas de meditación.
   -Sí, es posible… pero igualmente, quiero irme mañana a las 8 -no estaba para falacias.
   En ese momento el maestro dejó de mirarme a los ojos, y se le borró del gesto la cara de complicidad que hasta entonces tenía. Me emplazó a las 8 de la mañana de la mañana siguiente.

   La noche fue eterna; la primera que no pude dormir a pierna suelta como todas las anteriores. Oía al de la litera de al lado roncando como si fuera el croar de un sapo: rarísimo y muy molesto, y hasta ese día no me había enterado. Después vi una luz de linterna en la calle, y un compañero amigo haciendo la maleta en la calle en medio de la noche, y al tipo de la litera de debajo mío que salía a hablar con él. Empecé a pensar cualquier posibilidad extraña menos la real.
   A la mañana me levanté tarde, porque hasta las 8 no tenía la reunión con el jefe del garito, que era el mismo que custodiaba mis pertenencias, y el que se había leído la información personal que cada uno voluntariamente había dejado por escrito, y me crucé con el hombre que estaba por la noche fuera de sí en la calle.
   -Me voy -me dijo a la cara, rompiendo el voto de silencio.
   -Yo también -le dije, y le señalé la calle para invitarle a salir para no molestar a los demás.
   Nos fuimos a la esquina más apartada del recinto, y el mánager se quedó a una distancia suficiente como para intentar escucharnos, con los brazos cruzados en gesto de reprobación. Hablamos de nuestro malestar por el maestro y compartimos los pequeños detalles que no nos habían gustado de él, y nos pusimos de acuerdo en que era hora de irse tras hablar a las 8 con el jefe. Primero entré yo, y después iba el otro, que estaba muy enfadado e indignado, y no se iba a sentar en el suelo, humillado. A mi eso me daba igual, porque sabía que la batalla sicológica, si la hubo en algún momento, la tenía ganada desde la tarde anterior cuando el tipo de blanco apartó la mirada al insistir que me quería ir.
   Me senté en el suelo y escuché:
   -Esto es vergonzoso, una falta de respeto -empezó a decirme mirándome a los ojos, con los suyos en llamas-: habéis estado hablando en alto, estorbando la meditación y la paz de los demás compañeros, y eso no se puede aceptar.
   -No era consciente de que se nos oía, y lo siento -le dije sinceramente.
   -¡No lo sientes de verdad! -me dijo desde arriba, gritando y enfadado.
   -Sí lo siento, de verdad -¿por qué lo dudaba?: yo no era como él-, e insisto en que me quiero ir AHORA MISMO, para lo que necesito mi DNI y la llave del coche.
   -¡Tú no te vas! ¡Te echo yo! -me dijo el pobre hombre que iba de maestro budista zen, que en realidad no había aprendido nada de lo que escuchaba en los audios que se encargaba de poner a los alumnos: play, stop, pausa, play, stop... Y desde el alto de su ego superinflado y dañado, con tono de arrogancia, nada apropiado en un 'gurú', repitió iracundo:

¡TE ECHO YO!

Esquizofrenia de la prisa: Mi experiencia Vipassana 1/2

   Para escribir este artículo, he vuelto a buscar el séptimo de los 10 audios (1 por cada día) del curso de meditación Vipassana; lo pongo al final del texto por si alguien siente curiosidad. No puedo decir que me haya gustado escuchar esa voz otra vez. No puedo decir que para mí fuera una semana que mereciese la pena; me fui a la mañana del octavo día… y os quiero contar cómo fueron esas interminables jornadas de introspección.


