jueves, 14 de diciembre de 2017

Cómo ha influido Internet en la pirámide de Maslow

Este artículo tiene tres partes bien diferenciadas: la imagen que viene a continuación da pie para que os cuente cómo de mal lo he hecho yo desde que caí en el agujero de Internet. Después, aunque no es necesario leer mis palabras, os propongo a través de esta nueva revisión de la pirámide de Maslow que penséis cómo de mal lo habéis hecho vosotros hasta ahora.


Pincha para verlo más grande

Ayer hacía un día fabuloso y fui a caminar por el pueblo. Crucé el parque de Mª Luisa, paseé por la ribera del Guadalquivir hasta el puente de Triana, y me senté allí un rato al lado de un gran árbol. Al no llevar el móvil conmigo, me fijé en la gente que pasaba por enfrente de mí, con sus electrodomésticos de última generación para hacer fotos, escuchar música, ver sus redes sociales o la prensa, hablar con alguien los menos, etc… ¡Es como si nadie estuviera allí en ese momento!
Volví andando a casa, y fui repasando mentalmente lo que arriba he dicho que iba a contar, es decir, cómo ha influido en mi vida caerme en el agujero de Internet y las redes sociales en los últimos años:
Un poquito antes de los 30, el 1 de febrero del 2012, abrí mi 1ª cuenta de usuario en Facebook. Recuerdo la fecha porque aquella tarde había quedado con mi mujer para hablar del divorcio y esos detalles como quién se queda con el perro y los muebles. En Facebook fui recuperando el contacto con viejos amigos perdidos en el tiempo y el espacio. Si no hubiera existido esta red social, creo que la forma de masticar mi soledad habría sido diferente. No sé si mejor o peor, pero diferente desde luego.
Ese mismo verano del 2012 me fui al camino de Santiago, desde Roncesvalles hasta Finisterre, 1 mes, yo solo. Tenía un viejo teléfono Nokia del trabajo, sin WiFi ni datos ni ninguna modernidad. Lo encendía, un día sí y dos no, por la tarde al llegar al albergue y después de ducharme, para enviarle a mi hermano un sms diciendo: «Todo bien». Esperaba a recibir el suyo que siempre decía: «Aquí también». Aquel mes no leí la prensa ni vi la televisión, y mientras caminaba tampoco tenía cómo escuchar música… y no echaba de menos ninguna de estas cosas. Algún día llamé para hablar con mi madre, y el 21 de junio, al llegar a Santiago de Compostela envié a toda mi gente un sms de agradecimiento.
El 2013 y 2014 fueron años de transición hasta que vendí la casa que tenía con mi ex, y me fui de alquiler. En el Facebook tenía unos 100 amigos, a veces más, y mucha actividad, porque me aburría bastante en el trabajo. Por la tarde y los fines de semana seguía sin tener Internet en casa ni WiFi o datos en el viejo Nokia del curro, así que salí mucho a tomar cervezas con mis amigos y corrí, caminé y pedaleé, y viajé y me divertí. Y seguí sin ver la televisión y leer la prensa.
A primeros del 2015 mi padre me regaló un teléfono que le habían dado al contratar una nueva línea telefónica. Metí la tarjeta del teléfono viejo en este nuevo, y empecé a tener WhatsApp cuando estaba conectado al WiFi de casa de ellos o en algún bar concreto. Desde el balcón de mi piso de alquiler, si estiraba el brazo también me entraban a veces los mensajes si las condiciones eran propicias para conectarme al WiFi municipal. Por aquel entonces empecé a conocer qué es eso de tener grupos de WhatsApp y mensajes y saber si has leído el último o están en línea y cosas de esas que os sonarán a casi todos. En el Facebook de vez en cuando me daba de baja o desactivaba mi cuenta, pero luego volvía como un yonki a la María.
Hasta que me fui en el verano a mi 5º camino hasta Santiago, y un hombre de dijo lo de «Atento a lo que no se ve» y todas esas cosas que ya he contado sobre mi libro. Aquel año tenía Facebook y WhatsApp, pero no les hice mucho caso en el peregrinaje. Y a la vuelta decidí dejar el trabajo y cerré mi cuenta de Facebook, y me salí de todos los grupos, y como me quedé sin móvil del curro, tuve que darme de alta con un nuevo número, así que aproveché a dárselo solo a las personas que de verdad quería siguieran en mi vida. Ahora mismo son 72 contactos de WhatsApp, y aunque tengo una página de Facebook con mi nombre, que apenas siguen 125 personas, ya no volví a abrir una cuenta de las normales para estar en contacto con “amigos”.
En el 2016 me dediqué a escribir a tiempo completo, y es que para eso había dejado el trabajo, y hace unos meses empecé a colaborar aquí con mis artículos de los domingos, desde aquel primero de junio titulado Esquizofrenia de la prisa. El futuro no lo puedo adivinar, pero sé que traerá nuevas experiencias, y como decía aquel: «No os preocupéis por el día de mañana, porque se cuidará así mismo».
Lo que sí tengo claro, es que este domingo no encenderé el móvil.