sábado, 20 de enero de 2018

Reseña en La Piedra de Sísifo

LA LLAVE DEL LABERINTO, DE ARKAITZ SIERRA MARURI.

Si sois lectores habituales de La piedra de Sísifo es más que probable que el nombre de Arkaitz Sierra os suene. Desde hace más o menos medio año escribe con puntualidad británica un artículo de opinión todos los domingos. Artículo que, personalmente, me gusta bastante, no tanto por los temas que trata, que también, sino porque es un contenido muy distinto a todo lo que solemos publicar y, qué queréis que os diga, esa bocanada de aire fresco los domingos por la tarde, en el que quizá es el momento más melancólico de toda la semana, me sabe a gloria. Es como pegarse un chute de positivismo justo antes de empezar una nueva semana. Por eso os invito a leerlo, y si ya lo hacéis, os invito a que os hagáis con un ejemplar de La llave del laberinto, su primera novela, porque os va a encantar tanto como sus artículos.
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El punto de partida del libro resultará, por desgracia, demasiado familiar a más de uno: ocurre a veces que has logrado cumplir los sueños por los que llevabas tanto tiempo luchando, que has llegado lejos en la vida ‒por qué no decir alto‒, que has conseguido aquello que la mayoría entiende que es por lo que hay que luchar, una pareja y una familia que te quieren, un buen trabajo y unos ingresos económicos que te permiten darte algunos caprichitos como un buen coche o una casa bonita, y a pesar de todo eso, te sientes vacío. Esa era, en cierto modo, la situación y la sensación del protagonista de La llave del laberinto, que no es otro que el propio Arkaitz, porque la novela es un relato autobiográfico escrito en primera persona y que responde a vivencias reales de su autor. ¿Qué ocurre cuando estas en esa tesitura? ¿Existe alguna forma de escapar de una realidad que resulta asfixiante? La hay, viene a decirnos Arkaitz. Yo he estado en esa misma prisión y conseguí escapar, y quiero compartirlo contigo, es lo que vendría a decirlos y es lo que es La llave del laberinto.
Para empezar Arkaitz optó por uno de los remedios terapéuticos más antiguos de la humanidad: viajar. Solo hay que echarle un vistazo a la historia de la literatura para ver cuántas historias se basan en viajes y cómo estos se acaban convirtiendo en un catalizador de aprendizaje y conocimiento. La propia vida, en la formulación medieval del tópico iter vitae, es el mayor viaje de todos y el que más aprendizajes y conocimientos aporta. Pero Arkaitz se decantó por un tipo de viaje que desde sus orígenes ha estado envuelto en un cierto idealismo místico: el Camino de Santiago.
Quienes lo han hecho coinciden en que el Camino de Santiago no solo sirve de terapia sino que cambia a las personas, ensancha su visión del mundo, del exterior o del mundo interno. Los caminantes se ven expuestos a nuevas experiencias, muy diferentes a las que viven en su vida cotidiana, pasan semanas, o incluso meses, lejos de su entorno, de sus seres queridos y de las comodidades de su hogar, hay largos periodos de silencio, y la socialización es mucho más extrema que en circunstancias normales. En definitiva, es una nueva perspectiva vital que les lleva a una inevitable reflexión y les sirve de terapia.
En este contexto uno se encuentra más sensible a todas aquellas cosas a las que normalmente no prestamos atención y que están cargadas de un fuerte valor simbólico. Señales como un tipo que te señala con el dedo, a una distancia considerable y le advierte: «Atento a lo que no se ve con los ojos». Esta simple frase será el comienzo de un segundo camino, no hace falta decir que interior, lleno de pistas y de símbolos, que conducirán al protagonista a través del laberinto de la vida. Cada una de ellas será una llave que, interpretada de forma correcta, le permitirá ir abriendo las puertas que se le aparezcan por delante, tomar la siguiente decisión e ir conformando su vida, que no es otra más que la vida que realmente quiere y no la vida que los demás había predispuesto para él. Así que después de estar durante más de diez años en el mismo trabajo, uno de esos trabajos de estar todo el día en una oficina sentado delante de un ordenador, el protagonista de la historia decidió abandonarlo, para tener más tiempo para sí mismo ‒y, entre otras cosas, escribir La llave del laberinto‒.
Si la literatura se parece en algo a la vida, si es posible crear un simulacro de realidad con un montón de palabras ordenadas de la manera adecuada, he de decir que La llave del laberinto es lo más parecido que he visto nunca a hacer el Camino de Santigado sin hacer el Camino de Santiago. Leer esta novela implica acompañar a Arkaitz en sus idas y venidas, estar con él codo con codo, caminando a su lado, compartiendo muchas de las reflexiones que podría tener cualquier peregrino. A lo largo de sus páginas, el autor va exponiendo muchos de los planteamientos que ya ha ido aireando domingo a domingo en La piedra de Sísifo, desde la machadiana necesidad de ir quitándose el equipaje que llevamos encima para ir más ligeros hasta la teoría del «jardín de cáctuses de la amistad», o la recomendación de desoír a las autoridades, o de librarse del miedo o de matar de hambre al ego.
Más que una llave, Arkaitz nos ofrece en su novela un llavero completo, una llave por cada reflexión, que nos permitirá encontrar el camino correcto dentro del laberinto y vivir la vida que queremos vivir y no la que otros quieren que vivamos. Si es que la literatura tiene que servir para algo, al menos que sirva para hacernos más felices.

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