sábado, 11 de noviembre de 2017

Ahora viene lo mejor

Página 60 - capítulo MOMENTOS PEREGRINOS:


     La mañana del primer día con las botas colgadas, que en mi caso fue de forma real, porque las dejé en un muro al lado de la catedral, comenzó desayunando con Marisa en una terraza al sol.


     Estábamos charlando animadamente, y de forma algo melancólica, sobre las rutinas que nos esperaban de allí a unos breves días. Levanté un momento la cabeza de la taza de café, y en una furgoneta de reparto que acababa de aparcar allí, frente a mis ojos, vi escrito: “Ahora viene lo mejor”. Ya no estábamos en el camino, pero todo me seguían pareciendo señales puestas por un guionista retorcido, que estaba escribiendo a la vez que yo, la película de mi vida. En aquel momento cerré el círculo. Algo comenzó con la frase del 2º día de camino en el páramo: “Atento a lo que no se ve”. Ahora estaba atento, y alguien me estaba diciendo que iba a venir lo mejor. Creo que por fin había aprendido lo que quería decir el zorro del principito con lo de “lo esencial es invisible a los ojos, solo se ve bien con el corazón”.

     Tenía demasiada información almacenada de los últimos días, y poco tiempo de calma para reflexionar sobre ello; por eso decidí guar­dar bien pegado al archivo del corazón cada una de las frases que lle­vaba intrínsecamente adosado un importante conocimiento de mí mismo. Cuando tuviera tiempo en el largo viaje de vuelta en bus del día siguiente, intentaría asimilar algo para poder tomar una decisión. Pero eso lo dejaría aparcado por más de 24 horas, porque todavía quedaba mucho que disfrutar antes de volver a casa… Y a la vida real. ¿Pero, qué es real?

     Nos levantamos de allí. Yo estaba todo emocionado por la frase que acababa de leer, y fuimos de camino al albergue que había reser­vado Sofía para pasar la última noche todos juntos. Era una senda pea­tonal por medio de un parque, en el que se veía al fondo la catedral. Mi sorpresa y alegría fue mayúscula al encontrarnos de frente a Sofía, que venía en dirección contraria, desde el albergue. Aprovechamos las vistas desde allí para hacernos unas fotos, y como no me gusta nada posar, le dije a Marisa que le diese al botón de disparar mientras le contaba a Sofía lo de la furgoneta.


     –Sofía, verás: acabamos de estar desayunando allí –señalé con el dedo a la terraza–, y justo enfrente de mí ha aparcado una furgoneta, ¿y sabes qué ponía? ¡“Ahora viene lo mejor”!
     –Claro –dijo ella sin pensarlo un segundo–. ¡Y he venido yo!
    
     Me hizo mucha gracia su comentario, y sobre todo su forma tan es­pontánea de exclamarlo. Tenía el brazo extendido y apoyado en el hombro de Sofía, y estábamos mirándonos de frente a los ojos, con la catedral al fondo, y ella me dijo otra cosa que me llenó los ojos de lagrimillas dulces:
    
     –Vasco, tienes el don de hacer que la gente que está contigo, se dé cuenta de que cada momento es único.