sábado, 13 de enero de 2018

"No podrás escribir hasta que dejes lo que te contamina"

   La frase me parece que vale casi para cualquier cosa, por ejemplo: «No podrás ser libre y feliz hasta que dejes lo que te contamina». Me la dijo un hombrecillo del camino; y me hizo pensar mucho, mucho sobre: ¿qué es lo que me contamina?



Cuando le escribí un correo electrónico al jefe diciéndole que me quería ir, en algún sitio dije que aquel trabajo me contaminaba. No me refería a que trabajaba en un almacén de residuos peligrosos, al lado de una refinería de petróleo, justo enfrente de una fábrica de fertilizantes. Respirar todo eso, sin duda, estaría dañando poco a poco mis pobres células. Pero lo que quería explicarle a mi jefe era que ya se había terminado una etapa de mi vida, y que seguir haciendo lo mismo para pagar mis facturas ya no tenía sentido ninguno, porque perturbaba mi paz; y eso enferma.
   El hombrecillo del camino no se refería a que lo que me contaminaba fuese lo mismo que encadena a ese pobre tipo sin alma del dibujo de arriba, con la llave colgada del cuello: tabaco, alcohol y drogas. Esas, evidentemente, son cosas destructivas que hacen daño y desequilibran la balanza. Pero son cosas que están fuera de uno mismo, y tampoco estamos hablando de eso.
   Supongamos que yo vivía en ese entorno de contaminación compuesto por una dieta de porquerías envasadas e industriales, aderezada con cervezas y vodka, cigarros y marihuana. Entonces me doy cuenta de que todo eso me hace daño, y también la frustración de estar trabajando donde no quiero, y respirando un aire que huele a una mezcla nauseabunda de huevo podrido, aceite revenido y amoniaco. «Hay que hacer algo», me digo.
   Es que además, empiezo a tomar conciencia de que mi rutina semanal de tomar demasiadas cervezas los jueves, y emborracharme como si no existiera un mañana los sábados, hace que mi día productivo de la semana sea solo el miércoles; que es el día que paro, pienso, reflexiono, y me doy cuenta de lo mal que lo estoy haciendo. Entonces es cuando miro el portátil cerrado y lleno de polvo de mi escritorio, y me digo a mi mismo, para convencerme: «es solo una etapa que ya se va a terminar, y después me pondré en serio a trabajar por mis sueños». Sueños que poco a poco se van olvidando, diluyéndose arrastrados en la corriente de la rutina.

Ahora imaginemos que hemos sido capaces de cortar con todo eso negativo que nos contaminaba destruyéndonos desde afuera: trabajo, malas compañías, alcohol, tabaco y drogas. Y en su lugar nos quedamos en el sofá enterrados, hipnotizados por la televisión que abotarga nuestra mente como antes lo hacía el alcohol. Un paso más y logramos desenchufarnos de la televisión y ponemos el teléfono en modo avión, ordenamos una vez más los armarios, quitamos el polvo, regamos las flores, y cuando ya no queda nada más que hacer, otro intento de sentarse enfrente del folio en blanco. Nada; ni una línea. Es mucho más poderoso el miedo a fracasar.
   Una vez más volvemos a la madre de todas las emociones negativas: el sentimiento primitivo del MIEDO. La cabeza no para de hacer ruido con pensamientos pesimistas: «eres un fracasado, no vas a ser capaz, a nadie le interesa lo que escribes, ¿no ves que no tienes talento?»
   Y aquí es donde entramos en el capítulo de las cosas autodestructivas. Son las emociones o pensamientos negativos aprendidos durante toda una vida, o heredados por nuestros mayores (si no lo has leído, te invito a ver el artículo sobre las autoridades); que no nos dejan ser nosotros mismos, desequilibrando la balanza entre el amor y el miedo. ¿Qué harías si no tuvieras miedo?
   Como ya he dicho alguna vez, creo que la existencia consiste en la ardua tarea de encontrar el equilibrio, para lo que es imprescindible mirar hacia adentro, sacar de nuestra vida lo que nos contamina, destruyéndonos desde afuera, o auto-destruyéndonos desde dentro. Y si tienes miedo, hazlo con miedo, pero hazlo. Será una tarea titánica que siempre merecerá la pena para alivianar la mochila (este es otro artículo), como el barquito que arrastró el portacontenedores desde el otro lado del océano.
   A menudo las personas dicen que aún no se han encontrado a sí mismas. Pero el sí mismo no es algo que uno encuentra, sino algo que uno crea a cada paso. Es posible que en el peregrinaje vital vayamos en dirección a ese lugar, y creamos que por fin lo hemos encontrado cuando nos sentimos en paz con el pasado y sin miedo del futuro; pero siempre hemos estado allí, porque ese lugar está dentro de nosotros, solo que no lo veíamos… Y es que: «despertar para quien tú eres requiere desapego de quien creías ser».