jueves, 7 de septiembre de 2017

Esquizofrenia de la prisa: Mi experiencia Vipassana 2/2

   Como decía en la 1ª parte, llevaba 7 largos días encerrado en un centro para la meditación, y estaba empezando a pensar que el reto que tenía por delante era el de irme de donde no estoy a gusto. Había sido testigo de pequeños detalles, casi insignificantes, que hacían que estar allí ya empezara a dejar de tener sentido, y por eso me acerqué al ‘manager‘ (palabra para designar al voluntario que intermedia entre el maestro y los alumnos), para decirle:
   -Hola Pepe. Quería decirte que he decidido irme de aquí, porque ya me es suficiente y no encuentro motivo para seguir -y era así de simple, y nada más.
   -Lo siento mucho -contestó con franqueza-. Eso lo tienes que hablar con el maestro, que espero de verdad que te convenza para quedarte hasta el final -sonrió cómplice.
   El maestro:

   La frase anterior es la única que dije desde el voto de silencio del primer día. No estaba seguro si después de una semana sería capaz de hablar, pero comprobé felizmente que los pensamientos seguían pudiendo articularse en palabras con fluidez y precisión. El mánager me emplazó a dirigirme al maestro en el turno del final de la jornada, que estaba dedicado para preguntar dudas al gurú.
   Con este hombre tuve ya una experiencia previa. Yo no me quedé nunca a preguntar dudas al final del día, tampoco pedí audiencia al honorable señor para ninguna otra cosa en los turnos de 5 minutos que se terminaban con una campanilla que tocaba el mánager. Y fue así porque me metí en ese curso de forma voluntaria, con ilusión y curiosidad, y en esos 7 días no había tenido nada que preguntar, ni nada que escuchar: fui a estar solo con mis pensamientos y mis circunstancias, y me era grata mi propia compañía y soledad.
   El caso es que la postura de meditar me era costosa de mantener los primeros días, y con 14 horas por delante cada jornada, viendo que otros se apoyaban a veces en la pared del fondo de la sala grande, yo hice lo propio. Ese mismo día el mánager me comunicó que el maestro quería hablar conmigo. Le esperé pacientemente en la puerta de la sala, hasta que le vi llegar por el otro lado, y charlamos un par de minutos, en los que me ofreció su ayuda en lo que pudiera, y me preguntó si todo iba bien.
   -Sí, todo bien; lo único que a veces me canso en la postura y por eso voy al final para apoyarme un rato en la pared y descansar y estar más cómodo.
   -Puedes seguir haciéndolo a partir de ahora, con mi permiso -dictaminó.
   Y esto me recordó el capítulo del rey de El Principito.
   Después de aquello, que sería el día 3, vino lo del ataque de ansiedad del chaval que no podía soportar las horas interminables de soledad. Este hombre tenía una expresión de enorme tristeza cada vez que le veía deambular por las zonas del jardín. Sí, sé que no debíamos mirarnos a los ojos, y lo respeté siempre, pero a veces observaba a todos y cada uno de los compañeros que andaban por allí, y sin hablar con ellos ya sabía con quién me llevaría bien, quién me parecía simpático, engreído, gilipollas, interesante y divertido. A veces me gustaba hacer una prueba sencilla, que consistía en sentarme al lado de otro compañero en los bancos que estaban repartidos por la calle. Podía pasar dos cosas, y siempre acertaba lo que pasaría: el otro aguantaba unos segundos de cortesía y se iba al sentirse incómodo, o se quedaba tranquilamente y en paz a mi lado. Algún día os contaré por qué creo que pasa esto, y tiene que ver “con lo que no se ve con los ojos”. Pero ahora estamos a otra cosa.
   Así pues tras completar una semana decidí que la prueba que me ofrecía la vida era la de irme a tiempo de donde no quiero estar. El primer día nos invitaron a rellenar una encuesta en la que se nos preguntaba el motivo de ir allí. Mi respuesta fue escueta y sencilla: dije que tenía curiosidad, y que quería aprender cosas nuevas, y que me sentía en paz y feliz, y estaba en la mejor etapa de mi vida. Todo era verdad, y lo repetí de viva voz cuando tuve que hacerlo.
   Antes de eso llegó el audio del final de la jornada, en el que tuve que escuchar varias veces “dar dinero, dar dinero, dar dinero” (el audio está en el artículo 1º, y la parte que comento se escucha sobre el minuto 50). Eso me convenció definitivamente para irme, aunque por supuesto que daría el dinero que consideraba justo por el mantenimiento de mi persona en aquel lugar, y un extra para que algún día pudieran poner unas literas un poquito mejores. No necesitaba que un audio me recordase que aunque aquello fuera gratis, era adecuado hacer un donativo. De hecho me han hablado de personas que donaron todas sus pertenencias a ‘la causa’ porque el retiro de 10 días y aprender la técnica y todo lo que recibieron de bueno tras encontrar la senda de la felicidad para sus vidas, les cambió para siempre y se sentían eternamente agradecidos. Yo no dudo de las bondades de la meditación Vipassana, ni mucho menos; solo que yo me quería ir de allí, y creí que iba a ser más fácil.
   Tras el audio empezó el turno de preguntas y dudas al maestro. Era la primera vez que estaba allí, y me sorprendió la fragilidad que mostraban los alumnos que hacían preguntas. Sus vidas estaban en un punto muerto sin dirección, se les veía tristes, con la autoestima terriblemente debilitada, y estaban allí preguntando a un tipo que se sentaba medio metro por encima de ellos. Y es que para preguntar había que ir enfrente del maestro a sentarse en el suelo, con el cuello torcido para arriba. Al final del todo, cuando ya la gente se estaba empezando a levantar, el mánager me conminó a acercarme y decir lo que tenía que decir.
   -Creía que iba a ser a solas -le dije cuando pasé por su lado para sentarme enfrente del maestro.
   La escena era patética, porque yo estaba sentado en el suelo, el maestro esperando a que dijera mi duda o pregunta, a ambos lados los voluntarios que no se habían ido de allí, tal vez porque el hecho de que alguien se quería ir era lo más interesante que iba a pasar en esos 10 días, y aún quedaban algunos alumnos que habían visto que todavía no terminaba el turno de ruegos y preguntas. Lo que dije fue:
   -Quería decirte -al maestro mirando fijamente a sus ojos-, que me quiero ir, porque creo que mis días aquí ya han terminado y no tiene sentido continuar -simple, fácil y cierto.
   -¿Ha pasado algo? -me dijo él- ¿Qué es lo que va mal?
   -No hay ningún problema, solo que considero que este es el momento adecuado para dejarlo -seguí-. Vine aquí hace una semana, tranquilo y en paz conmigo mismo -los lacayos a ambos lados se rieron como hienas al oír esto; y definirlo de esta forma denota que no me gustó en absoluto, por profundamente irrespetuoso, como cuando los niños en el colegio se ríen del gordito que no es capaz de saltar el potro de gimnasia-, y me iré de la misma forma, mañana antes de que empiece la primera hora de meditación, para no molestar a nadie.
   -Está claro que no estás en paz, porque si no te quedarías aquí -quiso hacer de gurú frente a un pobre niño indefenso-, y es que tienes aversión por las horas de meditación.
   -Sí, es posible… pero igualmente, quiero irme mañana a las 8 -no estaba para falacias.
   En ese momento el maestro dejó de mirarme a los ojos, y se le borró del gesto la cara de complicidad que hasta entonces tenía. Me emplazó a las 8 de la mañana de la mañana siguiente.

   La noche fue eterna; la primera que no pude dormir a pierna suelta como todas las anteriores. Oía al de la litera de al lado roncando como si fuera el croar de un sapo: rarísimo y muy molesto, y hasta ese día no me había enterado. Después vi una luz de linterna en la calle, y un compañero amigo haciendo la maleta en la calle en medio de la noche, y al tipo de la litera de debajo mío que salía a hablar con él. Empecé a pensar cualquier posibilidad extraña menos la real.
   A la mañana me levanté tarde, porque hasta las 8 no tenía la reunión con el jefe del garito, que era el mismo que custodiaba mis pertenencias, y el que se había leído la información personal que cada uno voluntariamente había dejado por escrito, y me crucé con el hombre que estaba por la noche fuera de sí en la calle.
   -Me voy -me dijo a la cara, rompiendo el voto de silencio.
   -Yo también -le dije, y le señalé la calle para invitarle a salir para no molestar a los demás.
   Nos fuimos a la esquina más apartada del recinto, y el mánager se quedó a una distancia suficiente como para intentar escucharnos, con los brazos cruzados en gesto de reprobación. Hablamos de nuestro malestar por el maestro y compartimos los pequeños detalles que no nos habían gustado de él, y nos pusimos de acuerdo en que era hora de irse tras hablar a las 8 con el jefe. Primero entré yo, y después iba el otro, que estaba muy enfadado e indignado, y no se iba a sentar en el suelo, humillado. A mi eso me daba igual, porque sabía que la batalla sicológica, si la hubo en algún momento, la tenía ganada desde la tarde anterior cuando el tipo de blanco apartó la mirada al insistir que me quería ir.
   Me senté en el suelo y escuché:
   -Esto es vergonzoso, una falta de respeto -empezó a decirme mirándome a los ojos, con los suyos en llamas-: habéis estado hablando en alto, estorbando la meditación y la paz de los demás compañeros, y eso no se puede aceptar.
   -No era consciente de que se nos oía, y lo siento -le dije sinceramente.
   -¡No lo sientes de verdad! -me dijo desde arriba, gritando y enfadado.
   -Sí lo siento, de verdad -¿por qué lo dudaba?: yo no era como él-, e insisto en que me quiero ir AHORA MISMO, para lo que necesito mi DNI y la llave del coche.
   -¡Tú no te vas! ¡Te echo yo! -me dijo el pobre hombre que iba de maestro budista zen, que en realidad no había aprendido nada de lo que escuchaba en los audios que se encargaba de poner a los alumnos: play, stop, pausa, play, stop... Y desde el alto de su ego superinflado y dañado, con tono de arrogancia, nada apropiado en un 'gurú', repitió iracundo:

¡TE ECHO YO!

2 comentarios:

  1. Que bien relatado. La verdad que es una comida de olla de lo mas peculiar. No digo que el sitio tranquilo y la meditacion hacen bien,.pero se 'es veia el rabillo y yo diria que esto de vipassana esta bastante cerca de lo que podemos considerar y quellamamos secta.

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    1. Sabía que te iba a gustar. Pero por mi parte no tengo ninguna intención de etiquetar ni definir nada. Solo creo que tuvimos mala suerte con el profesor que nos tocó, y ya está.

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