   El día giraba entorno a una sala cuadrada parecida a la de la imagen, pero con menos luz y algo mayor. A ella entrabamos los hombres desde una puerta que venía de la calle. Las mujeres entraban por otra puerta que venía de un patio cuadrado por el que solamente pasé una vez antes de encerrarme voluntariamente en aquel lugar. El maestro entraba por otra tercera puerta, que nunca crucé en ninguna dirección, y se sentaba enfrente de todos en un altillo. Las mujeres a la izquierda del maestro vestido de blanco, y los hombres a su izquierda, en distribución milimétrica, y entre ambos bandos, separándonos, un pasillo de un metro de ancho, al final del cuál se podía ver al maestro controlando todo lo que pasaba a su alrededor, desde las alturas.
   Cuando entré tuve que dejar mis pertenencias (en mi caso la llave del coche y el DNI) bajo la custodia del centro. El resto de cosas las dejé en mi coche, aparcado allí cerca. Después del registro llegó la charla inicial, en la que se nos explicó que no podíamos mirarnos a la cara ni mantener ningún tipo de contacto físico con nadie. Los hombres estaríamos en un lado del centro, y las mujeres en otro. Los hombres dormíamos en un cuarto de literas, y se nos exhortó a mantener el decoro en el baño, sin hacer alardes de virilidad que pudieran descentrar de su estado de clandestinidad mental a los otros meditadores.
   Estas circunstancias hacían que cada uno de nosotros estuviera enjaulado mentalmente en sus pensamientos, y eso puede ser duro para quien no se soporta, o no sabe estar a solas consigo mismo. Por eso al 5º día o así, un chaval que se sentaba en las meditaciones dos filas por delante de mí, empezó a tener ataques de ansiedad que no era capaz de controlar. Tuve una desagradable sensación de impotencia sabiendo que lo que aquel chaval necesitaba era un buen abrazo; pero no nos dejaron acercarnos a él, y le apartaron automáticamente de la rutina del grupo, hasta que alguien fue a buscar al pobre hombre para llevárselo de allí. Me dio pena.
   El horario era estricto, siempre marcado por un gong que se oía primero del lado de las mujeres, al otro lado del recinto, lejos de nosotros, contestado por otro gong de nuestro lado. Solo nos veíamos todos en las meditaciones de grupo, pero teníamos que evitar mirarnos, para no salirnos de nuestro retiro personal del mundo. Sonaba por primera vez a las 4 de la mañana, gong! gong! gong! y me levantaba cada día con menos ganas, para vestirme y prepararme para la primera hora y media de meditación en la sala grande y oscura a esas horas de la noche. La única voz que se escuchaba era la del maestro Goenka, que es un hombre que ya se murió hace unos años, y que en todos los retiros Vipassana habla desde el más allá, a través de un CD que accionaba nuestro querido maestro vestido de blanco que se sentaba en un altillo, y se dedicaba durante todas las horas de meditación a darle al play ahora, al stop después.
   Por fin llegaba el desayuno de las 6:30, que para mí era el mejor momento del día, ya que tomaba pan con tomate y aceite, y cereales con yogur, y hasta un vasito de Colacao frío. Adelgacé 5 kg en 7 días, aunque en ningún momento pasé hambre. En la alimentación no hubo ningún deleite, que creo es parte del método de abstracción: privarse de cualquier placer mundano durante todo el proceso.
   Os pongo aquí el horario, que me resulta “entrañable”:
4:00 a.m.Llamada
4:30-6:30 a.m.Meditación en la sala o en la habitación
6:30-8:00 a.m.Desayuno y descanso
8:00-9:00 a.m.Meditación en grupo en la sala
9:00-11:00 a.m.Meditación en la sala o en la habitación según las instrucciones del profesor
11:00-12:00 a.m.Comida
12 a.m.-1:00 p.m.Descanso y entrevistas con el profesor
1:00-2:30 p.m.Meditación en la sala o en la habitación
2:30-3:30 p.m.Meditación en grupo en la sala
3:30-5:00 p.m.Meditación en la sala o en la habitación según las instrucciones del profesor
5:00-6:00 p.m.Merienda y descanso
6:00-7:00 p.m.Meditación en grupo en la sala
7:00-8:15 p.m.Charla del maestro en la sala
8:15-9:00 p.m.Meditación en grupo en la sala
9:00-9:30 p.m.Preguntas en la Sala
9:30 p.m.Acostarse. Se apagan las luces

   Aunque el mayor esfuerzo del día era estar sentado en posición de meditar, solo encontraba fuerzas más allá, para dar un paseo por el recinto vallado y con un cercado alto que no permitía ver el horizonte, que ya tenía un circuito marcado por las pisadas infinitas de los internos de cada curso. A mi me gustaba hacer el recorrido a la izquierda: salía del desayuno, me calzaba las zapatillas y estaba 30 minutos seguidos andando a un ritmo normal haciendo más grandes los surcos en la tierra. 1 vuelta, 2 vueltas, 3 vueltas… Mirando al suelo cuando me cruzaba con algún otro, para evitar distraerlo y distraerme. Al final de esos 30 minutos me sentía agotado, y me tumbaba sobre un tronco de pino caído a mirar el cielo hasta el gong de las 8:00, que nos avisaba de la meditación en grupo, a la que se unían los voluntarios: normalmente antiguos meditadores que querían vivir la experiencia desde el otro lado, o simplemente querían contribuir ayudando altruistamente.
   Bueno, pues así 7 días, que terminaban con la charla en audio como la que pongo abajo. Ese era, a la par del desayuno, en el que tampoco podíamos mirarnos ni tocarnos, ni mucho menos decir palabra alguna, el 2º mejor momento del día, porque se escuchaba la voz enlatada de un tipo explicando lo que debíamos hacer en las meditaciones, y nos asesoraba en las dudas que inevitablemente teníamos. Aunque, si bien es cierto que estar sentado, escuchando al cuerpo, dejando pasar los sentimientos, siempre con ecuanimidad (palabra clave), no resulta del todo complicado cuando no tenemos nada importante en lo que pensar, como era mi caso; día tras día me hacía sentir más solo y triste, porque el mundo que había a mi salida era maravilloso. Entiendo que a quien le espera fuera una vida de mierda, le resulte un retiro provechoso que le de valor, fuerzas y perspectiva para enfrentarlo. Yo solo tenía curiosidad por aprender cosas nuevas, y se sació muy pronto al comprobar que todos los días eran exactamente iguales.
   Me acabo de dar cuenta de que el texto se está alargando ya en exceso, y por eso voy a añadirle al título un 1/2, porque lo que con más detalle quiero explicar es por qué me fui de allí y cómo sucedió. La decisión la tomé la tarde del 7º día, pero quise esperar a escuchar el audio que sigue a estas palabras para estar completamente seguro, creyendo que quizás me convencería a seguir. Pasó justo lo contrario…
   Audio del séptimo día: