viernes, 5 de enero de 2018

De cuando me puse gordo, gordo, gordo

   Estaba buscando imágenes por Internet para ilustrar este artículo, pero no acababa de gustarme ninguna, y por eso me he puesto a mirar mi álbum personal. Ahora que empieza un año y termina una etapa hedonista y sedentaria de mi vida, y me he vuelto a poner gordo, gordo, me ha parecido oportuno recordarme a mi mismo cuando estaba gordo, gordo, gooordo.

Verano del 2010, Toledo

  La cosa empezó a ponerse fea cuando fui a un reconocimiento médico de la empresa y me subí en la bascula. Era una balanza de esas con pesos hasta alcanzar el equilibrio. La señorita, que al parecer me vio con buenos ojos, desplazó unos cuantos pesitos para un lado calculando más o menos mi peso. La balanza no se movió. Entonces ella desplazó otros pesitos, y la balanza siguió sin moverse. Finalmente desplazó todos los pesos al lado contrario, pero la balanza se declaró en huelga.
   —140 te voy a apuntar, porque no se mueve, y esta balanza tiene un tope de 140kg.—dijo ella.
   Era octubre del 2010, y yo tenía 28 años. Hacía 8 años ya que había dejado el ciclismo, y fui engordando de forma progresiva hasta aquel día de la dichosa báscula. Llevaba a su vez unos años en los que solo me miraba al espejo para afeitarme, pero no me atrevía a hacerlo a los ojos. «Mira cómo te has abandonado, pero ¿tan poco te quieres?» me habría dicho él. Y yo no sabría qué contestarle al dichoso espejo.
   Cuando aquello hacía poco que había comprado una casa y un sofá muy cómodo. Entonces decidí romper con la rutina que anquilosaba mis alas. Ya ni siquiera recordaba que podía volar. Tenía todo lo que se necesita para ser feliz, hasta perro y peces. Pero no lo era.
   Por eso decidí cambiar algo, y comencé a dar unos paseos cada vez más largos por el monte del entorno del pueblo, hiciera viento, lluvia o nieve. Así estuve acompañado por mi perrito el otoño y el invierno. Cuando llegó la primavera del año siguiente, desempolvé la bicicleta de montaña y me marqué el objetivo de pedalear martes, jueves y sábado, hiciera viento, lluvia o calor. Más tarde cumplí 30, y me fui a mi primer camino, del que volví con fuerzas renovadas y ya con 99kg, que para un tipo de más de 140 era como cargar con dos sacos de cemento al hombro. Imaginaos eso todos los días de la vida, en todas las horas del día, durante años. Solo el que una vez ha perdido 40 kilogramos sabe lo que pesa eso repartido por un cuerpo, física y mentalmente.
   Casi creía que podía volar, y empecé a correr. Algo que dos años antes me parecía imposible. Entonces corrí durante el siguiente otoño e invierno, hiciera frío, lluvia, viento o nieve. Mi día favorito era el sábado, que era el reservado para hacer un precioso recorrido de 17km por una vía verde. Y así, paso a paso, me presenté en mi primera 1/2 maratón, que cerró otro círculo.
A pocos pasos de Santiago, 2015

Ahora me he vuelto a poner gordo, tras dos años de vida tranquila y sedentaria, en la que me he dedicado al hedonismo y el descanso. La verdad que el cuerpo, pero sobre todo la cabeza me pedían que me estuviera quieto. He aprovechado para leer y escribir, y vivir sin prisa. También ha sido un periodo de recuperación de los excesos de la etapa anterior, en la que todos los planes me parecían una gran opción: tirarme en paracaídas, salir de fiesta y tomar 14 copas hasta que los primeros rayos de sol anunciaban la retirada, recorrer más de 1.000 km en bici hasta el fin de la tierra, o andado hasta ver de cerca el Everest…
   Todo sin medida; casi todo en exceso. ¡Hasta un año sabático que han sido dos! Me parece que así seguiré, dando tumbos de un lado a otro como un péndulo, hasta que algún día encuentre el equilibrio y descanse en el centro. Aunque sólo sea un rato.