martes, 28 de noviembre de 2017

Concurso de pavo reales

   Continúo por donde lo dejé la semana pasada, en la que escribí sobre el flamenco más rosa, como ejemplo de lo que las personas, a veces, queremos creer que es el éxito. Pero el éxito es una trampa que nos condena a compararnos, e invariablemente perder. Los mejores nunca ganan, y nunca pierden… porque los mejores no compiten.


   Hace algún tiempo estaba tomando una cerveza en la plaza de moda de la ciudad. Era el domingo al mediodía, día D a la hora H, en el lugar de costumbre. Iba allí con curiosidad antropológica para observar las costumbres de los pavos y las pavas… reales. La mayoría de las personas estaban vestidas como si aquella plaza pública fuera el salón más chic del Country Club: zapatos lustrosos, calcetines de 80€, pantalones demasiado cortos para que se vea la marca del calcetín, camisas con un cocodrilo estampado, pelos engominados y gafas de sol con cintas de colores. ¿Qué sentido tiene todo eso? ¿Por qué a la gente le gusta participar en los concursos de pavos reales? ¿De verdad les gusta, o se sienten obligados por la presión social? ¿Quién marca las normas de estilo y conducta?
   Seguramente en alguna de esas conversaciones de domingo, en la plaza, entre cervezas y amigos, alguno de ellos siempre tiene algo mejor que el resto. Quizás os suena, ese amigo que enseña su adorado teléfono móvil modelo X plus al cuadrado con doble tirabuzón y triple cámara frontal, cuando nosotros contamos que nos acaban de regalar un teléfono de última generación por domiciliar la nómina en el banco. Seguro que otro de esos amigos, o el mismo, cuando digamos que el día anterior fuimos a hacer una ruta de descenso de cañones en un río, y que nos tiramos de 5 metros de altura a una poza, estará el que diga que él se tiró de 7, y el otro, preferiblemente si es cuñado del anterior, y más bajito y feo, dirá que se tiró de 9 metros. Y allí mismo puede que haya, y con suerte la conozcamos algún día, una chica que en el mismo río se tiró del barranco de 12 metros, 3 veces seguidas; y no lo contará, porque no quiere participar en el concurso de pavos y pavas, porque no necesita compararse, y ganar… y es que los mejores no compiten.
   Recuerdo otra vez, enfrente de las Islas Cíes, en la playa que más me gusta del mundo mundial, que llegó una familia desde el parking hasta la arena, y extendieron las toallas por allí cerca. El hombre iba vestido con pantalón y camisa; seguramente dejó los zapatos, la chaqueta y la corbata en el coche. Pensé que tal vez se trataba de un hombre de negocios, de éxito, con un coche de alta gama y un ático en la ciudad. También puede que fuera un viajante de máquinas de coser. Ninguna de estas cosas importaba, porque lo que pensé es que cualquiera que 5 minutos después le viera no se preguntaría nada de eso. En aquella playa a nadie le importaba el diámetro de los biceps, ni la definición de los músculos abdominales, o la marca del traje, o el coche aparcado, ni la nacionalidad o el acento, las posesiones o dedicaciones. Y es que el hombre, al igual que su mujer, al revés que sus dos hijos adolescentes que, pudorosos, prefirieron ser los únicos diferentes en toda la playa, se quitó el pantalón, la camisa, y los calzoncillos ejecutivos, y de la mano de su mujer fueron a zambullirse, desnudos y libres de miradas y prejuicios propios y ajenos, en las gélidas y transparentes aguas.
   Después, observé la mirada de una señora de más de 70 años, con los cabellos ondulados y plateados por la edad, que al lado de su marido, estaba en la toalla sentada observando la puesta de sol, que tímidamente le daba en la cara, protegida por un sombrero de paja. Aún hoy recuerdo aquellos ojos vivaces que irradiaban luz, amor, paz y serena libertad, en el anochecer de la playa nudista, en la que tan solo existía una única cosa: ese preciso momento previo a la puesta de sol, justo después de salir del agua, sentados en la toalla, escuchando el murmullo tranquilo de las olas y los aleteos de las primeras gaviotas aterrizando en la arena.
   Si la vida realmente tiene algún sentido puede que sea el de disfrutar con las personas que amamos compartiendo momentos que mueren.